Trabajo no remunerado y uso del tiempo en la Argentina de principios del siglo XXI

  • Andrea Delfino
  • Claudia Herzfeld Universidad Nacional del Litoral (UNL AR)
  • Hugo Arrillaga Universidad Nacional del Litoral (UNL AR)

Resumen




Este artículo presenta y analiza las tendencias centrales surgidas de la “Encuesta sobre trabajo no remunerado y uso del tiempo”, realizada por primera vez en Argentina en el último trimestre de 2013, como módulo de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos. La encuesta recogió respuestas de 65.000 personas mayores de 18 años en localidades de dos mil o más habitantes en todo el país; en este sentido es representativa de 80% del territorio argentino. Las tendencias que se analizan corresponden a los datos relativos a dos tipos de trabajo no remune- rado: el doméstico (quehaceres del hogar) y los cuidados a miembros del hogar (actividades de cuidado de ni- ños, enfermos o adultos mayores, y actividades de apoyo escolar y/o de aprendizaje); y el trabajo voluntario, es decir, aquellas actividades no remuneradas hechas libremente para el beneficio de personas ajenas a la familia.




Publicado
2018-05-02
Como citar
DELFINO, Andrea; HERZFELD, Claudia; ARRILLAGA, Hugo. Trabajo no remunerado y uso del tiempo en la Argentina de principios del siglo XXI. Sociedad y Economía, [S.l.], n. 34, mayo 2018. ISSN 2389-9050. Disponible en: <http://revistas.univalle.edu.co/index.php/sociedad_y_economia/article/view/6477>. Fecha de acceso: 11 dic. 2018 doi: https://doi.org/10.25100/sye.v0i34.6477.

Palabras clave

Trabajo no Remunerado, Uso del Tiempo, Argentina

1. Introducción

Con el advenimiento de la Modernidad dos dinámicas se entrelazaron para erigir una noción específica de trabajo en un lugar hegemónico. La generalización de las relaciones de producción capitalistas y el proceso de escisión y especialización de los espacios en público/laboral y privado/doméstico entronizaron la noción de trabajo inscrita en la economía de mercado, a la vez que colocaron las restantes formas de trabajo en un lugar subordinado (5).

Esta transformación dio lugar a que los procesos de producción que se realizan en cada una de las esferas tomen la forma de procesos aparentemente paralelos, independientes y sin sentido de relación. En la medida en que cada una de las esferas realiza una función específica y se establece una clara frontera entre ambas, los dos procesos de trabajo llegan a ser completamente extraños unos a otros (Carrasco, 1995). Sin embargo, el trabajo remunerado y el trabajo no remunerado realizado dentro del hogar se encuentran altamente integrados constituyendo dos dimensiones del trabajo social que están enteramente relacionados (Bruschini, 2006) o mejor, constituyendo dos aspectos de un único proceso (Carrasco, 1995).

Por un lado, la esfera industrial requiere para la producción de mercancías, además de otras mercancías, fuerza de trabajo. Esa fuerza de trabajo, esencial para el funcionamiento del capitalismo, es reproducida al margen de las normas de este sistema: su reproducción y mantenimiento se realiza en la esfera doméstica. De forma inversa, la esfera doméstica depende, para reproducir a los individuos y reproducirse a sí misma, de la producción industrial. Esta relación se concreta en la variable distributiva. Como estos beneficios generalmente no llegan a cubrir los costos de la reproducción de la fuerza de trabajo, es necesaria la realización de un trabajo adicional que permite transformar en consumibles aquellos bienes no consumibles adquiridos en el mercado. De manera adicional a este sinnúmero de interacciones, la esfera pública reinvierte sobre la esfera doméstica en forma de servicios públicos gratuitos (Carrasco, 1995). En este sentido, y para (Vaiou (1991/1992; 1995), los servicios públicos actúan modificando el tipo de trabajo doméstico y condicionando tanto el tiempo necesario para su realización como las rutinas diarias de las mujeres, que son quienes, principalmente, las realizan.

Son, justamente, estas interacciones las que permiten plantear que las reestructuraciones en curso en los mercados de trabajo y en los sistemas de bienestar acarrean una creciente tensión entre los recursos distribuidos y disponibles en las familias y los niveles de vida sedimentados en las costumbres, gustos y convenciones sociales, conllevando un incremento del trabajo no remunerado realizado en los hogares.

En este marco, este artículo expone las tendencias centrales surgidas de la “Encuesta sobre trabajo no remunerado y uso del tiempo” (ETNRyUT) implementada por primera vez en Argentina en el último trimestre de 2013. Dicha encuesta constituyó un módulo de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU). Las tendencias que se analizan en este trabajo corresponden tanto a los datos relativos al trabajo doméstico no remunerado como al trabajo voluntario.

El marco de análisis del cual se parte privilegia el encuentro teórico entre los estudios del trabajo y la perspectiva de género. Este encuentro posibilitó -a partir de la década del 80 del siglo pasado- la ruptura conceptual de la noción de trabajo y su pluralización, permitiendo ampliar la mirada hacia formas de trabajo que se desarrollan en ámbitos diferentes a los del mercado y, consecuentemente, sin remuneración. Este enfoque permite problematizar el trabajo no remunerado de forma articulada con las diferentes formas que toma el trabajo remunerado, enmarcar esta articulación dentro de relaciones de subordinación donde la disponibilidad femenina para procurar el bienestar cotidiano y la actividad laboral de los varones es amplia y mayoritaria (Torns, 2008) y, finalmente, entender que el mismo no solo está dirigido a las personas dependientes. Así, el trabajo no remunerado -tanto el doméstico como el voluntario- desempeñan un rol sistémico contribuyendo al bienestar social (6).

2. El trabajo no remunerado: aspectos teórico-metodológicos7

En el pionero estudio de Margareth Reid de la década de 1930 sobre la producción dentro del hogar, esta era definida como aquellas actividades no remuneradas que son llevadas a cabo por y para sus miembros, actividades que podrían ser reemplazadas por bienes del mercado o servicios pagados, si circunstancias tales como los ingresos, las condiciones del mercado y las inclinaciones personales permitieran que el servicio fuese delegado en alguien fuera del grupo familiar. En este sentido, el trabajo doméstico no remunerado se define por el denominado criterio de la tercera persona, esto es, por tratarse de un tipo de trabajo que podría ser realizado de forma remunerada por una persona externa al hogar (Reid, 2016).

Se trata esta de una conceptualización centrada, fundamentalmente, en las transformaciones más frecuentes y elementales del entorno físico del hogar, que solo incorpora una definición restringida de cuidados, ciñéndose a la prestación concreta y activa de cuidados personales (Durán, 2005b). En este sentido, una serie de autores (Aguirre, 2005; Carrasco, 2016; Del Re, 1995; Durán, 2005b; Vaiou, 1991/1992) señalan que este tipo de definición desconoce conceptos esenciales para entender el trabajo de los responsables del hogar, tales como los conceptos de “dirección”, “gestión” y “disponibilidad”, difícilmente traducibles en estimaciones de esfuerzo, intensidad o tiempo. Asimismo, estas actividades tienen un objetivo distinto a los del mercado, vinculado al cuidado de la vida y no al beneficio privado; tienen lugar bajo relaciones diferentes a las relaciones capitalistas y muchas de ellas tienen una difícil o mala sustitución de mercado, en la medida que implican aspectos afectivos y emocionales (Carrasco, 2016). Son por ello mucho más difíciles de observar por observadores externos y de conceptualizar y percibir por los propios sujetos que las realizan.

El trabajo no remunerado, también denominado trabajo no pagado o no monetarizado (8), es aquel que indica que no existe pago directo por el tiempo de trabajo aplicado Durán, 2005b. El concepto de trabajo no remunerado ha venido a reemplazar en los últimos tiempos al concepto inicialmente utilizado de trabajo reproductivo. Desde la perspectiva de Benería (2005), la preferencia por el uso de esta noción se debe tanto a cuestiones conceptuales como prácticas. Para la autora, una parte creciente del trabajo reproductivo se transforma en trabajo remunerado cuando las sociedades se mercantilizan. Asimismo, el trabajo doméstico tiene componentes que no se pueden considerar estrictamente como reproductivos, aunque se trate de actividades que contribuyan a la reproducción de la fuerza de trabajo. De forma adicional, el concepto de trabajo no remunerado permite incluir actividades que en sentido estricto no son reproductivas, como el trabajo de reparaciones del hogar o el trabajo comunitario.

Desde la perspectiva de Picchio (2001), el contenido del trabajo de reproducción social no remunerado es el cuidado del mantenimiento de los espacios y bienes domésticos, así como el cuidado de los cuerpos, la educación, la formación, el mantenimiento de relaciones sociales y el apoyo psicológico a los miembros de la familia. En lo que respecta a las actividades concretas desarrolladas y a su peso relativo, este refleja los cambios históricos y culturales, mientras que en lo referente a sus funciones de fondo sigue manteniendo una posición central en el proceso de reproducción social de la población, que interacciona con el papel de los servicios públicos y la producción de los bienes y servicios de mercado necesarios para la subsistencia de la población. Este trabajo, necesario tanto para quien lo recibe como para quien lo asigna, forma parte de la organización profunda de las condiciones de vida, sedimentada en prácticas históricas de relación entre hombres y mujeres, clases y generaciones.

Para la autora, las grandes funciones del trabajo de reproducción social no remunerado diferenciadas a escala del sistema son las siguientes:

  1. 1) Ampliación de la renta monetaria en forma de nivel de vida ampliado, que también incluye la transformación de bienes y servicios por medio del trabajo de reproducción social no remunerado. La ampliación tiene en cuenta los aspectos cuantitativos del trabajo de reproducción no remunerado y permite sumarlo a la renta monetaria para definir el nivel de vida en términos de bienes y servicios bajo la forma en la que efectivamente se utilizan.

  2. 2) Expansión del nivel de vida “ampliado” en forma de una condición de bienestar efectiva, que consiste en el disfrute de niveles específicos, convencionalmente adecuados, de educación, salud y vida social. Esta tiene en cuenta los aspectos cualitativos del trabajo de reproducción social y, en particular, la inversión de sentido inherente al trabajo de cuidado de las personas.

  3. 3) Reducción cuantitativa y cualitativa de la población trabajadora a los trabajadores y trabajadoras efectivamente empleados; en este caso, el trabajo no remunerado desarrollado en el ámbito doméstico y familiar sirve de apoyo para la selección, realizada en el mercado de trabajo, de las personas y las capacidades personales efectivamente utilizadas en los procesos productivos facilitando, material y psicológicamente, los procesos de adaptación a los mismos y/o absorbiendo las tensiones que generan.

La ausencia de un intercambio mercantil en el caso del trabajo de reproducción social familiar ha determinado la invisibilidad de una contribución fundamental a la riqueza social, pero también ha permitido ocultar una parte significativa de los costos de reproducción. En este sentido, Bruschini (2006) señala que es fundamental considerar el tiempo del trabajo doméstico como tiempo para la reproducción social, entendiéndolo como básico para resolver algunos problemas de la acumulación capitalista que no se ecuacionan en el sistema generalizado de intercambios realizados a través de la moneda.

En una dirección similar a la planteada por Picchio (2001), Durán (1997 señala que el trabajo no remunerado es, sobre todo, trabajo de cuidados. La idea de cuidados -como noción relativa a aquellos bienes, servicios, actividades o relaciones más básicas para la existencia y reproducción de las personas en las sociedades en las que viven- es de desarrollo relativamente reciente. Estas primeras aproximaciones igualaron la noción de cuidados a la de trabajo no remunerado realizado en el ámbito del hogar (Rodríguez, 2007).

Sin embargo, tal como plantea Batthayány (2009), las actividades de cuidado pueden ser realizadas de manera honoraria o benéfica por parientes en el marco de la familia pero también pueden ser realizadas de manera remunerada en el marco de la familia o fuera de ella. Así, la naturaleza de la actividad variará según se realice o no dentro de la familia y también de acuerdo a si se trata o no de una tarea remunerada. Esta definición más amplia comprende, entonces, el trabajo no remunerado realizado en el hogar y la oferta de servicios de cuidado extradoméstico emanados tanto de instituciones públicas como del servicio privado mercantil.

Para Durán (1997), los cuidados en el ámbito público o remunerado se convierten en “servicios” y entablan una relación constante de complementariedad y sustitución con los trabajos de cuidados no pagos. Así, la investigación sobre cuidados es, en realidad, investigación sobre el contrato implícito que liga a unos y otros en el seno de la familia o comunidad política. El cuidado traspasa las relaciones intergeneracionales y las de género, pero también las de clase y las interregionales, y afectan la conducta económica (el ahorro, el consumo, los sistemas de transmisión de la propiedad) y la conducta laboral (la disponibilidad, los perfiles biográficos, la promoción), el mercado de la vivienda (los que viven solos, los que viven en compañía), el sector sanitario, educativo, alimentario y de ocio. La pregunta subyacente en los estudios sobre cuidados, de pura raíz política, es: ¿quién cuida a quién, y por qué? (Durán, 1997).

2.1. Trabajo doméstico no remunerado

Los quehaceres domésticos junto al trabajo de cuidados de personas constituyen el núcleo del proceso de reproducción social. En este sentido, la noción de reproducción social no solo hace referencia a la procreación y crianza de la prole (reproducción biológica) y a su posterior “conversión” en trabajadores (reproducción de la fuerza de trabajo), sino también al proceso más amplio de reproducción de las condiciones ideológicas y materiales que sostienen el sistema social.

Para Durán (2005a), el conjunto del trabajo no remunerado que se realiza en las familias en un momento dado es el resultado del ajuste entre demanda y oferta. La demanda de trabajo no remunerado parte de cinco categorías sociales principales: los niños, los enfermos, los ancianos, los sobreocupados en la producción para el mercado y los autoconsumidores. Las tres primeras categorías tienen en común que son en gran medida insolventes, es decir, no pueden pagar a precio de mercado el trabajo de asistencia que necesitan, por lo que alguien (el Estado a través de los servicios públicos, los familiares y amigos, u otros) ha de hacerlo por ellos. Parte de la población que vende su tiempo en el mercado sí puede comprar trabajo de atención; este trabajo es generalmente proveído por personas de los niveles sociales más bajos. En tanto, el autoconsumo de trabajo es la respuesta de la mayor parte de la población de rentas medias y bajas -especialmente de las mujeres-, porque su nivel de salarios, la cantidad de trabajo que venden al mercado y otros componentes de tipo cultural no le permiten adquirir trabajo para su propia atención; pero en cambio, está en condiciones de producirlo por sí misma. En tanto, la oferta de trabajo no remunerado es producida principalmente por mujeres.

Las encuestas de uso del tiempo se convirtieron desde la década de 1970 en el instrumento privilegiado tanto para evidenciar y mostrar la importancia del trabajo no remunerado dentro del hogar como para recoger la información adecuada relacionada con este tipo de trabajo. Así, este tipo información estadística permitió recuperar aquellas actividades que se han hecho invisibles bajo la lógica del capitalismo (Carrasco, 2005). Sin embargo, el análisis de este tipo de trabajo a partir de la variable tiempo, requiere una serie de consideraciones desde el punto de vista metodológico.

Así, es importante destacar que tanto los quehaceres domésticos como el trabajo de cuidado de personas carecen de horarios definidos, y la cantidad de tiempo de trabajo destinada a dichas actividades estará determinada por las necesidades de los miembros de la unidad familiar. Además, la disponibilidad se extiende a fines de semana y días feriados. De ahí que ni uno ni otro estén sujetos a horario fijo y requieran la disponibilidad de él o los agentes que los realizan todo el tiempo (Rodríguez, 2004).

Adicionalmente, es muy habitual que las tareas del hogar se realicen en forma simultánea, densificando el ritmo de trabajo. Desde la perspectiva de Aguirre (2005), una de las mayores dificultades encontradas en la medición del trabajo no remunerado tiene que ver con la variabilidad de la ejecución de tareas y, sobre todo, en la acumulación de tareas simultáneas (9). Reforzando esta complejidad, diferentes investigaciones han señalado la fuerte tendencia por parte de los encuestados a no registrar la simultaneidad de tareas en el trabajo doméstico y familiar.

Finalmente, y muy relacionado con este último punto, es importante considerar que el trabajo de cuidados es un tipo de actividad que depende en gran manera de las relaciones interpersonales. Esta característica intrínseca hace que el mismo no sea fácilmente visualizado y reconocido, incluso por quienes lo realizan. De esto se deriva la tendencia por parte de los encuestados o informantes a subestimar su participación y el tiempo medio empleado. Dos razones podrían ser encontradas en la base de esta dificultad. La primera de ellas se encontraría en que es una actividad difusa y típicamente secundaria (Ramos, 1990). Es difusa porque se puede presentar en múltiples variantes, situadas en ese amplio espectro que va desde el trabajo doméstico-familiar propiamente dicho al ocio. Esto determina que en muchas situaciones el cuidado de la prole no se considere una actividad laboral propiamente dicha. Asimismo, y siempre desde la perspectiva de Ramos (1990), el trabajo de cuidados es una actividad típicamente secundaria porque no tiende a realizarse de forma segregada, sino simultáneamente con otras y además subordinándola a ellas. Esto hace que no se perciba como tal y que quede desplazada por la relevancia de la actividad principal.

La segunda razón, de orden más general, puede ser encontrada en lo que Murillo (2000) denominó “domesticidad”. Para la autora, esta concepción que supone la plena disposición para el otro, se ha visto “encerrada en una urna de nobles celofanes” que ocultan una serie de servicios traducibles en términos productivos, pero intencionalmente diluidos en la excelsa valoración de lo femenino unido al desprendimiento de sí, al olvido de sí, en un ritual más cercano al don, al regalo, conforme a la regla social que otorga al significado “hogar” una calidez desprovista de trabajo y obligaciones.

Derivado de estas consideraciones metodológicas debemos reconocer que es factible medir con mayor o menor precisión el tiempo dedicado a las tareas domésticas típicas, pero que esta posibilidad de captación está, generalmente, ceñida a las transformaciones más frecuentes del entorno físico del hogar y a la prestación concreta y activa de los cuidados. Sin embargo, y como ya fue señalado, resulta difícil de captar la llamada “carga mental” (Aguirre, 2005) que conlleva la gestión, disponibilidad, dirección y armonización de estas actividades en el tiempo y en el espacio. Este tipo de actividades relacionadas con los dominios simbólicos están próximas a tareas de dirección y a condiciones de disponibilidad, y son por ello mucho más difíciles de captar por observadores externos y de conceptuar y percibir por los propios sujetos que las realizan.

2.2. El trabajo voluntario

El trabajo voluntario es aquel tipo de trabajo que se presta a la comunidad con un carácter altruista o solidario, cuyos beneficiarios no son familiares próximos y que no puede retribuirse (Benería, 2005). El mismo es desarrollado a través de una institución o de una organización pública o privada; es decir, es un tipo de trabajo que debe enmarcarse en un programa ordenado. Al igual que el trabajo doméstico, supone aportaciones en tiempo que comprenden una amplia gama de actividades (Aguirre, 2005; Benería, 2005).

Los elementos anteriormente señalados permiten caracterizar el trabajo voluntario, fundamentalmente, a partir de aquellos elementos que lo distinguen del trabajo doméstico en sentido amplio. Sin embargo, la forma específica que ha adoptado este tipo de trabajo en América Latina, y en particular en Argentina, desdibuja esas diferencias, emparentándola con el trabajo no remunerado realizado en el hogar. En América Latina, la mayor parte del trabajo voluntario se efectúa en un barrio o en una comunidad, y entre los beneficiarios de ese trabajo se encuentran a menudo la familia más cercana y los vecinos del barrio. Asimismo, aquí se plantea la problemática de hasta qué punto en los sectores populares se elige libremente participar del trabajo voluntario dadas las necesidades apremiantes de supervivencia y la incapacidad de los hogares de satisfacer por sí solos las de sus componentes (Benería, 2005).

3. La encuesta, los índices y la clasificación de actividades

El presente trabajo analiza los datos surgidos de la “Encuesta sobre trabajo no remunerado y uso del tiempo”, implementada por primera vez en Argentina en el último trimestre de 2013, como módulo de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU). La encuesta recogió respuestas de 65.000 personas mayores de 18 años en localidades con dos mil o más habitantes de todo el país; en este sentido es representativa del 80% del total de la población argentina. La técnica utilizada para la recolección de los datos fue la lista de actividades (10). El período de referencia seleccionado para recabar información sobre el tiempo invertido en el trabajo doméstico no remunerado es el día anterior a la fecha de realización de la entrevista; en tanto para el trabajo voluntario la referencia es la semana calendario completa, de domingo a sábado, anterior a la aplicación del instrumento.

En relación con la forma en la cual fueron clasificadas las actividades es posible señalar que el trabajo doméstico no remunerado abarca un amplio espectro de tareas; en este sentido, cuanto más desagregada sea la clasificación de actividades mayor será la información que se pueda obtener. Sin embargo, la “Encuesta sobre trabajo no remunerado y uso del tiempo” agrupa las actividades en un número limitado de grupos. El primero de ellos denominado “quehaceres domésticos” incluye las tareas de limpieza de casa, aseo y arreglo de ropa; preparación y cocción de alimentos, compras para el hogar; reparación y mantenimiento de bienes de uso doméstico. El segundo grupo es el denominado “cuidados de personas” y se refiere al cuidado de niños, enfermos o adultos mayores miembros del hogar. Finalmente, se incluyen las actividades dedicadas al apoyo escolar y/o de aprendizaje a miembros del hogar.

En tanto, en el trabajo voluntario -es decir, aquellas actividades no remuneradas hechas libremente para el beneficio de personas ajenas a la “familia”- la encuesta incluye dos conjuntos de actividades: aquellas realizadas en el marco de organizaciones y las realizadas directamente como apoyo a otros hogares o personas(11).

En el análisis de los datos se utiliza un repertorio limitado y simple de índices, los cuales constituyen los más usuales en este tipo de investigaciones:

  1. 1. Tiempo social promedio: cantidad media de tiempo que emplea en una determinada actividad el conjunto (o un subconjunto específico) de la población estudiada. Se expresa en horas y décimas.

  2. 2. Tasa de participación: porcentaje de individuos que participan realmente en una determinada actividad.

  3. 3. 3 Tiempo promedio: cantidad media de tiempo que emplea en una determinada actividad el conjunto de individuos que participan realmente en ella. Se expresa en horas y décimas.

La distinción crucial es, lógicamente, la que separa el tiempo social promedio del tiempo promedio. El primero toma en consideración la media de tiempo haciendo abstracción de en qué medida la población estudiada participa realmente de la actividad, mientras que la segunda solo toma en consideración a los participantes reales. La utilización de ambos índices es crucial para el análisis del tiempo (Ramos, 1990).

Es importante señalar que junto a la acotada clasificación de actividades que presenta el modulo, la cual deriva en una deficiente captación de los datos, otros dos criterios adoptados actúan en esa misma dirección. El primero de ellos es que el módulo toma como condición para considerar que una actividad fue realizada si se le dedicó por lo menos una hora a su realización. En tanto el segundo criterio solo posibilita la captación de simultaneidades (de forma implícita) cuando se trata de actividades entre grupos y no entre actividades de cada grupo (Rodríguez, 2014).

4. Principales tendencias relativas al trabajo no remunerado y uso del tiempo en Argentina

4.1. El trabajo doméstico no remunerado

Con relación al trabajo doméstico no remunerado, de la encuesta surge un elemento central de análisis. El mismo -de larga constatación en estudios que privilegian los enfoques de género- se relaciona con la distribución de las tareas y del tiempo asignado, diferenciales por sexo en el trabajo doméstico no remunerado. Así, es posible observar el predominio femenino tanto en términos de participación como de intensidad. Considerando al trabajo doméstico no remunerado como un conjunto, y tal como se desprende del Cuadro 1, la participación femenina en este tipo de actividades supera a la masculina en más de 30 puntos porcentuales; en la misma dirección, las mujeres dedican un promedio de tres horas diarias más que los hombres a estas actividades. De este dato se deriva que si se considera la jornada de trabajo máxima legal de 8 horas diarias que establecen las regulaciones laborales en Argentina, las mujeres trabajan prácticamente una jornada más que los varones. De los tres subgrupos de actividades que integran el trabajo doméstico no remunerado las actividades de cuidado son las que demandan en promedio más tiempo.

Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado (y subgrupos que lo integran) según sexo. Total urbano nacional

Cuadro 1: Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado (y subgrupos que lo integran) según sexo. Total urbano nacional

Asimismo, es posible observar una amplia desigualdad existente en los tres subconjuntos de actividades que integran este tipo de trabajo, tanto en lo que respecta a las tasas de participación como al tiempo promedio. Si bien la mayor participación femenina es innegable en los quehaceres domésticos y en el cuidado de personas, esta se acentúa aún más en el apoyo escolar (12).

De los datos presentados surgen dos elementos de análisis. En primer lugar, y de forma clara, podemos señalar que los comportamientos económicos de las familias exceden las orientaciones del mercado (Pouw, 1998) y se presentan como el resultado de un proceso social complejo que requiere bienes y trabajos, y que está regulado por normas sociales que se han sedimentado a lo largo del tiempo y están connotadas por sus contextos locales (Picchio, 2001). Así, la realización del trabajo doméstico no remunerado en el marco de un patrón de fuertes desigualdades de género tiene dos resultados inmediatos: facilitar la inserción en el mercado de trabajo de los varones adultos del hogar y proporcionar el bienestar cotidiano a los convivientes del núcleo familiar (Torns, 2008). Esta situación deriva en la construcción de una cotidianeidad que muestra de forma contundente las mayores constricciones temporales que enfrentan las mujeres en comparación con los varones; es decir, muestra el costo que supone la realización de estas actividades para quienes la realizan tanto en términos del tiempo como de energía y de reducción significativa de sus ingresos a lo largo de su vida.

En segundo lugar, se desprende de los datos que el principal factor que define la variabilidad del trabajo doméstico no remunerado es el volumen de las tareas de cuidado. A su vez la presencia de niños pequeños en el hogar tiene una incidencia directa en la proporción de este tipo de actividades (13). Los subgrupos “cuidado de personas” y “apoyo escolar” no solo suponen actividades que comprenden tareas instrumentales sino también conllevan relaciones afectivas. Es decir, quienes se dedican a estas tareas no solo trabajan sino que además lo hacen con cariño (Badgett y Folbre, 1999)(14). De forma conjunta, estas actividades tienen un rol central en la reproducción del sistema.

En esta dirección una serie de autoras (Benería, 1984; Bruschini, 2006; Fraser, 2016) han señalado repetidamente cómo estas actividades forman los sujetos humanos del capitalismo al tiempo que los constituyen como seres sociales, formando sus habitus y el ethos cultural en los que se mueven. La socialización y la educación de los niños garantizan el proceso de conversión de esos seres humanos en trabajadores y lo sustancial de ese proceso se produce al margen del mercado.

Considerando el trabajo doméstico no remunerado en su conjunto y según los grupos de edad, la mayor brecha entre hombres y mujeres se encuentra -tanto en términos de tasa de participación como en horas diarias dedicadas a estas actividades- entre los jóvenes (de 18 a 29 años), seguidos por el grupo de edad central (30 a 59 años). Las diferencias tienden a estrecharse en el grupo de 60 años y más, tanto en la tasa de participación como en el tiempo diario asignado -la brecha en torno a la cual se ubica este ronda 1,5 horas diarias-. Investigaciones realizadas tanto en Uruguay como en España (Domínguez, 2010; INE -Uruguay / Unifem / Inmujeres / UdelaR, 2008) también dan cuenta de la ancha brecha de participación entre las mujeres y los varones jóvenes, la cual estaría reflejando la ausencia de un cambio generacional hacia la mayor equidad. Sin lugar a dudas, en la ausencia de este cambio generacional las instituciones socializadoras -tales como la familia y la escuela- desempeñan un papel central.

Considerando el estado conyugal, quienes muestran tasas de participación más altas son las mujeres unidas o casadas (94,2%), seguidas por las separadas/divorciadas (92,9%). Por su parte, entre los varones es posible observar la situación inversa; las tasas de participación más altas en el trabajo doméstico las detentan los separados/divorciados (70,4%), seguidos por los unidos o casados (60,4%). Es interesante observar en este punto que entre las mujeres la diferente situación conyugal apenas modifica la participación, mientras que entre los varones la ausencia de una pareja supone un incremento de la participación que ronda los 10 puntos porcentuales.

Con relación a la presencia de niños y adultos mayores en los hogares es posible señalar que la presencia de un niño menor de 6 años en el hogar aumenta la tasa de participación tanto para el caso de las mujeres como para el de los varones; ahora bien, al aumentar la cantidad de niños menores de 6 años en el hogar la participación femenina sigue creciendo (aun cuando es con menor intensidad) mientras que la participación masculina cae.

Por su parte, es interesante observar que la presencia de adultos mayores de 64 años en el hogar no redunda en el aumento de la participación del jefe de hogar y su cónyuge. Contrariamente a la evidencia que presenta este tipo de encuestas en Europa (15), el caso argentino estaría mostrando que los adultos mayores colaboran con algunas de las actividades que integran el trabajo doméstico no remunerado. Los elementos que permiten explicar esta tendencia se encontrarían en un modelo familiarista de provisión de cuidados, la mayor flexibilidad que aporta esta estrategia para adaptarse a los requerimientos temporales (cantidad de horas y horarios) de los miembros del hogar que lo demanden y la escasa presencia de formas de provisión públicas de cuidados en algunas áreas del país.

Tal como ya hemos señalado, las mujeres participan más y asignan más horas que los varones al trabajo doméstico no remunerado, independientemente del nivel educativo como puede observarse en el Cuadro 2. Sin embargo, y tomando el nivel educativo como variable de análisis, es posible observar que la mayor brecha entre mujeres y varones (tanto en términos de tasa de participación como de tiempo promedio) se encuentra en el grupo con secundaria completa o incompleta. Las mujeres de este grupo son también las que más horas asignan al trabajo doméstico no remunerado.

Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado según sexo y nivel de escolaridad. Total urbano nacional

Cuadro 2: Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado según sexo y nivel de escolaridad. Total urbano nacional

Por otra parte, es real que las mujeres con mayor nivel educativo (educación superior incompleta o completa) destinan en promedio menos tiempo al trabajo doméstico no remunerado que el resto de los grupos con menores niveles de escolaridad, pero -tal como fue señalado- esta tendencia no se replica en la misma dirección si se compara las mujeres con los niveles de instrucción más bajos y aquellas con niveles de instrucción medio. La menor proporción de tiempo invertido en el trabajo doméstico no remunerado por las mujeres con alto nivel educativo puede deberse a un conjunto de factores tales como el tamaño de los hogares, la mayor capacidad de acceso a electrodomésticos y la posibilidad de delegar parte de las tareas en el trabajo doméstico pago, es decir, en la posibilidad de mercantilizar parte de estas actividades.

En tanto, entre los varones las diferencias no son notorias. Por una parte se evidencia una muy leve tendencia al aumento de la tasa de participación a medida que el nivel educativo crece. Sin embargo, no se puede observar la misma tendencia con relación al tiempo promedio, el cual permanece prácticamente inmodificable entre los varones de los diferentes niveles educativos.

En relación con esto, pueden ser realizadas dos consideraciones: la primera de ellas, y en términos materiales, es posible señalar que no se verifica la existencia de una relación inversa entre nivel de educación (como variable Proxy del nivel de ingresos) y la participación en el trabajo doméstico no remunerado. La segunda consideración es realizada desde un punto de vista simbólico, según la cual no se evidencia que los mayores niveles de escolaridad se traduzcan en transformaciones culturales respecto a los roles productivos y reproductivos asignados socialmente a cada uno de los sexos. En este sentido, el nivel educativo no influencia de manera sustantiva la dedicación al trabajo doméstico no remunerado.

Estos elementos de análisis no se ajustan a toda una serie de consideraciones teóricas y de hallazgos empíricos -tanto europeos como latinoamericanos- que dan cuenta y razón de que las mujeres con mayores niveles de escolaridad se mueven de forma determinante hacia fuera de las rutinas domésticas; a la vez que los varones con niveles de educación más altos participan más de este tipo de actividades. La confluencia de estas dos tendencias reflejaría niveles de equidad mayores (Domínguez, 2010; Gershuny y Fisher; 2014; INE-Uruguay/Unifem/Inmujeres/UdelaR, 2008).

En el Cuadro 3 se puede observar que para ambos sexos no hay variaciones importantes ni en la participación ni en el tiempo medio asignado al trabajo doméstico no remunerado entre ocupados y no ocupados. La única variación significativa que puede observarse es que las mujeres no ocupadas invierten mayor tiempo en el trabajo doméstico no remunerado. De esta manera, no existiría una correlación fuerte entre condición de actividad y participación en el trabajo doméstico no remunerado, aunque la no participación en el mercado de trabajo supone solo para las mujeres una mayor inversión de tiempo en estas actividades.

Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado según sexo y condición de actividad. Total urbano nacional

Cuadro 3: Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado según sexo y condición de actividad. Total urbano nacional

La constatación puesta en evidencia por algunas investigaciones enraizadas en la nueva economía doméstica o nueva economía de la familia que supone que entre quienes no están ocupados (indistintamente del sexo) siempre hay mayor inversión de tiempo en actividades ahorradoras de dinero (esto es, en trabajo doméstico no remunerado) no se observa para el caso argentino. De la encuesta de uso del tiempo surge que este comportamiento es observable solo para el caso de las mujeres. Así, el “efecto sustitución” entre el trabajo remunerado y el trabajo doméstico no remunerado no se evidenciaría para los hombres (16).

Este dato no niega la existencia de relaciones entre el funcionamiento de la producción, la distribución y el intercambio de la riqueza, los comportamientos en materia de reproducción, y las relaciones individuales y sociales; pero sí pone en cuestión la existencia de mecanismos de ajuste espontáneo y automático, merced a los cuales los salarios, las condiciones de vida, las costumbres y las decisiones en materia reproductiva son infinitamente adaptables a las variaciones de los precios relativos de las mercancías o de los factores productivos (Picchio, 2001). En este sentido, es posible señalar que el comportamiento de las familias excede las orientaciones del mercado (Pouw, 1998).

Para Picchio (2001), el análisis empírico de los datos sobre el trabajo no remunerado muestra que la sustitución entre el trabajo productivo y reproductivo en función de los precios no constituye la norma en la práctica y que las convenciones sociales y las relaciones desiguales de fuerza, en el plano social y familiar tienen una influencia persistente y generalizada sobre las decisiones en materia de reproducción, de nivel de vida y de comportamientos en el mercado de trabajo. Asimismo, la familia interactúa e intercambia no solo con los actores del campo del mercado sino también con los actores del campo del Estado y otros actores de la sociedad civil (Pouw, 1998; Picchio, 2001; Rodríguez, 2004). Es, a través de estas interacciones que la familia es influenciada en sus procesos de toma de decisiones económicas y en los modos de procurar su bienestar.

Considerando aquellas personas que tienen un trabajo remunerado, es posible señalar que en el caso de los hombres la tasa de participación en el trabajo doméstico no remunerado cae a medida que aumentan las horas invertidas en el trabajo remunerado, mientras que en el caso de las mujeres, esta distinción se da entre aquellas que trabajan en el mercado media jornada y aquellas que lo hacen jornada completa (ver Cuadro 4). Sin embargo, la caída en la participación es más importante en el caso de los hombres que en el de las mujeres. La tendencia inversa puede verificarse si observamos el tiempo promedio. En el caso de las mujeres el tiempo promedio asignado a estas actividades cae a medida que aumentan las horas de trabajo remunerado, mientras que en el caso de los hombres, permanece prácticamente constante.

Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado según sexo y horas de trabajo remunerado. Total urbano nacional

Cuadro 4: Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo doméstico no remunerado según sexo y horas de trabajo remunerado. Total urbano nacional

En cuanto a los subgrupos que integran el conjunto trabajo doméstico no remunerado y específicamente el subgrupo “apoyo escolar”, podemos señalar que es el grupo que mayor asimetría presenta entre hombre y mujeres, tanto en participación como en tiempo asignado a dichas actividades, seguido por el subgrupo “cuidado de personas”.

En términos generales, las tareas de “cuidado de personas” pueden estar dirigidas a adultos mayores, a enfermos y también a niños. Si tenemos en cuenta -como ya fue señalado- que la ETNRyUT llevada a cabo en Argentina consultó por las tareas de cuidado en el seno del “hogar”, esto excluiría como tarea de cuidado el apoyo brindado a familiares que viven en otros hogares, a la vez que hace que esta actividad esté más ceñida al cuidado de niños y que solo incorpore adultos mayores y/o enfermos en el caso que estos vivan en el hogar. Por su parte las actividades de “apoyo escolar” están dirigidas exclusivamente a los niños.

Desde la perspectiva de Ramos (1990), el cuidado de la prole constituye una actividad social de primera importancia dada su trascendencia biológica y cultural. El “tiempo parental”, como lo denominaron Barrère-Maurisson, River y Marchand (2001), agrupa todas las actividades efectuadas por los padres con o para sus hijos. Se trata, por una parte, del tiempo dedicado a ocuparse de los hijos: vestirlos y bañarlos, darles de comer, jugar con ellos, pasar con ellos tiempo fuera de casa, llevarlos a la escuela, acompañarlos en sus actividades extraescolares, ayudarlos con sus deberes escolares; por otra parte, se trata también del tiempo dedicado a los adolescentes: hablar, mirar juntos un programa de televisión, etc. En este sentido, sería posible diferenciar entre estas actividades a aquellas más vinculadas con la sociabilidad, con los quehaceres domésticos, con el apoyo escolar y con los desplazamientos necesarios para estas tareas. Al reagrupar esta amplia gama de actividades de características tan diferentes es posible observar que el cuidado de personas aúna tanto componentes instrumentales como componentes expresivos (17) si, como ocurre típicamente, los que lo realizan son el padre y la madre que encuentran una gratificación inmediata y no condicional en su práctica (Ramos, 1990).

A partir de la ETNRyUT puede observarse la permanencia de un patrón tradicional de comportamiento en relación con aquellas actividades vinculadas con el cuidado y el apoyo, fundamentalmente, de los niños ya que son los subgrupos de actividades que mayor brecha de participación muestran entre hombres y mujeres. Para Bouffartigue (2007), es evidente que la división sexuada de las tareas es más clara entre los padres que tienen hijos. Una muestra de esto es que el denominado “tiempo parental” sigue siendo una prerrogativa muy femenina.

La situación descripta se distancia de forma clara de la tendencia -observada por una serie de investigaciones sobre los sectores medios urbanos- a una paternidad más activa, afectiva y consciente, verificable a partir de la construcción de la paternidad como un proyecto de “a dos”. Este tipo de prácticas -que pueden ser pensadas, en alguna medida, como una aproximación masculina de la experiencia femenina- asume la forma de un nuevo modelo familiar sustentado en la igualdad y en los cambios, y fundamentalmente contrastante con un modelo familiar tradicional (Delfino, 1999).

3.2. El trabajo voluntario

Con relación al trabajo voluntario (tanto a aquel trabajo directo realizado como apoyo a otros hogares como el trabajo voluntario que se realiza a través de organizaciones) una vez más se evidencia mayor participación femenina. A escala nacional 12% de las mujeres asigna tiempo a este tipo de actividades, mientras que entre los hombres ese valor cae a 7,4%. En términos de tiempo promedio se observa una levísima diferencia a favor de los hombres (ver Cuadro 5).

Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo voluntario según sexo. Total urbano nacional

Cuadro 5: Tasa de participación y tiempo promedio del trabajo voluntario según sexo. Total urbano nacional

En término de grupos de edad, la participación en el trabajo voluntario va acentuándose en cuanto a participación y tiempo invertido a medida que aumenta la edad. Así, entre los jóvenes de 18 a 29 la participación ronda 7% y 6,5 horas semanales son invertidas en estas actividades. Mientras que en el caso de los mayores de 60 años la participación trepa a 11,2% y las horas invertidas a las 9 semanales.

Con relación al nivel educativo, se observa un dato por demás interesante, quienes más participan son el grupo “superior universitario incompleto o completo”; sin embargo, quienes más horas dedican al trabajo voluntario son aquellos que tienen “primaria completa”.

En tanto, la condición de actividad ejerce una influencia moderada, haciendo elevar las tasas de participación y las horas invertidas entre quienes no poseen una ocupación.

Observando los subconjuntos de actividades que engloba el trabajo voluntario, es posible señalar que el subgrupo “actividades de apoyo a otros hogares” es el que registra mayor participación, tanto en el caso de las mujeres (4,5%) como de los hombres (2,9%). El tiempo promedio asignado a este subgrupo de actividades es prácticamente equiparable entre hombres y mujeres, rondando las 8,5 horas semanales. Recordemos que dentro de este grupo se contabilizan también apoyos a miembros de la familia que viven en otros hogares. En tanto, el trabajo voluntario realizado a través de organizaciones también se vale de una mayor participación femenina, pero son los varones quienes invierten más horas realizando estas actividades (6,8 para los hombres y 4,8 para el caso de las mujeres).

Los datos señalados anteriormente, vinculados a la creciente participación de los sectores con mayores niveles educativos en el trabajo voluntario en general y la importante asignación de tiempo por parte de los hombres al trabajo voluntario en organizaciones, nos llevan a preguntarnos si la tradicional constatación de la centralidad de la participación de las mujeres de sectores populares en el trabajo voluntario como una estrategia de supervivencia de los hogares de esos sectores se mantiene o si, por el contrario, el nuevo escenario plantea una heterogeneidad de situaciones.

4. A manera de cierre

De este primer abordaje se desprenden algunas constataciones así como también una serie de interrogantes:

  • • Se observa una preeminencia de la participación femenina en el trabajo no remunerado (tanto el trabajo doméstico no remunerado como el voluntario) tanto en términos de participación como de tiempo promedio dedicado a estas actividades. En los subgrupos donde esta tendencia no se mantiene, la diferencia con los hombres no es significativa. Solo en el caso del tiempo invertido por los participantes en el trabajo voluntario vinculado a organizaciones es posible observar una primacía masculina. Es importante notar que -por lo expuesto precedentemente- este es el único subgrupo en el cual las actividades no se desarrollan en un ámbito doméstico, sino que son actividades vinculadas al espacio público.

  • • La condición de actividad aparece -en ambos sexos- como un elemento interesante para dar cuenta de la mayor participación en el trabajo voluntario pero no tanto así en el trabajo doméstico no remunerado. En tanto, entre los ocupados el aumento de horas dedicas al trabajo remunerado repercute fundamentalmente en la tasa de participación masculina (a medida que crecen las horas dedicadas al trabajo remunerado decrece la participación masculina en estas actividades) y de forma más leve en las tasas de participación y en el tiempo promedio que invierten las mujeres que trabajan de forma remunerada en estas actividades.

  • • Desde el plano simbólico, es importante destacar que no se evidencian cambios culturales en términos intergeneracionales ni tampoco en aquellos grupos sociales con mayores niveles educativos.

  • • Una hipótesis que parecería desprenderse de los datos (y que necesita de una profundización del análisis) es que la configuración familiar tiene un impacto mayor que la condición de actividad en las modalidades de asignación de uso del tiempo.

Estos elementos marcan de forma clara que la medición y la contabilización del trabajo no remunerado, tanto del doméstico como del voluntario, no puede constituir un fin en sí mismo, sino que su finalidad debe estar orientada a, por un lado, comprender su contribución al bienestar de la población y, por otro lado, a proporcionar evidencia empírica que posibilite orientar el diseño de políticas públicas. En este marco, es fundamental mantener como eje de trabajo la relación entre tiempo y trabajo, ya que es la organización temporal de las sociedades la que perjudica a las mujeres adultas por estar regulada en clave productivista y masculina

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Dra en Ciencia Política
Lic. en Economía
Lic. en Economía
Un análisis detallado de este proceso puede encontrarse en Himmelweit (2011).
Este enfoque no implica soslayar ni desconocer el debate más reciente en torno a la noción –de fuerte raíz anglosajona– de care. Sin embargo, el mismo está más orientado en discutir y mostrar los límites del estado de bienestar e incorpora en su definición las actividades de cuidado realizadas de forma remunerada. Trabajos insoslayables para dar cuenta de la controversia sobre la definición y contenido del care son los de Badgett y Folbre (1999) y Letablier (2007).
En este punto retomamos Delfino (2012; 2016).
Según Durán (2005b), algunos autores prefieren esta noción a la de trabajo no remunerado porque la legislación reconoce que en el régimen de bienes gananciales los esposos comparten el patrimonio conseguido por el trabajo por cualquiera de ellos y en ese sentido puede considerarse que existe una remuneración indirecta vía patrimonial.
En la actualidad, estas características no solo son peculiares de los hogares y situaciones parecidas, sino que se producen también en el ámbito mercantil. Cada vez más el trabajo remunerado y el no remunerado tienden a parecerse en términos de discontinuidad y difusividad (Aguirre, 2005).
La crítica más frecuente a este tipo de técnica es que la misma se asienta en los mecanismos de la memoria, lo que conlleva problemas relativos a la percepción sobre el tiempo dedicado a cada una de las actividades (Delfino, 2009).
En este punto, es importante realizar algunos señalamientos relacionados con el diseño del módulo que tienen repercusiones directas en la captación de los datos. Por tratarse de un módulo dentro de una encuesta a hogares, el relevamiento mantiene la misma unidad de análisis de la encuesta; esto es, el hogar. Esto termina repercutiendo en la clasificación de las actividades y podría llevar a un subregistro de alguna de ellas. Así, desde el punto de vista conceptual, la encuesta considera “trabajo voluntario” aquel cuyos beneficiarios no son miembros de la “familia”; sin embargo, para relevar este tipo de actividades en el cuestionario se utiliza la noción de “hogar” –la cual se refiere a la persona o grupo de personas que viven bajo el mismo techo y comparten los gastos de alimentación–. Esto supondría que cuando una persona asigna tiempo al cuidado de un familiar que no vive en su hogar, esa actividad será clasificada como trabajo voluntario y no como una actividad de cuidado de personas dentro del trabajo doméstico no remunerado.
Este dato se contrapone en parte con una serie de investigaciones de tipo cualitativo que señalan la existencia de cambios (aunque lentos) en las actitudes de los padres varones hacia el cuidado de hijos e hijas. Estas investigaciones señalan la existencia de indicios de que los padres estarían privilegiando formas de cuidado relacionadas con las actividades escolares y transmisión de conocimientos, más que las relacionadas con el cuidado físico de niños y niñas (Esquivel, 2012; Meil y Rogero-García, 2014).
Volveremos sobre este punto.
La discusión norteamericana sobre el care ha sido quien más ha focalizado en la importancia de las relaciones y los sentimientos en la realización de este tipo de trabajo. Por su parte, y desde una perspectiva centrada en el análisis de las contradicciones del sistema capitalista, Fraser (2016)que el “amor” y la “virtud” constituyen la moneda con la cual el capitalismo ha compensado las actividades reproductivas y/o no remuneradas.
A partir de las mismas se evidencia que el creciente porcentaje de personas mayores plantea cuestiones relativas a las fuentes de cuidado, tanto de tiempo como de dinero (Hufton, 1999).
Este primer nivel de análisis con el cual estamos trabajando no nos permite elucidar si la condición de actividad tiene incidencia en el tipo de actividades dentro del trabajo doméstico no remunerado que realizan hombres y mujeres.
La diferencia entre actividades instrumentales y expresivas fue originariamente planteada por Äs (citado en Ramos, 1990). Las actividades instrumentales son aquellas en las que lo que se hace es medio para obtener algún otro objetivo; las consecuencias priman sobre los resultados y estos son, a la vez, apropiables por un tercero y producto de una actor sustituible. En tanto las segundas pueden ser calificadas como aquellas en las que, por un lado, la acción misma satisface la necesidad que la ha suscitado y, por otro, priman los resultados sobre las consecuencias, teniendo esos resultados las características de no ser transferibles a otros y hacer insustituible al sujeto que los obtiene.