Representaciones socio-espaciales (Toporepresentaciones) de Bogotá: perspectivas de la (in)seguridad

  • Johan Andrés Avendaño Arias

Resumen

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Publicado
2017-09-22
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AVENDAÑO ARIAS, Johan Andrés. Representaciones socio-espaciales (Toporepresentaciones) de Bogotá: perspectivas de la (in)seguridad. Sociedad y Economía, [S.l.], n. 33, sep. 2017. ISSN 2389-9050. Disponible en: <http://revistas.univalle.edu.co/index.php/sociedad_y_economia/article/view/5624>. Fecha de acceso: 23 oct. 2018 doi: https://doi.org/10.25100/sye.v0i33.5624.

Introducción

Las representaciones sociales o colectivas no han sido un tema ajeno en los análisis y los estudios geográficos. De hecho, en el camino de la denominada geografía de las representaciones, Alain Musset (2009) reflexiona acerca de la geohistoria y enfatiza en los aportes que pudiese dejar este marco reflexivo ya que “el estudio de las representaciones espaciales nos interroga sobre las modalidades de aprehensión del mundo y el estatuto de la realidad, es decir, el problema de la adecuación entre la realidad, lo que percibimos y nuestros discursos sobre la misma” (Musset, 2009, p. XXII). Este sistema de relaciones y formas para simbolizar, dar sentido y representar el espacio y los territorios tampoco ha estado distante de los estudios sobre la inseguridad urbana en diversos espacios (Lindón y Hiernaux, 2006; Martel y Baires, 2006; Guerrien, 2002; Niño, 1998; Mucchielli, 2013). Sin embargo, para el caso de Bogotá es un campo que aún ha sido opacado dominantemente por los análisis cuantitativos o meramente cartográficos.

Por ello, reivindicando la traza de la construcción social del territorio, la siguiente reflexión desarrolla algunos cuestionamientos acerca de la manera como son representados los lugares, espacios y territorios urbanos de Bogotá, principalmente a través de la instrumentalización de la que es objeto la narrativa-cartografía del miedo y la inseguridad. Trascendiendo la mirada de los análisis criminológicos de cifras y desde la acepción de toporrepresentación (asignación de significados, pesos y símbolos al espacio), se aportarán marcos de la vinculación entre imaginarios, representaciones y geografía; luego verificando la espacialización hegemónica de la inseguridad en la ciudad se analizará su influencia en los referentes colectivos, particularmente los identificados a través de las topofobias, para culminar con el contraste de la graficación de los espacios de vida, en tanto evidencia de sus aportes en la construcción de territorialidades.

1. Representaciones e imaginarios

Reflexionar acerca del vínculo entre representaciones, imaginarios e identidades, para soportar el estudio específico de la inseguridad urbana implica transitar entre las escalas individuales del lugar3 (espacio circunscrito), hasta las colectivas en el territorio, para comprender la manera como se configura este tipo de sistemas de referencia y significación del espacio y sus interacciones con las estructuras sociales.

Guy Di Méo (2007) vincula la noción de identidad -conceptualizada por Staszak (2004) a los procesos subjetivos- a los contextos territoriales. Así, para Di Méo el concepto de identidad es aquel referente que el individuo desarrolla de sí, explicado en gran medida en los apegos y valoraciones dados a los lugares y que le permite, a través del tiempo, configurar una impronta personal, al punto que se constituye en un factor inalienable. Para el individuo, la identidad territorial es un mecanismo de reconocimiento, adhesión y diferenciación grupal, que opera no solo en la escala individual sino, incluso en las colectivas y sociales, propiciando canales de retroalimentación permanentes entre estas4. Ciertamente es un referente dinámico, entendida como el resultado de diversos procesos (culturales, históricos, territoriales, sociales, vivenciales, deseados e imaginados), y objeto de múltiples “tensiones”, producto de la necesidad de ser refrendada y protegida (Tuan, 2007).

La constante relación espacio-sociedad que enmarca a los individuos implica que en la medida que van forjando su propia identidad, tomando como referencia su contexto territorial, van asumiendo mecanismos para la asignación de valores y significados, apegos y pertenencias, narrativas y categorizaciones, especialmente a los lugares, espacios vividos5 y de vida6, lo que les facilita construir de estos una representación y un imaginario territorial (Musset, 2009). Estos junto a las representaciones, según Lindón y Hiernaux (2010, p. 367), influencian las experiencias y las prácticas en el espacio (actividades, acciones, desplazamientos, rutinas) y, de manera específica aun cuando no excluyente, las dinámicas acerca de lo que entiende por la inseguridad urbana. El imaginario7 es entonces esa “imagen” mental que se construye de un hecho, un espacio, una vivencia, sin que implique una experiencia material por parte del individuo, pero que está mediada por la acción de otros canales como narraciones, recuerdos, idealizaciones.

Bernard Debarbieux (2003) ha buscado precisar el vínculo entre espacio e imaginario, proponiendo la definición de imaginario geográfico como:

aquel conjunto de imágenes mentales relacionadas entre sí, que confieren -sea para un individuo o un grupo- un significado y una coherencia relativa a una localización, una distribución o la interacción de fenómenos en el espacio; vínculo que contribuye a la organización de concepciones, percepciones y prácticas espaciales (p. 489).

Así, el imaginario claramente es una manera de representar los vínculos individuales, colectivos, reales e irreales, con los lugares y los territorios, donde la noción de inseguridad urbana ha empezado a convertirse en un fuerte ejemplo de unión entre las dos.

Por su parte, Denise Jodelet (1986) documenta que las representaciones sociales o colectivas “son un sistema de conocimientos y pensamientos individuales y grupales organizados, que permiten interpretar, significar, dar sentido y relacionar situaciones, acontecimientos, objetos, ideas e imágenes, en un contexto cultural situado” (p. 469), sistema que, al estar vinculado con los imaginarios y las formas de identidad, se constituye en uno de los referentes más influyentes para la asignación de valores y significados de los lugares y los espacios8. Siendo la construcción de imaginarios y de representación inherente a cada individuo, han de tenerse tantas de estas como número de individuos existen; sin embargo, la presencia de valores y rasgos culturales, de objetivos sociales comunes y en muchos casos de mecanismos de control (Foucault, 1976), hacen que estas se construyan con mayor incidencia a partir de las estructuras sociales y territoriales del espacio colectivo común. Es justamente allí donde posee cabida dar un abordaje a las representaciones socio-espaciales que se tienen sobre la (in)seguridad, aplicado al caso de estudio urbano de Bogotá, con el fin de comprender la manera en que han sido edificadas, así como el nivel de influencia que han logrado en la forma como se experimenta territorialmente la ciudad.

Sin desconocer la necesidad de ampliar los análisis urbanos sobre las formas, las interconexiones, las desigualdades y disparidades, entre otras, la denominada geografía de las representaciones justifica ampliamente la pertinencia de reflexionar sobre nuevos elementos de la espacialidad, en particular aquellos que se podrían denominar de tipo subjetivos y simbólicos -sagrados, idealizados, místicos, prohibidos, deseados,, etc.- (Bailly, 1989), en los que tienen cabida temáticamente todas las expresiones y dinámicas tanto individuales como sociales categorizadas en torno de las inseguridades delictivas, particularmente en sus componentes cualitativos (Lindón y Hiernaux, 2006).

Las perspectivas analíticas al respecto son realmente amplias, sin embargo, este artículo se orienta hacia aquellos elementos connotados negativamente en su vínculo a los lugares y/o los espacios -más allá de una perspectiva funcional o de contenedor material al estilo de Kevin Lynch (1960)- más cerca a la línea de lo que Yi Fu Tuan (2007) ha definido como topofobia (p. 129); es decir, ese vínculo del hábitat hacia el desasosiego, el rechazo, los conflictos y el desapego que se condensa en miedo y temor hacia los espacios9 y, en Bogotá, con un fuerte vínculo asociado a la ocurrencia de hechos delictivos. Intento realizar un aporte inicial a este tipo de reflexiones geográficas y con ello poder dar apertura a los análisis, propongo incluir a la noción de representaciones socio-territoriales el equivalente de toporrepresentaciones, como prefiero llamarlas.

Ese conjunto de valores, idealizados, materiales y/o simbólicos, asignados relacionalmente a los lugares y espacios, donde operan como mecanismos de construcción tanto la experiencia vivida, las generalizaciones, las simplificaciones y el rol de las estructuras hegemónicas, como los intereses de control y poder, a partir de los marcos culturales y geo-históricos, para lograr niveles comprensivos e interpretativos de la manera como vivimos y configuramos los espacios, desde los vínculos individuales hasta los de los sujetos sociales y colectivos (Avendaño, 2016, p. 316).

2. Toporrepresentaciones y espacializaciones de la inseguridad y el miedo

La geografía de las representaciones busca ampliar los niveles de comprensión de las tensiones socio-espaciales (Musset, 2009, p. XX) y los significados que de ello emergen, por lo cual la ciudad como un objeto definido de investigación, la inseguridad como tema de análisis y la transversalización del problema de las representaciones, se constituyen en un eje reflexivo que, tomando casos de estudio como las dinámicas de la inseguridad presentes en Bogotá, cimientan renovados aportes en estos campos. El enfoque de indagación ha de ser territorial, cualitativo, descriptivo y analítico, decidiendo para este caso la utilización de la perspectiva comparativa sobre algunas herramientas de espacialización, imágenes y mapas, ello en el entendido que, según Hall (1997), la imagen, en tanto tipología de representación, desvela las narrativas detrás de ciertos discursos que alimentan los procesos de simbolización. Esto implica que los mapas y cartografías en tanto tipología de imágenes, como lo afirma Avendaño (2016) citando a Musset (2009), no han de ser asumidas como la realidad misma o el territorio en sí, puesto que son maneras diversas de representar un espacio, en el sentido que “pueden ser considerados como representaciones sociales en tanto imágenes espaciales (no copias literales de lo real) construidas a partir del bagaje socio-cultural del sujeto, de su posición social y experiencia del lugar” (De Alba, 2009, p. 12).

2.1 Toporrepresentación hegemónica: el Estado, el crimen y la inseguridad

Sin pretender debatir las perspectivas del Estado sobre el monopolio de la fuerza y la garantía de un tipo de seguridad de la mano de las autoridades, no sería posible menospreciar su rol como uno de los autores de las representaciones de la (in)seguridad, pues como afirma Pachón (2006), el Estado “ostenta un gran poder, un poder de superposición e imposición, un poder monopolizador de la coerción material, formas que lo distinguen de las demás maneras de poder al interior de las otras estructuras sociales” (p. 56). En este sentido, emerge el consenso sobre la noción dominante acerca de la inseguridad urbana, masificada desde la hegemonía estatal, referida como la evidencia de hechos de alteración, riesgo y/o amenaza “para la existencia del Estado o de la vida, el bienestar y la libertad de sus ciudadanos” (Fischer, 1993, p. 23).

Dicha hegemonía estatal se consolidó -sobre todo a lo largo de la década de 1920- en un modelo tangible orientado a la asimilación de hechos delictivos, contra la vida10 y el patrimonio11, para garantizar un mecanismo materialmente verificable, sistematizable, medible, cuantificable y, por ende, susceptible de ser intervenido y atacado, como expresión de esa figuras de posibles alteraciones de la estabilidad socio-estatal. Esta se vincula directamente con lo que Crawford (1998) denomina la criminología positivista-conductual, que Felipe Hernando (1999, p. 12) asocia con la geografía del crimen, entendida como esa perspectiva de espacialización cartográfica en mapas cartesianamente diseñados, construidos con el fin de visualizar la ubicación de las denuncias de los hechos delictivos y con ello dar pistas “racionales” acerca de las intervenciones sobre las conductas individuales y sociales que permitan minimizar los índices criminales, en un modelo racional (Sozzo, 2010). Bogotá no es la excepción al respecto, pues la potencialización del uso de los sistemas de información geográfica (SIG) han ubicado la construcción de cartografías del delito como una de las principales fuente de alimentación de las toporrepresentaciones de inseguridad (Avendaño y Cardeño, 2007a; Avendaño y Ojeda, 2007b), pues la visualización de patrones espaciales, concentraciones y tendencias, le facilitan tanto a las autoridades como a los ciudadanos lograr identificar cuáles son esos lugares peligrosos, en relación con la frecuencia de ocurrencia de delitos. El poder atribuido a las representaciones cartográficas cartesianas, utilizadas por las autoridades estatales como un mecanismo para reforzar sus discursos a conveniencia, casi por la ausencia de otro tipo de perspectivas, les atribuye a estos mapas la potestad, presuntamente irrefutable, de ser evidencia de las condiciones reales, por lo menos de un tipo particular de realidad que se desea resaltar (Avendaño, 2016). Así, además de robustecer la narrativa que decidan los gobernantes y ciertas élites, estas se convierten en los referentes de valoración y significación del tipo de situación temática que representan, como el caso de las condiciones de inseguridad urbana.

La información representada en un mapa, apoyada con otros dispositivos masivos como los medios de comunicación hoy más que nunca (Gil, 2003), se constituye en la principal fuente a través de la cual los ciudadanos interiorizan discursos para el reconocimiento de espacios, lugares y territorios. Incluso sin haber experimentado la mínima vivencialidad de las toporrepresentaciones, los sujetos (Garnier, 2010b) asumen un conjunto de acepciones para valorarlas de manera negativa12 o topofóbica. Esto ocurre, por ejemplo, con los barrios marginales de las periferias en las ciudades latinoamericanas o los centros históricos altamente deteriorados (Caldeira, 2007), que son catalogados como nichos de los problemas sociales, entre ellos de la inseguridad (Lulle, 2008; Hiernaux-Nicolas, 2003; Cardeño, 2006), pues, con explicaciones reduccionistas, se culpa a sus habitantes de ser los principales victimarios, autores del miedo, la violencia y la delincuencia del resto de la ciudad, ya que según esta perspectiva, son poblaciones que por sus condiciones de pobreza se ven obligados a incidir en actividades ilegales con el fin de satisfacer esa ausencia de capital13.

Tal tipo de cartografías oficiales de delitos de gran impacto, sin menospreciar la utilidad táctica o de posibilidades de cimentar análisis diversos14, indudablemente refuerzan este tipo de discursividades altamente reducidas y deterministas15. Por ejemplo, como se aprecia en la figura 1, los focos de alta concentración de hurto a personas en Bogotá en el 2014 coinciden espacialmente con las localidades más densamente pobladas y periféricas del sur de Bogotá16: Ciudad Bolívar, Bosa, Kennedy y Usme, las mismas que son tipificadas con los más bajos indicadores sociales de la ciudad (Avendaño, 2011).

Mapa de concentración de hurto a personas, 2014

Figura 1: Mapa de concentración de hurto a personas, 2014

En el marco de las tácticas situacionales acuñadas, bien sea las encaminadas a intervenir condiciones ambientales, físicas y urbanísticas, o las de tipo social orientadas a regular las conductas ciudadanas, Sozzo (2010) ha implicado la reafirmación de las narrativas reduccionistas que consideran que sus habitantes son racionalmente incapaces de mediar los conflictos y, por ende, asumen la violencia como único mecanismo de resolución, llegando a tal punto que se menosprecia el valor mismo de la vida humana (Decreto 295, 1995, p. 35), lo que explicaría la razón de la hiperconcentración de este tipo de delitos en tales sectores. En consecuencia, según estas perspectivas, no quedarían más opciones que intervenir a ultranza tales situaciones, incluso legitimando el uso y abuso de la fuerza, y la restricción de libertades (Sozzo, 2010).

Así, el ciclo de la toporrepresentación se va alimentando tanto de este tipo de razonamientos como de las estigmatizaciones, utilizando la simbolización dual de lo bueno y lo malo para expresar lo caótico y lo anárquico de ciertos sectores de la ciudad, produciendo con ello una unión particular entre situaciones sociales, grupos poblacionales y territorios, como si estos fuesen una sola amalgama que comparte las mismas condiciones: violencia-pobreza, delincuencia-periferia, criminales-desesperanzados, victimarios-marginales, topofóbicos-miseria, al estilo de los “sectores trampa” identificados en Bogotá, en relación con la ocurrencia de homicidios y su especial concentración en el sur de la ciudad (figura 2). En sí, sociedad, cultura, individuos y territorios son descritos en un solo tipo de valores que, en este caso de las representaciones de inseguridad, son utilizados peyorativamente.

Sin que el mapa en sí mismo sea el “culpable” de este tipo de consecuencias, por lo cual satanizarlo parecería incluso dogmático, la invitación y posibilidad que se abre es la de poner en cuestionamiento tanto la información que representa como aquella que es invisibilizada. Es lo que Harley (2005, p. 115) ha denominado vacíos o silencios cartográficos, es decir, ese conjunto de rasgos pertinentes que, siendo constitutivos a la misma temática, son ocultados o censurados, debido no a las normas de generalización cartográfica, por ejemplo, sino a alguna causa o intención, como la anulación de patrones en ciertos sectores (áreas comerciales o de residencia para clases altas), la intensificación en otros o la falsificación en sí de un comportamiento o tendencia17. En el caos de las toporrepresentaciones de inseguridad, los silencios podrían referirse a la ausencia de información espacializada sobre los delitos cuyos victimarios correspondan a poblaciones de clases altas, las muertes violentas de líderes sociales o políticos, incluso la ubicación de aclaraciones en la leyenda sobre casos aún sin resolver o determinar la causa del hecho.

Ahora bien, buscando profundizar en esas toporrepresentaciones que no están veladas en este tipo de cartografías, que incluso se han convertido en esa fuente de alimentación un tanto reduccionista y determinista que minimiza las dinámicas sociales a linealidades causa-efecto, es que se justifica el uso y análisis comparativo de otro tipo de representaciones gráficas sobre el espacio, para verificar diversas perspectivas de la inseguridad. Esto en el entendido, como lo analiza Sozzo (2010, p. 105 citando a Pavarini, 1994), que la seguridad, hegemónica o no, puede ser vista también en un modelo dual: una objetiva (riesgo o incidencia de hechos delictivos) y otra subjetiva (sensación personal y colectiva de temor o pánico frente al delito); siendo esta última más cercana no solo al compendio de encuestas de percepción, sino quizá a través de perspectivas cualitativas de la geografía.

Sectores trampa identificados y concentración de homicidios en Bogotá, 2014

Figura 2: Sectores trampa identificados y concentración de homicidios en Bogotá, 2014

3. Mapas y cartografías cualitativas

Desde las propuestas de Guy Di Meo (1996; 2007) y de Yi Fu Tuan (2007), los análisis se centran en la interpretación del tipo de toporrepresentaciones de “diseño libre”, mucho más subjetivas, propias del sistema de referencia particular de los individuos, en tanto mecanismo visibilizador de su sistema de valores, pesos e interpretaciones, buscando comprender las dinámicas espaciales y sociales, asociadas con la inseguridad, esas que no son posible identificar en los mapas institucionalizados (figuras 1 y 2, por ejemplo). Sin esperar que estas se encuentren totalmente desconectadas de los referentes cartesianos de la cartografía euclidiana, pues son las figuras que los sujetos hemos tenido como principal forma de esquematizar tanto las estructuras como los significados de los espacios, por ejemplo la trama urbana o las fronteras, serán los mapas mentales18 los que se utilizan en este apartado para auscultar acerca de esas toporrepresentaciones, proponiendo quizá una invitación a su ampliación analítica, ya que como lo afirma Musset (2009):

Cuando muchos estudios geográficos analizan la ciudad real como un objeto casi virtual, que no se mide sino en términos de datos estadísticos y píxeles, puede ser saludable tratar una ciudad imaginaria como si fuera real. Y por qué no, estudiar los imaginarios, las representaciones, los sentidos y los significados tanto de esta ciudad real como la simbólica (p. 96).

3.1 Topofobias e inseguridad

Reforzando a Tuan (2007), Matthews y Herbert (2008) han denominado que las topofobias son ese conjunto de sensaciones negativas y de desapego hacia los lugares, que llegan a producir incluso limitaciones de tránsito por estos. Sin ser el perfil de este análisis, Tuan también plantea que, en contraparte, existe una topofilia, que hace referencia a esa forma positiva, de aprehensión, proximidad y afecto hacia los lugares, es una experimentación grata que puede trascender desde el gusto por criterios estéticos hasta el vínculo más orgánico; unas y otras, filias o fobias, difieren en intensidad, sutileza y modos de expresión. De acuerdo con Lindón y Hiernaux (2006), la relación de miedo con el espacio, topofobia, puede expresarse en “grados que van desde la sensación de incomodidad leve hasta el rechazo profundo por el lugar o incluso miedo y pánico que le impide al sujeto estar en cierto lugar” (p. 356). Siguiendo a Tuan (2007), estos autores recuerdan que se puede tener una variación de topofobia y la creación de una agorafobia, que haría referencia tácitamente al pánico expresado hacia ciertos espacios abiertos como las calles, o estrechos como los callejones solos y oscuros. Sin embargo, para no confundir la lectura, en este documento se asumirá el manejo de la noción de topofobia como esa acepción general de miedo, temor y posible desapego a los lugares.

Ciertamente la percepción hacia espacios peligrosos, por ejemplo en los sectores del centro y sur de Bogotá, se ha configurado a partir de las vivencias individuales, pero también de la reproducción de “las vivencias” del otro, sea conocido directamente o no. Ello implica reconocer que los espacios están cargados de valores y significados, atributos asignados por los actores que los construyen, los habitan, los deconstruyen e, incluso, también por aquellos que no los conocen pero sí los incluyen en sus sistemas de referencia (el caso de la valoración negativa y peligrosa a los sectores pobres que hacen los habitantes de las ciudades, sin conocer ni una calle de los mismos), como lo ha reflexionado Jean-Pierre Garnier (2010a).

Las dos imágenes, mapa mental19 y fotografía del mismo sector de la figura 3, si bien en una escala muy detallada, dan cuenta de la pluralidad de significados que posee la inseguridad para el diseñador de esta grafía. Coexisten fobias (caritas tristes) y filias (caritas alegres), las cuales están vinculadas con las dinámicas del expendio de drogas ilegales (sustancias psicoactivas, identificadas en las hojas de marihuana y la “olla20” de la parte superior derecha), los controles territoriales de las organizaciones criminales y la ocurrencia de hechos delictivos (homicidios en las figuras negras con delineación del cadáver en línea blanca, hurtos a personas en la imagen de las figuras de nieve hurtando). Aun cuando la fotografía apenas permite visualizar un sector popular del sur de Bogotá, en la localidad de Ciudad Bolívar, ni esta ni la cartografía oficial darían cuenta de este otro tipo de dinámicas expresadas en el mapa mental. Ciertamente, tanto este mapa como los que se mostrarán a continuación integran los aspectos de esa seguridad objetiva (hecho delictivo) y subjetiva (percepción), así como el conjunto de toporrepresentaciones individuales, con impacto en lo colectivo, del grupo de significados, valores, calificativos y acepciones en torno del miedo que configuran las escalas de inseguridad urbana.

(Izquierda) Mapa mental donde el joven identifica tres nichos de consumo de marihuana, incluyendo el expendio “la olla fuego de la 24”, así como el consumo en el Centro de IDIPRON en Arborizadora. (Derecha) Paisaje del barrio Los Grupos y Arborizadora Alta del mismo sector, en Ciudad Bolívar.

Figura 3: (Izquierda) Mapa mental donde el joven identifica tres nichos de consumo de marihuana, incluyendo el expendio “la olla fuego de la 24”, así como el consumo en el Centro de IDIPRON en Arborizadora. (Derecha) Paisaje del barrio Los Grupos y Arborizadora Alta del mismo sector, en Ciudad Bolívar.

Los dos mapas mentales de la figura 4 corresponden a sectores del centro de Bogotá, otro de los lugares que, junto a los barrios del sur (en Ciudad Bolívar), son las zonas dominantemente identificadas y percibidas por los ciudadanos como las más peligrosas de esta capital. En estos dos, con una trama urbana mucho más regular, tal como lo es en la realidad material, se toporrepresenta una pluralidad de significados acerca de la inseguridad. Se diferencian del mapa mental de la figura 3 en que la densidad de valoraciones o utilización de íconos es notablemente mayor. Así mismo, permite identificar patrones espaciales como el consumo de sustancias psicoactivas referido a los espacios públicos, los homicidios vinculados a los expendios y a los lugares de ocio; y de manera especial algo que he definido como topomixtas, es decir, esa sensación dual acuñada a un mismo lugar que, en relación con su función, la hora del día o el momento de la semana comparte representaciones opuestas, filias y fobias, como puede ser el caso del centro de Bogotá donde las personas “no soportan ni la soledad de ciertas calles ni el abultamiento de otras, pues en una u otra condición se es víctima” (Avendaño, 2016, p. 152), o el de los hogares de Ciudad Bolívar que son al tiempo seguros e inseguros.

Mapas mentales donde se identifican homicidios y hurto a personas en el centro de Bogotá, en asocio con consumo de estupefacientes

Figura 4: Mapas mentales donde se identifican homicidios y hurto a personas en el centro de Bogotá, en asocio con consumo de estupefacientes

De la imagen del mapa de la derecha sobresale además la esquematización de una letra “L” construida con la imagen de venta de drogas ilegales (en un círculo negro), que en realidad corresponde a la ubicación del sector del Bronx en la carrera 15 con calle 12, el cual es identificado colectiva y públicamente como el nicho de mayor concentración de consumo y expendio de sustancias psicoactivas de Bogotá que, entre otras, es el espacio de vida de cerca de 9.000 habitantes de la calle, así como el centro de operación de las mafias dueñas de la ilegalidad de la capital. No cabe duda que si bien las imágenes de los mapas mentales también muestran ubicación de hechos delictivos como principal representación de las formas de inseguridad urbana (hurtos, homicidios, lesiones), estos son mezclados de manera enriquecida con otro tipo de toporrepresentaciones, como por ejemplo los lugares de expendio y consumo de sustancias psicoactivas (espacios públicos: parques y plazoletas), de concentración de actividades de ocio (tabernas y bares), calles oscuras y callejones cerrados (morfologías urbanas), e igualmente de sectores poblacionales (habitantes de la calle, jóvenes, agrupaciones de jóvenes fanáticos de equipos deportivos), etc. Esta es una de las potencialidades más grandes del uso de mapas mentales en relación con estudios de fenómenos de inseguridad.

Siendo las representaciones un conjunto de sistemas simbólicos elaborados en un contexto social definido, que facilitan la comprensión de los significados asignados a los fenómenos culturales (De Alba, 2009), su aterrizaje a las perspectivas territoriales, en este caso instrumentalizado a través de los mapas mentales individuales, permite visibilizar, además de lo ya descrito, otro tipo de relaciones. Por ejemplo, pese a la ya descrita hegemonía de la inseguridad a través de los hechos delictivos también acá presentes, hay otros tamices que regulan multiescalarmente las toporrepresentaciones en torno del crimen, como lo es el reconocimiento de los lugares de vida. Es decir, que siendo el mapa una imagen asociada a la cotidianidad del diseñador y, sin negar la ocurrencia localizada de delitos, su cualificación sobre el espacio no es negativa o totalmente topofóbica, pues al conocer los lugares, los actores, los códigos y las conductas, estos se sienten pertenecientes al mismo y, por ende, desmitificadores de las posibles inseguridades.

3.2 De los símbolos y las convenciones

Tal como afirma Antoine Bailly (1995), inevitablemente toda representación, en tanto acto de creación, es plural e imperfecta, quizá, dicho mejor, ricamente desigual, por lo que los análisis de mapas mentales o cualquier tipo de representación gráfica de un espacio de una persona, debe realizarse también en la comprensión de su contexto social y rol de vida, para con ello poder dimensionar el papel que cumplen estas imágenes en una medida mucho más proporcionada y en su incidencia real en las prácticas individuales y sociales. Una evidencia de dicha pluralidad es obviamente la utilización diversa de los signos y las convenciones en los mapas. Suavita y Flórez (1993) en sus análisis de percepción y comprensión cartográfica, proponen como eje central el estudio del conjunto de formas que actúan como tamiz en el proceso que realiza un sujeto para llegar a la aprehensión de la información gráfica, para lo cual diferencian los signos en: íconos21, índices22 y símbolos23.

En las grafías y convenciones de ciertos mapas mentales (figura 5), se evidencia la utilización de íconos (izquierda) cuando se dispuso del gráfico de una hoja de marihuana, de un grupo de pastillas en relación con el consumo de éxtasis y de un hombre muerto para ubicar la ocurrencia de un homicidio. Algunos utilizaron directamente las palabras, es decir “inseguridad”, “miedo”, “hurtos”, términos que por estar relacionados con el concepto, sin ser un gráfico, pueden ser catalogados en el lenguaje de los íconos. Por su parte, los índices aparecen en la segunda, tercera y cuarta imágenes, con armas de fuego, dagas y calaveras respectivamente, para representar inseguridad y ocurrencia de hechos delictivos. Finalmente, los símbolos fueron utilizados para áreas peligrosas a través de “achurados” y “equis”. Este es un proceso claro de representación, pues se están sustituyendo, reemplazando y clasificando inseguridades, a través de convenciones cartográficas que, por el hecho de ser casi “personalizadas”, no limitan la interpretación de este sistema, pues en el contexto de la indagación y, a partir de los referentes culturales, el lector, el investigador o el otro habitante pueden comprender lo que el sujeto quería comunicar por medio de su mapa mental, pese a no contar con estándares, escalas o catálogos de objetos, ni contar con su presencia física en el momento del análisis.

Convenciones de mapas mentales con el uso de índices para referenciar inseguridad

Figura 5: Convenciones de mapas mentales con el uso de índices para referenciar inseguridad

Las convenciones para representar las categorías poseen un sentido y un significado pues, por más improvisación o arbitrariedad que tuviese la individualidad, el colectivo que participó en la investigación configuró la idea de opuestos, bueno y malo: carita triste/carita feliz, achurados densos/achurados livianos, espacios llenos/espacios vacíos, nuevamente relacionados con los referentes y con el sistema de valores culturales en los que se encuentran inmersos los sujetos. Es decir, integrando todo el apartado anterior, los mapas mentales se configuraron en canales altamente robustos, para profundizar acerca de los procesos de construcción de toporrepresentaciones, como mecanismos de relacionamiento entre las dinámicas sociales y el uso de los territorios.

Conclusiones

En el contexto actual la ciudad emerge como el escenario geográfico por excelencia, el cual se ha convertido en uno de los más importantes referentes en la construcción de identidades, imaginarios y representaciones. Indudablemente la ciudad ofrece un potencial privilegiado de herramientas en la configuración de identidades individuales y colectivas, dada su variedad intrínseca y la múltiple cantidad de espacios de los que está constituida. Habitantes, organizaciones sociales e institucionales, todos de manera individual y posteriormente colectiva, crean para sí mismos una imagen de los espacios urbanos -seguro o inseguro-, de sus fenómenos y “realidades”, configuran sus propias representaciones espaciales, tal como se pudo verificar en la comparación de los dos tipos de elementos cartográficos analizados. Dicha espacialidad urbana es incorporada por el individuo de tal manera que llega incluso a convertirlos en extensión de su propio cuerpo, por lo tanto, de su sistema de identidad. A su vez, incorpora los códigos sociales y sus expresiones en el espacio, llegando al punto de asumirlos por hechos dados y “naturalizados”, al tiempo que se identifica con ellos mismos o genera estigmatizaciones y sistemas de referencia respecto al otro.

Las toporrepresentaciones no se terminan en las fronteras del individuo mismo (en el caso que él mismo se hubiese convertido en víctima de un hecho delictivo) pues, como ya se ha dicho, se mantiene en diálogo permanente con el entorno y es, justamente allí, en estas relaciones, donde se abre la puerta de la conexión entre las individualidades y los colectivos, siendo la cartografía uno de los instrumentos que lo facilita y que cumple el papel de permanente retroalimentación.

Aquello que he denominado toporrepresentaciones o representaciones sobre el espacio, los lugares y el territorio, es indudablemente un campo en el que se debe profundizar en los estudios geográficos urbanos, rurales, regionales, multiescalares. La estrategia asumida en este escrito, la de escudriñar aquellas vinculadas con la inseguridad urbana, tomando como caso de estudio la ciudad de Bogotá, permitió transitar por las perspectivas que aportan tanto las cartografías tradicionales del crimen, hasta las que denotan las subjetivas, para ofrecer a los analistas diversas miradas de un mismo fenómeno que, por la hegemonía con que se ha asumido el tema de la inseguridad, a veces incurre en la generación de falsas interpretaciones que repercuten en los imaginarios y las prácticas socio-espaciales.

Por todo lo anterior, la posibilidad de cimentar nuevos cuestionamientos es quizá una de las potencialidades mayores que pudiese tener este tipo de trabajos, por lo cual, tal como menciono, más que generar un punto final, es una invitación a revalorar los análisis simbólicos que le son atribuidos a los espacios

Referencias

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Este texto, a manera de artículo de reflexión, es un extracto de la tesis de doctorado titulada: Representación territorial de inseguridad, delincuencia y miedo en el espacio urbano de Bogotá: Formas simbólicas de apropiación y vivencialidad de la ciudad. Es elaborada para obtención del título de Doctor en Ciencias Sociales en la Mención de Desarrollo, Territorio y Sociedad de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Francia. La dirección del trabajo fue desarrollada por Alain Musset.
Doctor en Geografía, Desarrollo, Territorio, Sociedad.
Según Yori (1998), en Heidegger y su texto Ser y tiempo se encuentran antecedentes de la concepción de lugar como una situación propia del ser humano, el Dasein se concibe como ‘ser-ahí’. “¿qué es lo que nos hace humanos?” la respuesta a esta pregunta justifica la razón para abordar la comprensión de situaciones de hombres y mujeres desde su condición espacial, desde su lugar, al afirmar que “ser hombre significa ser habitante […] el hombre está en el mundo como ser ahí (Dasein)” (p. 42).
La posible dicotomía que se pudiese presentar entre la subjetividad de la (in)seguridad, representada por el individuo y la forma en que Este se relaciona con la estructura social, fue ampliamente analizada por Pierre Bourdieu (1972). Él planteó la noción de habitus para definir ese conjunto de estructuras sociales interiorizadas, incorporadas por los individuos en formas de percepción, valoración y acción misma. Esa “interiorización” hace parte de la reproducción de estructuras en las prácticas culturales y en las representaciones que transfirieren a los demás sujetos, a las prácticas del otro, quienes los asumen y las ajustan a sus propios valores, modificándolo en cierta medida, pero en últimas configurando la trama social.
Lindón y Hiernaux (2010), citando a Di Meo, plantean que es la visión subjetiva impregnada de valores al espacio según las condiciones de existencia del individuo, así mismo, afirma que “incluye las pertenencias espaciales, el sentirse originario o no de un lugar, el construir la identidad para sí a partir del lugar en el cual se reside, el interés por la memoria…” (p. 383).
Para Di Meo (1996), los espacios de vida hacen referencia a la cotidianidad del individuo, los caminos y recorridos recurrentes, los espacios donde habitan sus redes sociales (familia, pareja, amigos).
Entendida la noción de imaginario como “ese proceso del pensamiento humano a través del cual se interpretan, perciben, codifican y ofrecen juicios de valor y acción, de una realidad o situación inexistente, para posibilitar los relacionamientos entre el individuo y su contexto” (Durand, 1981, p. 11, citado por Niño, 1998). De la misma forma, en el contexto del imaginario social Daniel Hiernaux (2012, p. 89) lo complementa, retomando a Manuel Antonio Baeza, para plantear “que estos son múltiples y variadas construcciones mentales (ideaciones) socialmente compartidas de significancia práctica del mundo, en sentido amplio, destinadas al otorgamiento de sentido existencial…”.
Según Jodelet (1986), el concepto de representación social fue revalorado en la obra El psicoanálisis: su imagen y su mundo de Serge Moscovici (1979) a partir de las nociones de representaciones colectivas elaboradas por Durkheim en relación con las formas de pensamiento que imperan en una sociedad (normas, valores, creencias, mitos), las cuales son asimiladas por cada individuo para hacerse parte del mismo sistema. Sin embargo, la revaloración del concepto radica en que para Moscovici, Durkheim no enfatizó en que estas son cualitativamente diferentes en cada una de las organizaciones sociales. El concepto de representación social o colectiva pasa también por las aristas de la psicología infantil de Jean Piaget en 1929.
Sin ser el perfil de análisis del caso presente, Tuan (2007) también plantea que en contraparte existe una topofilia, que hace referencia a esa forma positiva, de aprehensión, proximidad, afecto, incluso amor hacia los lugares. Es una experimentación grata que puede trascender desde el gusto por criterios estéticos hasta el vínculo más orgánico; unas y otras, filias o fobias difieren en intensidad, sutileza y modos de expresión.
Los delitos contra la vida pueden agruparse en dos: muertes violentas y contra la integridad. Las muertes violentas comprenden todos aquellos delitos contra la vida que son ocasionados por agentes agresores externos, los cuales se clasifican en intencionales (homicidio y suicidio) y no intencionales (muertes en accidente de tránsito y muertes accidentales). Su incidencia sobre las representaciones ciudadanas radica en que alimentan el miedo a ser víctima y morir, es decir, la vulneración frente a la vida misma.
Los delitos contra el patrimonio son aquellos que afectan el bien tutelado a la propiedad diferenciándose en hurto a establecimientos comerciales, residencias, entidades financieras y hurto de vehículos y motocicletas.
Gil Calvo (2003) afirma al respecto: "Lo que ha crecido no es tanto el riesgo real mismo, como sí el conocimiento público del riesgo percibido gracias a las noticias" (p. 38).
Esta asociación de representaciones de inseguridad y marginalidad no es única para Bogotá ni reciente en los análisis; Musset (2009) narra cómo las representaciones negativas sobre las ciudades poseen antecedentes en “las novelas naturalistas de H.J. Thoreau o en los poemas y ensayos de Rafael W. Emerson, publicados a principios del siglo XIX” (p. 105).
Hernando (1999) considera que los aportes geográficos al tema del crimen, la delincuencia y, sobre todo, de la violencia, citando a David Herbert (1982), se encuentran en dos vertientes: “Aquellas proclives a analizar de una forma minuciosa las regularidades que han conducido a las descripciones de las variaciones y de los índices de delincuencia; y aquellas otras orientaciones que han procurado aplicar sofisticadas técnicas analíticas a las estadísticas oficiales del crimen en escala urbana” (p. 10) (negrillas propias).
Por ejemplo, algunos de los medios masivos argumentan que las localidades del sur de Bogotá concentran los mayores índices de violencia e inseguridad dadas sus condiciones de pobreza y marginalidad: - “Ciudad Bolívar y la muerte de jóvenes”: www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-205548 - “Las localidades con más delitos de Bogotá”: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-9542026
Si se hace el ejercicio de sumar el número total de homicidios ocurridos entre 2003 y 2014 en cada localidad, se observa que las más afectadas continúan siendo Ciudad Bolívar con 16,33% y Kennedy con 13,94% de casos en relación con toda la ciudad. Estas localidades que quedan por encima del promedio de Bogotá, junto con otras que presentaron más homicidios, son esencialmente periféricas, con configuraciones socio-espaciales particulares relacionadas con su origen urbano (informal e ilegal), alta diversidad demográfica y condiciones de marginalidad. Sin embargo, justamente el uso de estas acepciones generalistas ha llevado a la creación de una relación equivocada y determinista, de representaciones sobre sus habitantes como sujetos violentos que, dado su contexto de pobreza, son los principales generadores de las condiciones de inseguridad de Bogotá.
La noción de silencios y secretos en los mapas fue propuesta por Harley (2005), encaminado mucho más a las producciones oficiales, de las instituciones encargadas de su producción, y no del tipo de grafías mentales como las que he trabajo en esta investigación. Sin embargo, es una noción que se ajusta. El autor plantea que estos silencios no son nada nuevos en las cartografías y que, por el contrario, son más comunes de lo esperado, ello en el entendido de la utilización de los mapas como un arma de poder-conocimiento hegemónico por parte de los Estados. Por ejemplo, fueron habituales para conservar secretos comerciales, rutas estratégicas de tránsito, tácticas militares al punto que se llegaron a tener sendos procesos de espionaje y piratería cartográfica, dado el valor geopolítico que significaban.
Hacen referencia a ese dispositivo cognitivo que da cuenta de la espacialidad del individuo, de la manera como este resuelve su vínculo con el espacio, el cual se puede materializar en grafías, narraciones o formas de movilizarse. Por ello, son unas formas interpretativas de visibilizar las prácticas y los discursos. Si bien se ha configurado una línea crítica respecto a la utilidad de estos, como también de la dificultad de su sistematización o de la “limpieza” analítica que se pudiese llegar a tener sobre su información, en tanto no es posible “controlar” otro tipo de estímulos que puedan llegar a tergiversar la representación del sujeto, es justamente esta subjetividad la que se constituye en una mina interpretativa, la misma que se explora en este trabajo.
La metodología acá desarrollada fue construida para mi investigación, tomando como referencia la de Álvarez-Correa y Duque (2010), donde participé como analista. En el mapa debían ubicar cada una de las categorías socio-espaciales que se les sugirió en la cartelera guía, contestando las siguientes preguntas: Ubicación de su hogar, de la vivienda de su familia. Zona o Sector de la ciudad donde más tiempo pasa (por qué razón: encuentro con sus amigos, trabajo, diversión, rumba). Gráfico de un recorrido cotidiano por la ciudad. En qué lugar consigue lo que más necesita (cada uno lo escribe). Zona o sector de la ciudad donde se siente seguro, cómodo. ¿Por qué se siente bien ahí? (topofilias). Zona o sector de la ciudad donde siente temor, miedo, le parece inseguro. ¿Por qué se siente mal ahí?
Corresponde al vocablo local utilizado para denotar los lugares de expendio de sustancias psicoactivas, aun cuando también en otros escenarios se refiere a lugares muy peligrosos.
Son aquellos pictogramas que reproducen tácitamente las propiedades del objeto real que pretenden representar, son casi la imagen fiel del objeto.
Son grafías asociativas, artificializadas y generalizadas que, sin ser la imagen misma del objeto, le permiten al sujeto evocar una noción o un concepto.
Son aquellos signos que utilizan una grafía arbitraria, quizá una figura abstracta o una convención que no necesariamente posee relación con el fenómeno, por lo cual puede ser utilizada para cualquier concepto.