Nato y su abuelo natelo

  • Leo Ángel Rodríguez Cortés Stereo emisora comunitaria

Resumen

Era una noche fantástica. Junto a mis padres y mis hermanos celebrábamos la llegada del nuevo año, el inicio de una nueva vida para nosotros, sin saber lo que el destino nos tenía preparado.

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Biografía del Autor

Leo Ángel Rodríguez Cortés, Stereo emisora comunitaria

Leo Ángel Rodríguez Cortes nació en 1980, en el Encanto sobre el rio Mira municipio de Tumaco Nariño región pacífica. Es locutor, periodista, radialista investigador cultural, Networker. Director de programación de Tumaco Stereo emisora comunitaria y del programa Cultural el Mentidero, representante del Colectivo Pacifico Cultural. Varias veces ha sido invitado a encuentros y a talleres. “Nato y su Abuelo Natelo” 2017. De la producción Maletín Relatos Pacifico. En este relato Las palabras se adentran en la comunidad de los Natos para escuchar sobre su estrategia de supervivencia para escapar a los hombres. Y el legado ancestral que deja un abuelo a su nieto, para que en representación de los bosques les den un mensaje a los humanos.

Publicado
2018-09-25
Como citar
RODRÍGUEZ CORTÉS, Leo Ángel. Nato y su abuelo natelo. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://revistas.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7028>. Fecha de acceso: 16 dic. 2018 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7028.
Sección
Hojarascas

Nato y su abuelo natelo

Era una noche fantástica. Junto a mis padres y mis hermanos celebrábamos la llegada del nuevo año, el inicio de una nueva vida para nosotros, sin saber lo que el destino nos tenía preparado.

Mi abuelo Natelo nos contaba que la Luna nos merecía todo el respeto del mundo, porque además de iluminar la tierra y mostrarnos todas las maravillas de la noche, también nos ofrecía protección de vida. Pero de verdad yo no entendía nada.

Mi abuelo era de contextura gruesa, medía 35 metros de altura, su piel estaba arrugada por el pasar de los años, su cabellera era un hermoso follaje de color verde, y sus dedos eran largos y arqueados por tanto trabajo. Religioso por tradición, adoraba a la Luna y a San Mangle. Todos los 24 de diciembre reunía a la comunidad de la orilla del río, de los esteros y de los bosques para hacer el velorio y cantarles a los santos. Mi abuelo tenía un bombo llamado el bambuquiao, bombo majuco, hecho de un trozo de árbol que le había regalado el maestro Chimbuza, un viejo respetado en la población, solidario con los demás y que apreciaba mucho a mi abuelo.

Cuando mi abuelo tocaba el bombo, el sonido llegaba hasta el último rincón del bosque alertando a sus habitantes para que participaran de la celebración. Era divertido ver conversar a mi abuelo Natelo con su primo Mangle Rojo, cuando se ponían hablar de bombos. El tío Mangle también tenía el suyo de nombre el Mazetudo y eso era una competencia dura porque cada uno decía que era mejor que el otro. Lo bueno fue que nunca los vi pelear. Mi abuelo solo decía: “el día de la quema vemos el humo”, y terminaban tomando trago de la curada, una botella que él guardaba bajo la cabecera de la cama, la más especial, decía, y, en efecto, su mística era tremenda.

Después de alistar los bombos, el Bambuquiao y el mazetudo, mi abuelo Natelo y mi tío Mangle convocaban para el ensayo a las mejores cantoras, entre las que se encontraban la Perdí, la Pava Cantora, la Tórtola Baula, el Paletón Hembra, que con su pico largo entonaba el “Dios tele, tele” con ritmo melodioso y acoplado al canto del arrullo.

Era hermoso participar de estas reuniones religiosas. Junto con mi primo Mangleto nos sentábamos en un rincón de la pampa y mirábamos cómo estos maestros de la selva cantaban y tocaban hasta el amanecer, y cómo en la fiesta repartían bebidas típicas añejas que por meses conservaba mi abuelo para la celebración. Allí usted encontraba el curao, toma-seca, viche, todas hechas con plantas de la región y por supuesto había comidas típicas también. Para nosotros era mágico ver y aprender todos esos rituales culturales, ancestrales y espirituales, que son transmitidos de generación en generación.

Recuerdo que mi abuelo todas las tardes se sentaba en su Mentidero, un asiento de guadua construido bajo la sombra de una palma de coco que quedaba en el patio de la casa con vista al río. A las seis de la tarde muchos pequeños y grandes llegaban para escuchar los cuentos que contaba mi abuelo como: “El mágico Manglar”, “La pata de molinillo”, “El duende”, “El riviel” y “El tío conejo”, aunque también había adivinanzas y décimas. La cosa era tan buena que el tiempo se pasaba volando y cuando nos dábamos cuenta ya eran las diez de la noche. Los jóvenes mangles y demás especies querían mucho a mi abuelo y lo llamaban cariñosamente El viejo sabio de la familia de los natos, más conocida como el natal del brazo del río Mira.

De todas esas adivinanzas la que más recuerdo es una que dice: “pasa por el agua y no se moja.” Los participantes respondían muchas cosas, pero la respuesta es: la sombra.

Y otra que quiero compartir con usted, amigo lector: “entra seco, sale mojao y con la punta chorreando” … ¡Malpensado! ¡Es el canalete!

Durante estos encuentros con mi abuelo la tradición oral era la reina durante la noche, así que imagínese usted todo lo que pasaba ahí.

Nunca me olvidaré de la celebración que hacíamos durante la noche del 31 de diciembre, la fiesta para recibir el Año Nuevo con el sonido de los instrumentos y cantos tradicionales de la Costa Pacífica. Todos juntos, con los piacuiles, las conchas y los cangrejos, prendíamos la rumba. El Tío Cangrejo azul golpeaba fuertemente sus tenazas sobre la raíz de mi primo Mangleto, generando el sonido del cununo; mi tía concha con sus hijas Pianguitas se abrían y se cerraban para producir aquel sonido majestuoso del bombo y el guasá; tío Piacuil y sus nietos tocaban la marimba y los Loros, Panchanas y Ardillas entonaban las canciones, adornando con aquellas notas musicales el paisaje sonoro de las olas del mar. Y así la noche se iba entonando con aquella fiesta que duraba hasta el amanecer, con líricas fantásticas de cantos melodiosos de los Paletones, Pichilingos y Patillos que le daban pasó al nuevo día.

Cuando los recuerdos llegaban a la mente, nuestros cuerpos sentían el cansancio de aquella noche mágica, donde quedaban expuestos cada uno de los talentos para el deleite de todos los presentes. Y así, poco a poco, nos iba venciendo el sueño.

Fue el 2 de enero del año 1998. Eran las 8 y 30 de la mañana, cuando de pronto empecé a escuchar unos ruidos espantosos que se mezclaban con los gritos de mis hermanos. Me desperté aturdido y asustado. De inmediato, busqué a mis padres, que estaban preocupados pero, aun así, les daban tranquilidad a mis hermanos mayores. Todos sabíamos, sin embargo, que había llegado nuestro fin.

En el suelo vi a unos seres extraños. Eran pequeños, con cascos de color negro en los pies y sus cabezas estaban forradas. En sus manos sostenían un aparato bastante raro, una especie de monstruo de cuyo cuerpo salía una lengua larga bordeada con dientes de sierra. Sentí mucho miedo, los monstruos habían llegado. Empecé a gritar: “¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Abuelo Natelo!” Pero él no se despertaba porque ya estaba viejo y cansado.

Entonces vi cómo esos monstruos empezaron a destrozar a mis hermanos uno a uno y aunque ellos suplicaban por sus vidas aquellos seres los atacaban sin piedad. Eso me desgarraba el alma y sentía que se me arrancaba el corazón. La impotencia era tremenda por no poder salvar a mi familia. Incluso intenté hacer un fuerte movimiento, tirándoles una rama encima, pero esos seres ni se inmutaron.

Fue entonces cuando me di cuenta de que todo estaba perdido y en cuestión de horas toda mi familia se hallaba tendida en el piso, sus manos hechas pedazos. Solo sus pies quedaban sobre la tierra y, a un lado, las pieles y parte de sus corazones, mientras los troncos se los llevaban en trozos. Por unos momentos pensé que todo esto era una pesadilla. Pero de pronto escuché a mi abuelo llamarme con su voz entrecortada: “nie… nieto, sé, sé fuer… sé fuerte y resiste un poco; esto no es una pesadilla, lo que está pasando es real”, me dijo.

Sentí que mi vida se había acabado. Mi abuelo Natelo dijo que durante todo ese tiempo había estado rezando y pidiéndole a la diosa Luna para que apareciera y nos salvara, pero que ella no había escuchado sus plegarias. Le dije: “Abuelo, ¿pero tú sabias todo lo que nos iba a pasar?- ¿Por qué no lo evitaste?”. A lo que él respondió:

“Nato, nieto querido, esto era inevitable y solo la diosa Luna nos podía salvar, pero no fue así. A ella la entiendo, porque no se puede aparecer cuando quiere, sino cuando los días o ciclos se lo permitan; son varias fases o momentos, por ejemplo: cuando la vemos redonda como el balón negro del tío Chachajo es Luna nueva; si ves la figura de la mitad del queso de la abuela, es cuarto creciente, y cuando es un queso completo, está llena, y es ahí cuando estamos salvados. Pero si durante la noche oscura la vemos en el cielo es porque está menguante, por lo tanto nuestras vidas corren peligro, sobre todo en los tres últimos días de luna, prolongándose hasta los tres primeros días de la luna nueva. Durante estos seis días el frío se apodera de nuestro cuerpo, el corazón contrae la sangre y la convierte en savia, poniéndola a circular solo por nuestros brazos; en el tronco las fibras están más secas, convirtiéndose en un buen inmunizante para las polillas, cosa que los botas negras conocen muy bien, por eso nos buscan para cortarnos en trozos”.

“Abuelito”, dije, “¿entonces por eso es que decías que la diosa Luna era fuente de salvación y vida para nosotros?”

Y él, con un suspiro que salió de lo más profundo del alma, me contestó: “nieto mío, escucha, tú eres muy pequeño y espero que comprendas lo que te voy a decir… Durante todo ese tiempo estuve concentrado pidiéndole a la diosa Luna para que nos hiciera el milagro, y cuando vi llegar a esos hombres diminutos, los botas negras, con gorras en forma de forro en su cabeza y una motosierra en sus manos, con la que generaban tremendo ruido, pensé: son los humanos depredadores, los que por décadas nos han atacado como si fuéramos sus peores enemigos. Ellos destrozaron sin piedad a nuestra familia. Yo me encomendé a San Mangle para que te protegiera, porque tú, nieto mío, naciste con un don divino, eres el elegido por los ancestros Alcamoque del bosque, para que con tus vivencias cuentes cada parte de esta historia y también dejes un legado que será transmitido de generación en generación. Así nuestras familias serán siempre recordadas, por esas huellas que vamos dejando en los bosques y en los hogares de los hombres, quienes nos utilizan mucho para construcciones pesadas a la intemperie, debido a que somos fuertes y resistentes. Después de sacrificar tanto nuestras vidas esperamos que algún día los hombres reflexionen y tomen conciencia de lo importante que es cuidar la naturaleza, que los bosques son parte de la vida de cada uno de los que habitamos esta tierra.

Nato, quiero decirte que desde muy pequeño has demostrado capacidad para hacer las cosas, nada te queda grande y me haces sentir muy orgulloso, porque hasta el momento no he escuchado ningún comentario negativo de ti”.

“Gracias, abuelo”, le dije, “por quererme y enseñarme tantas cosas que me hacen sentir un ser importante”.

“Hoy es día de la última noche de Novena, ya casi son las nueve, y el primo Chachajo no ha llegado para iniciar el rezo. ¿Qué habrá pasado con él?, porque nunca falla, es muy serio con estas cosas. Ahora nos toca resolverlo a nosotros solos. Afortunadamente estas tú, nieto mío, para sacar adelante esta misión sagrada para la familia”.

“Pero abuelo”, protesté tímidamente “yo no estoy preparado todavía.”

“Nieto, sí lo puedes hacer”, contestó categórico, “¿recuerdas que cuando tenías siete añitos le rezaste la novena a mi comadre Chanula, mamá de mi ahijado Chanul? Esa fue una gran sorpresa para mí, cuando te escuché por primera vez, y dije: ¡caramba y este quién es! Mi nieto me va a superar y en verdad hoy lo estoy viendo crecer.”

“Sí abuelo, lo recuerdo, yo decía: me van a regañar, pero lo hice normal, porque de a poquitos fui tomando confianza y ahí usted se integró y rezamos los dos, el ave San Mangle, que se salven todos los árboles que en este bosque están, para que los botas negras no los vengan a matar”.

Jamás pensé que me enfrentaría a ese momento: cómo rezarle a mis padres y hermanos al entonar el rezo, San Mangle, diosa Luna bendita, con tu santa bendición protege nuestra población. La tristeza y el desconsuelo eran muy grandes, pero por petición de mi abuelo lo hice, porque no solo se trataba de despedir a cualquier difunto sino a mi propia familia. A pesar de todo el dolor, lo hice con mucho orgullo, porque, de acuerdo a las creencias de los ancestros Alcamoque, un difunto que no reciba el rezo es como si se fuera moro al cielo.

Ese momento me marcó para siempre. El fuerte abrazo de mi abuelo me hizo sentir que la vida no era del todo ingrata conmigo, porque tenía a mi lado a un ser sabio, lleno de virtudes y dones otorgados por los dioses del bosque. No obstante, aunque él me daba toda la confianza del mundo, yo no aceptaba ser el elegido. “¿Por qué yo y no otro de mis hermanos?”, pregunté. “¿Por qué tuve que vivir esa tortura? Habría preferido morir. No, no, abuelo, yo no quiero ser el elegido, no quiero volver a pasar por lo mismo. Hasta peores cosas podrían venir y no me imagino en un futuro ver sufrir a mis hijos, aunque estoy salvado gracias a San Mangle”.

“Espera, nieto mío, no te apresures, porque aun no estás salvado”.

“¿Osea que esos hombres van a volver por mí?”

“Es triste decírtelo, pero así será, nieto mío; porque los botas negras no descasarán hasta no acabar con el último miembro de la familia, lo mismo que hicieron con el tío Chachajo, a quien arrasaron sin contemplación, o como hicieron con los primos Chanul, que tuvieron que huir del territorio y se fueron como semillas colgados en el pico de los Loros, quienes los llevaron a otros lugares muy lejanos y hasta el momento no se ha vuelto a escuchar nada de ellos”.

“Abuelo, es preocupante lo que me estás diciendo, porque todos los habitantes estamos corriendo peligro en nuestra propia casa. Es grave que no podamos disfrutar de la lluvia, danzar con el viento, cantar con el sonido de las olas del mar y la corriente del río, de tener hojas verdes y dar frutos. ¿Por qué nos está pasando esto?”

Él no respondió nada, sacudió su cabellera verde y se fue. Con mi primo Mangleto nos quedamos sentados a la orilla del río, hablamos de nuestro futuro y él me dijo que su papá ya no dormía bien en las noches porque sentía miedo y le preocupaba la seguridad de la comunidad de la orilla del río Mira, que había tenido revelaciones donde San Mangle le decía que las cosas iban a cambiar y, por lo tanto, tocaba estar preparados para enfrentar el momento. Porque los botas negras estaban tramando cosas malas contra todos los vecinos del sector, para poder cumplir con el pedido del patrón, y dizque se reían con tono burlón mientras fumaban cigarrillos y tomaban charuco.

Me estaba contando la historia de la revelación de su papá cuando de pronto llegó mi abuelo, todo agitado, y nos dijo que de la orilla del río salían gritos desesperantes, pidiendo auxilio, y que tocaba llegar hasta allá, porque sabía que su primo Mangle Rojo necesitaba ayuda.

Yo me asusté. Todas esas imágenes de la tragedia que le pasó a mi familia volvieron a mí. Me sentí morir, fue horrible, pero saqué fuerzas y le dije: “abuelo, yo lo acompaño”. Íbamos por la mitad del camino cuando vimos a mi tío Mangle Rojo, que venía bajando, arrastraba su pierna derecha, sangraba mucho por las heridas causadas. Yo temblaba de pavor y me senté a llorar. Pero mi abuelo se le acercó y le extendió la mano, para que no se cayera, y le dijo que le contara lo que estaba pasando allá en la orilla.

Mi tío Mangle nos contó que la situación era horrible. Se habían metido los botas negras, los mismos que atacaron sin piedad a mi familia, pero esta vez la cosa era peor porque también habían agarrado a los cangrejos para comérselos hecho tapao y a las Pianguas para hacerlas ceviche. “Nosotros tratamos de evitarlo, pero fue inútil. Había uno al que le llamaban El loco del machete y fue él quien me macheteó sin piedad en mi pierna. Por suerte pude escapar, así que fueron mis hermanos los que no corrieron con la misma suerte y ahora están despedazados en el suelo y lo mismo sucedió con los Piacuiles, que se encontraban celebrando y comiendo encima de ellos: quedaron atrapados bajo las tupidas ramas. Es un desastre lo que nos está pasando. Mientras escapaba escuché a los botas negras que decían: estos mangles están bonitos para sembrar casas y apuntalar muelles, porque enterrados son bastante duros y nos van a pagar unos buenos pesos cuando los llevemos al pueblo.”

Mi abuelo Natelo también estaba consternado por lo que había escuchado y le dijo: “primo, lo siento, no sé qué decirle, nosotros todavía no hemos podido reponernos de la perdida de toda nuestra familia. Pienso mucho en Nato, mi nieto querido, pero también en Mangleto, que es como su hermano, y solo nos toca seguir rezando, pidiéndole con fe a San Mangle y a la diosa Luna para que nos ilumine celestialmente. Es la única manera de estar salvados y para que nuestra descendencia tenga vida. Toca dejar que nuestras semillas sean llevadas río abajo, navegando sobre su propia concha, y que la fuerza del agua las arrime a una orilla donde se encuentren con otros mangles. Una vez allí, el viejo cangrejo que siempre está pendiente de recibir lo que llega, y de llevar todo a tierra firme, meterá la semilla dentro de su cueva y, unos días después, nacerá un hermoso y tierno bebe Natico. Y solo así será como cientos de nosotros continuaremos creciendo y navegando por el Pacifico”.

Después de escuchar las palabras de mi abuelo, mi tío Mangle Rojo se sintió con más ánimo y le dijo: “primo querido, lo que ha dicho me da fortaleza y consuelo, porque a pesar de las dificultades usted no tira las hojas, siempre está positivo. Sin embargo yo me indigno al ver cómo esos botas negras destruyen a nuestra familia, por la ambición de dinero, sin pensar que nosotros somos parte vital para ellos, porque somos los que les proporcionamos el oxígeno y el alimento que se produce en nuestro suelo”.

Yo no podía estar tranquilo, me seguía preocupando todo, hacia muchas preguntas buscando respuestas que quizás nunca encontraría. ¿Por qué nos tocó a nosotros vivir esto? Somos jóvenes y tenemos sueños, queremos seguir proporcionando vidas pero siendo libres, cumplir con nuestro propósito de nacer, crecer, reproducirnos y morir solo después de cumplir todos los ciclos encomendados por nuestra Madre Tierra.

Y fue entonces cuando mi abuelo me dijo: “no renuncies todavía, nieto, recuerda que tú has sido el elegido de esta nueva generación, para que el legado continúe. Por eso quiero contarte algo: cuando yo era pequeño viví lo mismo que tú, fue horrible, pero gracias a la protección de San Mangle, de la diosa Luna llena y gracias también a los saberes y trucos de los ancestros Alcamoque, conseguimos despistar a los hombres malos.”

“¿Y que clase de trucos eran esos, abuelo?”, quise saber.

“Presta mucha atención a lo que te voy a decir, nieto querido”, contestó él. “Porque ya no tendremos otra oportunidad de hablar.”

Yo me puse ansioso de escuchar sus secretos. “Nato”, dijo, “para poder sobrevivir cuando estés grande, tienes que aplicar la única estrategia que te mantendrá con vida y así podrás escapar de las cacerías que hacen los hombres malos, llamados los botas negras. Lo primero que debes hacer es transformar lo más valioso que tenemos, el corazón”.

“¿Mi corazón?”

“Sí, nieto querido, mira estas raíces que son añejas, ¿ves? Son regalos que la luna me dio una noche en que hablaba con mi abuela. Estaba llena, yo amaba a esa luna, que de repente empezó a elevarse y me miraba sonriente. Yo me asusté mucho y cuando le pregunté a mi abuela qué pasaba, ella me dijo que había llegado su momento. Era que la diosa Luna y San Mangle la llamaban. Ahora será el turno para ti, nieto. Deberás cuidar a la familia y a toda la comunidad del bosque, ayudando a dar vida a muchas especies y enseñarás a aquel a quien servirás de guía lo que hoy te he de enseñar. La clave para luchar será un noble corazón podrido. No lo olvides. Con el tiempo lo entenderás”.

Mi abuelo se puso tan amarillo como la luna y todas sus hojas brillaban. Cerró sus ojos y se vino abajo, lentamente, sin estruendo, con calma. Se recostó a mi lado y yo no pude llorar. Solo sentía felicidad. Mi sangre parecía nueva.

Fue un momento mágico para mí, parecía que las puertas de un nuevo mundo se abrían y sentí la presencia de mis padres. También la sonrisa y alegría de mis hermanos. Cerré mis ojos por unos instantes cuando, de repente, sentí tres golpes fuertes en el tronco de mi cuerpo. Me asomé para ver lo que pasaba: eran los botas negras, estaban allí, tres hombres, con machete y motosierra, pero no sentí miedo. Ellos se rascaron la cabeza y oí que decían: “está hueco, el desgraciado, y perdimos unas buenas trozas de madera”. Luego se marcharon. En mi interior había loros, ardillas y paletones que entraban y salían cantando de felicidad. Yo me sentía bien. En ese momento recordé las palabras de mi abuelo y entendí que un corazón podrido no es malo. Es solo una estrategia para sobrevivir, tal vez la mejor. Porque huecos no les servimos a los humanos, pero valemos mucho para darle vida a otras especies del manglar y de la selva