Memoria de guerreros

  • Alicia Castillo Lasprilla Centro de Memoria Étnica y Cultural en la Casa del Cacao

Resumen

Andad, mensajeros veloces, a la nación de elevada estatura y tez brillante, al pueblo temible desde su principio y después, gente fuerte y conquistadora, cuya tierra es surcada por ríos.

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Biografía del Autor

Alicia Castillo Lasprilla, Centro de Memoria Étnica y Cultural en la Casa del Cacao

Esta docente de profesión, nacida en el municipio de Puerto Tejada, Cauca, se desempeña como gestora cultural, defensora de los derechos humanos y una de las autoridades del Consejo Comunitario de negritudes Cuenca Rio Palo y la Paila. Ha rescatado la manifestación libertaria de la Esgrima de Machete y Bordón en un módulo etnoeducativo titulado Legado de Libertad. La profe Alicia, como es conocida, realizó la Declaratoria a la Manifestación, documento que exige la reivindicación de los derechos de la Comunidad, especialmente de la mujer y víctimas del conflicto armado. Actualmente hace parte del equipo que construye el Centro de Memoria Étnica y Cultural en la Casa del Cacao, en el municipio de Puerto Tejada, Cauca.

Publicado
2018-09-24
Como citar
CASTILLO LASPRILLA, Alicia. Memoria de guerreros. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://revistas.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7011>. Fecha de acceso: 20 ene. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7011.
Sección
Hojarascas

Memoria de guerreros

Andad, mensajeros veloces, a la nación de elevada estatura y tez brillante, al pueblo temible desde su principio y después, gente fuerte y conquistadora, cuya tierra es surcada por ríos.

Los Manglares, lugar de comida, la choza de peces, conchas y aves, donde las raíces danzan como polleras al ritmo de la marimba. Es lo que dice el loco guerrero, quien combatió en las guerras libertarias del país por muchos años, pues fue reclutado cuando apenas tenía 17 años. Lo único que guardó en su corazón destrozado fue la imagen de la tía Dominga y el libro de secretos.

Pasaron años de combates en los que aprendió a defender el territorio con la esgrima de machete. Los compañeros lo llamaban el loco guerrero. Sí, era un loco y escribía con dibujos que él llamaba “gimnasia de los manglares”.

Un día del mes de diciembre decidió escapar de aquel lugar. La guerra para mí ha terminado, se dijo. Con nostalgia y letras grandes escribió en la pared de aquel cuarto donde vivía:Estoy libre. Y pensó en su amor, en sus amigos, en los esteros, en el río de su pueblo, en las balsadas y los potrillos.

Sentía miedo del mundo que lo rodeaba pues desconocía muchas cosas.

Su apellido, Carabalí, era la brújula para encontrar a Dominga, su tía.

Esa noche no pudo dormir. Metió en su maleta vieja el traje de guerra, un pantalón blanco, una camisa del mismo color con botones dorados. La pluma de escribir de punta de oro, su tarjeta de apuntes, y las medallas recibidas por su valentía y destreza para pelear. Tengo miedo, guerrero, tengo miedo, susurraba para sí. La tía Dominga, ¿vivirá? Era una de las preguntas que tenía en su cabeza.

De pronto escuchó el silbato del tren que anunciaba la partida. Corrió para no perderlo. El loco guerrero se sentó junto a la ventana y permaneció observando el paisaje durante el viaje. Vio a un grupo de niños bañándose en el río y sus risas lo hicieron pensar en los recuerdos de su infancia. La alegría de regresar a su pueblo le hizo componer una canción que tarareaba y tarareaba.

Se detuvo el tren. Era la última estación. Allí se apeó y fue a buscar en el embarcadero un potrillo que lo llevara a su destino final, Chico Pérez. Ya había olvidado cómo era viajar por la pista de los peces, los caminos de los esteros y las montañas de pico espumoso que estallan al chocar unas con otras.

A lo lejos alcanzó a divisar el pequeño muelle junto a un islote de manglares con una bandera tricolor. Se ajustó la gorra, arregló su camisa, se puso de pie e hizo un saludo militar a su bello territorio.

Al bajar del potrillo le extrañó no escuchar el sonido de la tambora que solía interpretar el viejo Baudilio, ni los regaños de pastora a su hijo Juvenal. Todo era muy extraño y el silencio lo acompañó hasta llegar a la casa de la tía Dominga, o mejor, a lo que quedaba de ella. Era una auténtica ruina. El loco lloró y lloró sin consuelo. De repente, alcanzó a ver un niño en medio de la espesura y se le acercó. El niño lo miró pero siguió su camino. El loco le preguntó a gritos:

“¿Dónde está la gente de aquí?”.

El niño le respondió:

“Todos se han marchado. Las familias se fueron en una noche de aguacero porque llegaron hombres malos y acabaron con las casas, con la escuela, mataron niños y se llevaron a mis amigos lejos, muy lejos. Me encuentro solo.”

“Ven, niño, siéntate conmigo”, dijo el loco, pero el niño ya se había ido. Un perro que recorría la playa se acercó a olfatearlo y el loco lo espantó sacudiendo una rama.

Cansado por el viaje, se recostó en una tabla del refugio que hizo con toda la rabia y la tristeza que le producía el hecho de no haber encontrado a Dominga y a sus seres queridos.

Al día siguiente y con mucha hambre salió a pasear por la playa, recogió una vara y empezó a limpiar el camino con ella. De pronto alcanzó a divisar un tarro muy tapado, lo cogió y trató de abrirlo pero no pudo; lo dejó tirado donde lo encontró y decidió meterse en medio de los manglares a piangüar. Sacó unas pocas conchas pero casi de inmediato suspendió su labor, porque lo picó un gusano verde, al fin y al cabo había perdido la costumbre de andar en los manglares. Respiró profundo y continuó su camino. De pronto una luz fuerte le hizo perder el conocimiento.

El niño, que lo venía siguiendo, vio cómo se desmayaba y aprovechó el momento para entrar al refugio del loco guerrero y sacar de su maleta el viejo libro donde estaban escritos sus secretos. El niño corrió con lo robado y se internó en el monte.

Durante todo el tiempo que pasó desmayado, el loco guerrero soñó con el gran amor de su vida, Jovina, que era ahijada de la tía Dominga, la partera del territorio, cantora de vidas. Ella siempre decía: “No tengan miedo de naa, a nosotros juntos nos tienen que conocer por lo que hacemos y tenemos, salvemos nuestro territorio. Dios nos ayuda a descubrir los tesoros que poseemos en este lugar, pero es nuestra decisión conservarlos. Las escrituras dicen:A los pueblos los llamaran montes, chuparán la abundancia de los mares y los tesoros escondidos de la arena, humillaran a sus enemigos. Somos fuertes. Con una herencia arraigada como el manglar rojo, producimos tanto como el manglar blanco, de corteza firme y dura como el manglar negro”.

Al despertar, el guerrero se dirigió a su refugio. Al encontrar sus objetos desordenados buscó lo más importante: “la gimnasia de manglares”, recuerdo de su tía Dominga, y vio con sorpresa que no estaba. ¿Quién lo había robado? ¿El perro? ¿El niño? Se dejó caer sobre la arena, abatido por la pérdida.

Pensó: me pondré mi traje de guerra y saldré a buscar el libro.

Dio vueltas toda la tarde pero no lo encontró. Exhausto, con hambre y sed, tumbó un coco. En esas apareció el niño con un machete.

“Me robaste, niño”, dijo el loco guerrero. El niño se rio y le preguntó:

“¿Es usted guerrero?”. El loco dijo con voz de mando: “Recuerda, niño, soy un guerrero, he luchado por largos años, nadie me ha podido ganar. Por eso encontraré lo que me pertenece. Si tienes mi cuaderno de la gimnasia de manglares debes entregármelo. Me han robado mi mayor tesoro, lo único que tenía de la tía Dominga, de cuando nos enseñaba la esgrima de machete”.

El niño salió corriendo y volvió con el cuaderno.

“Quiero ser un guerrero, señor”, le dijo, pero no le entregó el cuaderno.

De pronto el loco recordó que en momentos de angustia la tía Dominga recitaba un pasaje bíblico: Alzaré los ojos a los montes de dónde vendrá mi socorro, mi socorro viene de Dios que hizo los cielos y la tierra.

Cuando quiso darse cuenta, el niño había vuelto a desaparecer.

Los manglares llamaron su atención, tanto que fue a sentarse en sus raíces y descubrió que estaban talladas con figuras de hombres, animales y dioses idénticos a los de la “gimnasia de manglares”. Admirado, exclamó: “¡Qué bello es esto! Sin duda aquí están los secretos del libro”.

A muy temprana edad la tía les había enseñado a jugar la esgrima de machete y bordón, repitiendo estas palabras:

“El juego de la esgrima lo heredé del abuelo Tomás, quien fue esclavizado. Él contaba que esta práctica, de destreza, malicia, y muchos secretos, pertenecía a los guerreros de África, hombres valientes y de gran altura, Reyes. Arte marcial con el cual defendían a sus tribus y era transmitido de generación en generación”.

Ella había prometido enseñarles este arte a sus descendientes y así lo hizo con la pequeña Jovina, con Miguel, el otro ahijado, y en particular con el loco guerrero, el sobrino amado, que tenía un fuerte parecido con los reyes guerreros. Les contó que la esgrima era un juego de defensa personal de origen africano, de mucha agilidad y fuerza en el cuerpo, como la capoeira, en el Brasil, tradición que nos relaciona con nuestros ancestros, en el norte del Cauca la utilizan en la danza del torbellino, con matrimonios, bautizos para que esta manifestación no se pierda y sea recordada la valentía de nuestros antepasados.

Anocheció, subió la marea y el loco guerrero trepó casi hasta la copa de los manglares. El niño se encontraba entre las ramas. El loco guerrero sintió miedo al verlo con una túnica blanca resplandeciente. El niño lloró y desapareció. Unas voces susurraban: “Guerrero, pelea, guerrero, defiéndenos. Tú conoces los secretos. Quita de nosotros esa lanza con la bandera tricolor que atraviesa nuestro corazón. Ahora escucha: Jovina se fue para Puerto Tejada, donde la familia Carabalí, los familiares de Dominga. Ellos fueron guerreros que escaparon de las haciendas con otras personas y conformaron el palenque Monte Oscuro. Para defenderse de la dura esclavitud, las mujeres con los peinados de trenzas les mostraron los caminos de libertad y con esos mensajes ellos escaparon”.

El guerrero loco, pensativo, sintió un viento frío que pasaba a su lado. Era el niño que venía a entregarle la gimnasia de manglares diciendo antes de volver a desaparecer:

“Defiende a los niños que se llevaron”

El loco guerrero bajó aprisa del manglar para ir a buscar a su gran amor, Jovina. Pero cuando ya emprendía su camino observó el juego de los peces alrededor del raizal y se puso nostálgico. “¿Cómo partir así? Los manglares son guerreros”, pensó, “mis mejores amigos, los que me enseñaron a luchar, fueron mis cómplices cuando niño, en los juegos con mis amigos, en las huidas de los castigos de la tía Dominga, en los besos de amor con Jovina, en la unidad familiar. Todo lo que necesité saber lo aprendí de los manglares. Estos me llevaron a conocer el sentido de pertenencia, la fuerza y tenacidad, cuando defienden el territorio de vientos y maremotos. El liderazgo de los manglares es único, sus raíces brotan y buscan la leche de sus vidas en el lodo, con los sedimentos forman suelos y con el follaje oxigenan vidas.”

Entonces el niño lo guio al lugar donde antes había encontrado el tarro que no pudo abrir y le dijo:

“Allí murió la tía Dominga y allí fue sepultada. Defendió a los niños, a las mujeres de los abusos de esos hombres, aquí murieron muchos. La dejamos sola, todos olvidaron los consejos de ella: no teman a nadie, decía. Por favor, guerrero, haga algo para que regrese toda la gente al pueblo y para que venga Jovina también”.

El loco guerrero asintió, se dirigió al muelle y se sentó en un trozo de madera.

En ese momento los manglares lo llamaron y él no se hizo esperar.

“¿Todavía conservas el legado heredado que le dimos a Dominga? Ahora escucha bien: hoy en la noche tú arrancarás de nuestros corazones esa lanza con la bandera tricolor. Ve al manglar de Anchico, el mismo manglar donde te hizo la ceremonia la tía Dominga para entregarte la gimnasia de manglares. Ve a ese manglar porque el mundo sabrá que el loco guerrero ha regresado y, así como tú, las familias volverán a su tierra. Este día es un día histórico para todos. Harán uso de tus saberes. Nosotros y el niño ya sabemos qué hacer.”

Entonces el loco guerrero agarró la gimnasia de manglares y exclamó:

“La Luz vencerá a la oscuridad”.

A continuación se internó en el bosque, tomó unas semillas de manglares y con ellas fabricó unos silbatos que sonaban tan fuerte como la campana de la escuela. Y así alertó a los peces, aves y conchas sobre lo que sucedería esa noche.

Al llegar al manglar de Anchico, los árboles tomaron formas de guerreros con machetes y bordones; los machete destilaban luces, la luna llena reflejó las imágenes de lo que estaba sucediendo. Chico Pérez se convirtió en un iluminado lugar. El loco guerrero se impulsó con tanta fuerza que cuando se quiso dar cuenta ya estaba volando por los aires. El niño se posó sobre él y juntos arrancaron la lanza de la bandera tricolor que mataba poco a poco los manglares.

El loco guerrero, contento por lo que había hecho y triste porque Jovina no estaba a su lado, se dijo: “Nunca le dije a la tía Dominga lo que sentía por Jovina porque seguro se iba a enojar. Ella decía que yo era mujeriego, que Jovina tenía que casarse con un hombre fuerte y, en lo posible, esgrimista. Me voy a buscar a mi gran amor, me voy a Puerto Tejada.”

Detrás de él ladraba el perro. El loco agarró su maleta y corrió hacia el muelle, adonde estaba llegando una canoa. “¿Quiénes serán?”, se preguntó.

Se acercó a la canoa y lanzó un grito de júbilo. Era Jovina, con Miguel y un jovencito. Cayó de rodillas dando gracias a Dios por ese bonito encuentro. “Jovina”, pensó, “mi Jovina, se ve muy bonita y ya es toda una mujer”.

Ella se bajó de la canoa, abrazó al guerrero loco. “Anoche te vi”, le dijo, “la luna iluminó Chico Pérez, vimos cómo arrancabas de los manglares esa lanza que los entristecía y nos hizo salir de aquí, vimos cómo salvabas a los manglares, eres un guerrero, y vimos cómo los manglares te ayudaron”.

El joven que venía con Jovina preguntó:

“Mamá, ¿él es el guerrero que vimos anoche?”

Ella respondió:

“Sí hijo, es el loco guerrero”.

Sorprendido por el joven, el loco preguntó:

“¿Cuántos años tiene? ¿Miguel es el papá?”

Jovina respondió:

“Todos te creímos muerto. ¿Recuerdas lo que nos contaba Dominga? Sólo en el norte del Cauca los apellidos de los hombres valientes traídos de África se conservaban. Siempre nos decía mi apellido, Carabalí, que proviene de esas tierras, por eso Miguel y yo no dudamos en desplazarnos para Puerto Tejada”.

Miguel interrumpió la conversación.

“Hola, amigo”, dijo, “¿cómo estás? ¿Dónde estabas? Que alegría verte”.

El loco guerrero le dio un fuerte apretón de manos y lo abrazó.

Miguel dijo: “sabía que vos estabas enamorado de Jovina, pero decían que habías muerto.”

El loco guerrero estaba en un total abismo de tristeza y soledad.

“Gracias por cuidar de Jovina, hermano”, dijo antes de retirarse en busca de un lugar lejano para llorar.

Esa tarde no se levantó y al día siguiente Jovina, atormentada, buscó al guerrero, lo tomó de la mano y le dijo:

“Tú eres y serás el amor de mi vida, tengo un hijo fuerte, Miguel me ha cuidado y es un buen hombre, nos quiere mucho, pero he pensado en ti todo el tiempo. Mi amor por ti se mantuvo vivo todos estos años, como la luz del sol”.

Dicho esto, Jovina se retiró.

Luego llegó el niño del traje resplandeciente, tomó de la mano al loco guerrero y juntos se internaron en los manglares, perdiéndose entre los raiceros.

Días más tarde, un fuerte viento de oriente trajo a las familias de regreso a Chico Pérez. Los salvaguardias del mar y de la atmósfera fueron vistos también por el mundo entero.

A Jovina los manglares le dieron este mensaje:

“Tú serás la mujer que llevará al Pueblo la tradición de lo que aprendiste de la esgrima de machete, de conservarnos, enséñale a la gente la utilidad que aportamos. Organiza al pueblo y cuéntale a todos que Chico Pérez es tierra de Guerreros, un pueblo que lucha por unos principios y valores”.

Del guerrero loco nunca se supo nada más. Por allí dicen que en ocasiones se ve una luz brillante y resplandeciente y escuchan música de machetes en la selva.

Las mujeres, dirigidas por Jovina y acompañadas de Miguel, hicieron una fiesta en memoria del loco Guerrero. Llegaron con danzas, coplas y parábolas. Al son de marimba, tambora y violines, improvisaron canciones sobre la valentía de los manglares y el loco guerrero.

  

Jovina también recordaba las palabras sabias de Dominga tomadas de la Biblia: “Dios nos traerá sanidad y medicinas y nos revelará abundancia de paz y verdad”.

Luego izaron una bandera, esta vez con los colores de los manglares del territorio, rojo blanco y negro y la imagen del loco guerrero.

“¿Pa’ qué esa bandera?”, preguntó el joven hijo de Jovina y ella respondió:

“Pa’ que todos sepan quiénes somos. Anda vístete, hijo, ponte el traje de guerrero, el pantalón blanco con camisa de botones dorados”.

Y desde ese momento las personas que desean saber de la gimnasia de manglares del loco guerrero visitan la escuela de esgrima de machete y bordón en Puerto Tejada, para encontrarse con Sandoval y sus discípulos.

A partir de ese día en Chico Pérez se interpreta esta parábola en honor al loco guerrero, para recordar al hombre que peleó con valor y amó con pasión.

Chico Pérez Escucha:
Pueblo que como león
Se levantará
Y como León se erguirá.
Donde
Los niños y mujeres
Buscaron la reconciliación y la paz.
El loco guerrero
Con su valentía
Y la de los manglares
Consumieron al opresor,
Con el libro de secretos
La gimnasia de manglares, de
Juego, paradas, técnicas y métodos
La esgrima de
Machete y Bordón.
Una manifestación cultural
Del norte del Cauca, con la cual
Libertó su territorio y luchó por su país.
Jovina, portadora de cultura y el amor
Del loco guerrero, junto con Miguel,
Aprendieron los saberes
De la tía Dominga.
El loco guerrero
Salvó los manglares
Que morían de soledad
E hizo que su gente
Regresara a su lugar
Chico Pérez.