En torno a cántico. Notas sobre la recuperación de una poesía “excéntrica”

  • Domingo César Ayala Universidad de Jaén

Resumen

La poesía de los miembros del grupo Cántico de Córdoba se apartó significativamente de las dos corrientes principales de creación vigentes durante los años 40 y 50 en España. Este distanciamiento voluntario provocó que la atención de la crítica y la academia fuese escasa y poco rigurosa hasta que, en 1976, Guillermo Carnero publica su ya clásico estudio del grupo. Sin embargo, este trabajo apunta a que la reivindicación de los poetas de Cántico comienza unos años antes, en Málaga, en lo que sería la antesala de un más que justo reconocimiento plasmado años después de manera general con su incorporación plena al canon literario.

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Biografía del Autor

Domingo César Ayala, Universidad de Jaén

Domingo César Ayala es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga, CAP por la Universidad de Granada y Máster en Investigación Literaria por la Universidad de Jaén, donde en la actualidad ultima su tesis doctoral. Ha publicado numerosos artículos y críticas en revistas de ámbito académico y cultural. Es autor, además, de cuatro poemarios y tres novelas.

Citas

Cántico. Hojas de poesía, ed. facs., pról. de A. Linares, Diputación de Córdoba.1983 [reed. en 2007]. Digital.

Carnero, Guillermo. El grupo Cántico de Cordoba. Un episodio clave de la historia de la poesía española de posguerra. Madrid: Editora Nacional, 1976. Impreso.

Castellet, José María. Un cuarto de siglo de poesía española (1939-1964). Barcelona: Seix Barral, 1965. Impreso.

---, José María. Veinte años de poesía española (1939-1959). Barcelona: Seix Barral, 1960. Impreso.

Correa, Gustavo. Antología de la poesía española (1900-1980). Madrid: Gredos, 1980. Impreso.

Damaso, Alonso. Poetas españoles contemporáneos. Madrid: Gredos, 1951. Impreso.

García Baena, Pablo. Selva varia: Sobre poesía y poetas. España: E.D.A Libros, 2006. Impreso.

Infante, José. «Pablo García Baena y la amistad.» Pablo García Baena: Misterio y Precisión. Actas del congreso Internacional celebrado en Córdoba del 18 al 20 de noviembre de 2009. Ed. Celia
Fernández Prieto. Sevilla, 2010. 42-48. Impreso.

Jiménez Martos, Luis. Nuevos Poetas Españoles. Madrid: Ágora, 1961. Impreso.

Mantero, Manuel. Poesía española de posguerra. Madrid: Espasa-Calpe, 1986. Impreso.

Rendón Infante, Olga. Los poetas del 27 y el grupo Cántico de Córdoba. Sevilla: Alegoría, 2015. Impreso.

Ribes, Francisco. Antología consultada de la joven poesía española. Valencia: Mares, 1952. Impreso.

Ricardo Molina: Conciencia de Cántico. Actas de las jornadas literarias de homenaje a Ricardo Molina, Córdoba, marzo de 2007.» Ed. Antonio Rodríguez Jiménez. Sevilla, 2008.

Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC), Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí, Centro Andaluz de las Letras. «Cántico 2010.» Ed. Rafael Inglada. Córdoba, abril-mayo de 2010.
Publicado
2018-09-24
Como citar
CÉSAR AYALA, Domingo. En torno a cántico. Notas sobre la recuperación de una poesía “excéntrica”. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://revistas.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7009>. Fecha de acceso: 20 ene. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7009.
Sección
Artículos

Palabras clave

poesía;, cántico;, posguerra española;, canon;, recuperación;

En torno a cántico. Notas sobre la recuperación de una poesía excéntrica

La reciente desaparición de Pablo García Baena (el 14 de enero de 2018), último integrante vivo del grupo fundacional de la revista Cántico, y el centenario del nacimiento de Ricardo Molina el año anterior han servido para poner de nuevo el foco de la actualidad sobre uno de los más singulares grupos de creadores de todo el siglo XX en español. Este hecho de incuestionable justicia es un fenómeno de demasiado reciente cuño, ya que durante años la losa del ostracismo pesó sobre ellos hasta el punto de conminar a sus integrantes a un voluntario silencio que podría entenderse como cansancio y como venganza a partes iguales.

Cántico surge como publicación poética en Córdoba en 1947 y sus artífices son Ricardo Molina, Juan Bernier, Pablo García Baena, Julio Aumente y Mario López. Se difunde en una primera etapa hasta 1949, y en una segunda etapa de 1954 a 1957, con una cantidad total de 21 números (8 + 13). No es éste el lugar para establecer unas coordenadas exhaustivas del panorama poético de la primera posguerra civil española, aunque sí es necesario referirse, bien que someramente, a la ya clásica parcelación de los espacios que los distintos grupos de creadores ocupan en la trinchera literaria ─si es que el símil no resulta desafortunado habida cuenta del contexto.

Los primeros años de la posguerra están marcados por la retórica de los vencedores. El grupo de creadores surgidos de las filas de Falange polariza el discurso poético de un modo casi unitario. Su mensaje se articula en torno a dos aspectos fundamentales: de un lado, una visión pretendidamente complaciente de la realidad, que se presenta como un todo armónico y ordenado, como la obra bien hecha de un Dios padre amantísimo. De otro, el exacerbado afán supremacista que pretende situar el Imperio hispánico en las altas cotas del pasado, rememorando su grandeza conquistadora y su supremacía militar. Es obvio que ambos aspectos destilan complicidad con la cruzada franquista. Su modo de expresión descansa formalmente en un molde, el soneto; y en un modelo, Garcilaso de la Vega, que simbolizan sus dos basamentos estético-ideológicos.

Más tarde, rompiendo con la perspectiva indulgente y colaboracionista de los “arraigados”, en terminología triunfante de Dámaso Alonso, surge una poesía de corte agónico y algo metafísico que representa una prolongación de las ideas europeas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial (Correa, 24-25). Estilísticamente se opone al grupo anterior en su producción formal, de menor preocupación por el lenguaje y mayor atención al mensaje y a la expresión del desasosiego del individuo. Ha sido habitual relacionar estos poetas con las revistas que se publicaban en estos años, los primeros con Escorial y, sobre todo, Garcilaso y los segundos con Espadaña.

Durante muchos años ─según en qué condiciones y para qué planteamientos, ésta ha sido, grosso modo, la división oficial que los manuales de literatura han ofrecido. Dicho de otra forma, esto ha sido por definición el canon poético de la posguerra. No obstante, y vale decirlo claramente, es erróneo. Lo es en tanto que deja fuera desde la visión neorromántica de los autores agrupados en torno a la colección Adonais hasta las revisitaciones surrealistas del postismo, o de otros versos más libres como Juan Eduardo Cirlot, Ángel Crespo, Miguel Labordeta, entre otros., y por supuesto, deja fuera la propuesta de Cántico.

Definida fundamentalmente por los manuales al uso a través de su barroquismo andaluz, su autonomía estética, su intimismo vitalista y su simbolismo pagano (Carnero 52-53), la propuesta de los cordobeses se sitúa equidistante de las corrientes mayoritarias de la época, lo que provoca la desatención de las estructuras oficiales tanto académicas como críticas. Su prédica es un canto en el desierto que los sitúa como una isla casi deshabitada como un movimiento excéntrico en todos los sentidos (Mantero, 39-41).

Aunque desde el primer número de la revista figuran como directores Juan Bernier, Pablo García Baena y Ricardo Molina, en realidad el último es quien lleva la mayor parte de la responsabilidad inherente al cargo, tanto en funciones editoriales como administrativas y programáticas. A él se deben los pequeños textos teóricos en prosa que aparecen desde el inicio hasta la última página de la publicación en los que se van deslizando las cuestiones que perfilan la poética del grupo y a través de los cuales se definen sus ideales estéticos. Como ejemplo, vemos que en el número 1 de la primera época se dice:

Importancia esencial de la imagen en el poema. Superficialidad de los que la estiman como modo superfluo ajeno a la substancia poética [...]. La joven poesía española parece, al contrario, atacada de una pasmosa esterilidad. Este empobrecimiento repercute a su vez en el verbo, en el tema y sobre todo en el metro, acortándolo y restringiéndolo a formas hechas, a clichés musicales, rítmicos, nimbados por una hermosa tradición, pero incapaces para enmascarar la nebulosidad, el vacío, el raquitismo poético interno. (Cántico, 14)

El uso de la metáfora como recurso primordial en la transmisión de la subjetividad lírica sitúa cardinalmente al grupo en la tradición simbolista del modernismo y el 27, pero no solo ni exclusivamente. Baste recordar que su vinculación con el Siglo de Oro no solo reside en la retórica, sino también en la lengua (Góngora), la contemplación de la naturaleza (Fray Luis de León) o la aproximación religiosa (San Juan de la Cruz, referente claro además desde el título de la revista). En otro lugar, nos dice también Molina (y no hay por qué dudar que por su pluma se exprese el grupo colectivamente) sobre la función poética,

No hay que comprender la poesía, sino gustarla, sentirla, respirarla, como se gusta una copa de vino, un aroma, un color. [...]. La poesía no demuestra ni afirma nada [...] lo primario es gustar la poesía, paladearla con el espíritu, sin saber casi por qué [...]. Eso no es afirmar que la poesía sea incomprensible, sino que su comprensión intelectual es algo tan insignificante y menguado como la comprensión intelectual de un pastel exquisito. En ambos casos lo importante es gustar. (Cántico, 126)

Como vemos, los poetas cordobeses se sitúan del lado de los autonomistas del arte, es decir, de aquellos que postulan una poesía instrumental en sí misma, válida per se y no ligada a ni subsidiaria de otra cosa. Esta posición abunda en la idea de que la propuesta de Cántico choca de pleno con las corrientes de moda en la época, citadas anteriormente. Algunos años después, ya en la segunda época de la revista y en pleno auge de la poesía social, leemos esta llamativa proclama contra los discursos huecos e impostados que siguen los dictados de la popularidad,

¿Creíase que al ser cada poeta celoso portavoz de su estricta subjetividad, las voces poéticas surgirían netamente diferenciadas entre sí? [...] Gran número de poetas se ha preocupado cuidadosamente de ostentar su biografía sentimental, su personalidad, así, a priori, a comunicar el propio e inconfundible pulso vital. [...]. Se ha hecho de la angustia piedra de toque de la autenticidad, creándose así una angustia retórica, una tragedia convencional, un tono de voz tan desaforado que linda con el grito o tan apagado y alicaído que suena a responso hipócrita. (Cántico, 289)

Así, vemos a través de estos ejemplos que Molina se erige, si no como el mejor poeta, al menos sí el más preocupado por las cuestiones teóricas y por dotar al movimiento de una serie de manifiestos que lo sustenten como tal y sirvan como base frente a otras tendencias perfectamente definidas y elaboradas. Sus propuestas no son sino el esteticismo, la búsqueda de lo excelsamente bello y conceptual, la originalidad y la reflexión íntima.

La incorporación del fenómeno Cántico y de los poetas que lo compusieron al canon literario, su inclusión en antologías y manuales de historia literaria o la atención por parte de la crítica son acontecimientos que, objetivamente, se producen con una retardada aparición en el tiempo. De hecho, el rastreo de las huellas de esta lírica cordobesa en los treinta años posteriores a su eclosión podría describirse sin temor a la hipérbole como una historia compuesta de olvidos y ausencias. Como muestra de este ostracismo, si echamos un vistazo a modo de ejemplo a tres de las antologías que gozaron de mayor éxito en su momento y que con mayor grado de responsabilidad han ayudado a establecer la nómina de los autores de relevancia de esas décadas y a fijar un canon de época, veremos que ninguna de ellas recoge la obra de los poetas del grupo.

En primer lugar, nos fijaremos en la antología consultada de Francisco Ribes (1952). Es una selección que mediante la fórmula de la consulta busca la imparcialidad del antólogo y una mayor representatividad. De los sesenta expertos encuestados sobre los mejores poetas surgidos entre 1940 y 1950 respondieron cincuenta y tres arrojando luz sobre nueve nombres mayoritarios: Carlos Bousoño, Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, Vicente Gaos, José Hierro, Rafael Morales, Eugenio de Nora, Blas de Otero y José María Valverde. Todos ellos con una poética muy en consonancia general con el existencialismo y, por supuesto, alejada de la del grupo cordobés. Como curiosidad algo vidriosa, uno de los especialistas consultados es Ricardo Molina.

Veinte años de poesía española (1939-1959), antología completada cinco años después con Un cuarto de siglo de poesía española (1939-1964) (Castellet, 1960 y 1965) es un intento de su ideólogo de imponer la estética social-realista, mayoritaria y prestigiada en la novela, en el territorio poético. Urdido desde Barcelona tanto como manifiesto programático cuanto como operación mercantil editorial, su amplio rango de representación incluye poetas del 27 (algunos en el exilio), del 36, de la escuela garcilasista y también de la espadañista. Pero su mayor novedad, es la inclusión del grueso de lo que después sería conocido como generación de los 50 con la intención nada velada de presentarlos como grupo. Buscaron los autores el paraguas advocativo de Antonio Machado para legitimar su vuelta a una poesía que conjuga el compromiso con la confesionalidad, sirviéndose de un tono intencionadamente cercano a lo coloquial, con todos los matices individuales que sea necesario tener en cuenta.

Gerardo Diego, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, León Felipe, Dionisio Ridruejo, Miguel Hernández, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, José García Nieto, Leopoldo Panero, José Luis Cano, Rafael Morales, Vicente Gaos, Victoriano Crémer, Carlos Bousoño, Eugenio de Nora, José María Valverde, Gabriel Celaya, José Hierro, Ricardo Gullón, Blas de Otero, Ramón de Garciasol, Ángela Figuera, Ángel Crespo, José Manuel Caballero Bonald, Lorenzo Gomis, Jesús López Pacheco, Claudio Rodríguez, Leopoldo de Luis, Gloria Fuertes, Jaime Ferrán, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Ángel Valente y María Beneyto son los nombres que componen esta floresta. Cinco años después, ya en la segunda edición, se incluye a otros dos poetas como Francisco Brines y Carlos Sahagún. Aunque es cierto que para el año de publicación de esta antología la revista Cántico ya había muerto por dos veces (primero en 1949 y finalmente en 1957), resulta significativo resaltar que entre más de cuarenta nombres no aparezca ni rastro de los miembros del grupo cordobés. Ni uno.

Alguien podría argüir, quizá con algo de capciosidad, que la de Castellet es una antología hecha en Barcelona, con la intención de vender la propuesta de una cierta concepción política de la literatura en consonancia con los postulados de una tendencia realista y comprometida con lo social, y que, sea como fuere, ahí el esteticismo barroquizante de arcángeles, aromosas flores y exuberantes cuerpos desnudos de Cántico no encaja ni mucho ni poco. Dando pábulo a esas premisas, nada objetable se podría atribuir al invento.

Quizá más extraño, a la par que significativo, es el hecho de que Luis Jiménez Martos no incluya a ninguno de los poetas de Cántico en su antología Nuevos poetas españoles, de 1961. Toda vez que esta selección, publicada por los Cuadernos de Ágora que auspiciaba Concha Lagos, cordobesa a la sazón, como el propio antólogo, fuese entendida en su momento como una especie de vendetta contra la antología de Castellet y la exigua presencia de andaluces en la misma 1. Los poetas que aparecen son: Manuel Alcántara, Eladio Cabañero, Gloria Fuertes, María Elvira Lacaci, la propia Concha Lagos, Manuel Mantero, Julio Mariscal, Pilar Paz Pasamar, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún y José Ángel Valente. La mitad de ellos, andaluces.

Esta no es más que una pequeña pero significativa muestra de la escasa atención que el mundo literario le dispensa a Cántico durante las décadas en que la revista permanece viva. Ausencia casual u olvido premeditado, no lo sabemos2. Lo cierto es que la losa de casi dos décadas pesaría sobre estos poetas que, a primera vista desencantados, deciden abandonar temporalmente el ejercicio de las letras. En esa línea se expresa uno de los protagonistas, Pablo García Baena, cuando se refiere al fin de la revista y de su actividad poética como grupo,

Sobre todo este esfuerzo, esta actitud creativa, cayó el abandono y el olvido, y la vida fue cerrándose tosca y amenazadoramente en torno nuestro: fueron años duros y desertamos. Ricardo parecía que se había pasado definitivamente al flamenco; Juan Bernier, a la arqueología; Julio, a la pintura. Quizás Mario fue el único fiel, allá en su campiña de Bujalance. Y Pablo calló melancólicamente, quizás para siempre (Garcia Baena, 99-100)

El silencio del que García Baena habla, refiriéndose a sí mismo en tercera persona, se traduce en una actividad comercial relacionada con el mundo del arte, ya que monta en Torremolinos, junto con su amigo José de Miguel, una tienda de antigüedades. Este detalle es importante porque es precisamente en Málaga donde se inicia la recuperación de la poesía del grupo a través de la figura del propio García Baena. Y es que, aunque siempre se cite el trabajo de Guillermo Carnero y la declaración de deuda estética por parte de los novísimos, algo antes, en 1971, es un grupo de jóvenes poetas malagueños encabezados por José Infante, premio Adonais de ese año, quien es el primero que busca resaltar el magisterio de los cordobeses.

Dice el propio Infante, en palabras extraídas de su intervención en el Congreso homenaje a García Baena de Córdoba en 2009

Organizamos, con la ayuda del escultor Antonio Leyva y el actor madrileño Jacinto Esteban, que regentaba El Corral, en la calle Ollerías, unos Homenajes. Habíamos hecho de aquel bar tan heterodoxo nuestro lugar de tertulia y allí ofrecimos nuestro homenaje a Bernabé Fernández-Canivell y cómo no a Pablo García Baena. Esto es el 11 de marzo de 1971. […] Yo mismo me había ocupado de difundir su conocimiento -comenzaba su recuperación- desde las páginas del diario Sol de España, donde trabajaba en aquellos momentos. Allí, junto al poeta, crítico de arte y periodista Antonio Parra, conseguimos llevar a cabo unas hojas literarias donde los poetas cordobeses tuvieron su lugar, y en la semanal Columna de los poetas aparecieron algunos poemas de todos ellos (Infante 45)

Continúa Infante relatando cómo a raíz de este homenaje consiguieron convencer a Pablo García Baena de que volviese a escribir un poema nuevo (“Cándido”) y publicar (un libro con poemas antiguos: los trece sonetos de Almoneda), en lo que supone una reivindicación formal del grupo Cántico algunos años antes que los novísimos.

Aunque, es necesario para el rigor crítico señalarlo, José Infante reconoce en la misma charla a la que hago referencia que es el trabajo de Guillermo Carnero el que supone el espaldarazo definitivo para la inclusión de Cántico en el canon. Dice Infante:

En 1976 publicó Guillermo Carnero su libro El grupo Cántico de Córdoba. Un episodio clave de la historia de la poesía española de posguerra. Con él comenzó la esplendorosa recuperación de aquellos poetas, de su revista, de su poesía modernísima y sin embargo enraizada en la mejor tradición. Una poesía heterodoxa y barroca, en la que el paganismo, el sentimentalismo, el lujo, la fantasía, el lenguaje, la religión y sobre todo la vida logran una brillantísima síntesis (47)

A partir de la obra de Carnero, y de la manifiesta deuda que autores como Pere Gimferrer, Luis Antonio de Villena y otros novísimos declaran; los manuales de literatura comienzan a reseñar, bien es cierto que escuetamente, a la escuela cordobesa. Más tarde, y a partir del Premio Príncipe de Asturias de 1984 para Pablo García Baena se va concentrando en su figura un aluvión de homenajes, premios y reconocimientos que se entienden de algún modo como extensibles al grupo y a la revista. Con el fin del siglo XX y la llegada del XXI esa extensión se hace explícita. El Seminario celebrado en la Diputación de Córdoba del 16 al 18 de octubre de 1997 con motivo del cincuenta aniversario de la revista, los estudios que la Universidad de Málaga brinda al grupo en el volumen Homenaje a Cántico en 2001, Cántico 2010, exposición celebrada en el Palacio de la Merced de Córdoba (abril-mayo 2010) y el Palacio Episcopal de Málaga (mayo-junio 2010); son solo algunas de las iniciativas llevadas a cabo para restaurar en el lugar que se merece a este conjunto de poetas.

A día de hoy el grupo puede presumir de haber visto reunida su obra lírica completa en editoriales de prestigio internacional. Ricardo Molina, Pablo García Baena y Julio Aumente en Visor; Juan Bernier en PreTextos, sello que además ha dado a la luz su polémico Diario; Mario López, a su vez, vio su poesía reunida en un volumen publicado por una institución pública como la Diputación de Córdoba. Además la doctora Olga Rendón ha dado a la imprenta el epistolario de Ricardo Molina con varios miembros de la generación del 27 (Rendón, 2015). En cuanto a la atención académica, más allá de los trabajos que hagan mención puntual de su propuesta estética dentro de estudios literarios diacrónicos o dedicados principalmente a otras corrientes, el mundo de Cántico ha sido tratado específicamente en tesis doctorales cuyo número se acerca a la decena3, así como en muchos más artículos especializados y capítulos de libros.

Por tanto, parecería de justicia decir que la recuperación para el canon literario de Cántico y de sus autores es un camino ya hecho. Ante esa afirmación, empero, cabría responder con tibieza: sí y no. Sería más correcto decir que aún se está andando. Sin ir más lejos, aún quedan muchos aspectos que trabajar con respecto a la obra de Julio Aumente, por ejemplo. Del mismo modo, sería preciso investigar sobre el impacto que la poesía extranjera tuvo en la obra de unos autores que, lejos del “cordobesismo” con el que siempre se les ha etiquetado, eran lectores de lo más cosmopolita; o la desviación de los mismos autores del grupo de su propia poética. La historia de la literatura exige todavía, en definitiva, de investigaciones que arrojen luz sobre determinados hechos poéticos relativos a un asunto que no está ni mucho menos periclitado.

Referencias

  1. (). . . Diputación de Córdoba. . [reed. en 2007]
  2. (). . . Madrid: Editora Nacional. .
  3. (). . . Barcelona: Seix Barral. .
  4. (). . . Barcelona: Seix Barral. .
  5. (). . . Madrid: Gredos. .
  6. (). . . Madrid: Gredos. .
  7. (). . . España: E.D.A Libros. .
  8. , ed. ., ed. . Córdoba. 42-48.
  9. (). . , ed. . Madrid: Ágora. .
  10. (). . , ed. . Madrid: Espasa-Calpe. .
  11. (). . , ed. . Sevilla: Alegoría,. .
  12. (). . , ed. . Valencia: Mares. .
El rótulo de Nuevos poetas, que a priori podría ser suficiente para dejar fuera cronológicamente a autores como Juan Bernier, resulta engañoso e insuficiente: Gloria Fuertes, por ejemplo, contaba con 44 años en el momento de la publicación (los mismos que Ricardo Molina) y llevaba ya veinte publicando; Julio Mariscal era apenas un año menor que Pablo García Baena y Julio Aumente, quien incluso publicó su primer libro más tarde que Mariscal.
La disidencia estética de Cántico también puede encerrar consecuencias oscuras. A sus encontronazos con la censura habría que sumar, en opinión de algunos, ciertos recelos del mundillo poético. Así lo expresa Jiménez Martos: “Las páginas monográficas de Cernuda enconaron el porvenir […]. Se me antoja que hubo, a este respecto, una confluencia de recelos […]. A ello debe ser añadido también el recelo de alguno de los manejadores de la política poética, los ilustres caciques del cotarro.” (“Principio y fin de Cántico”, Córdoba, 4 de mayo de 1990, p.3) (5). Resultan curiosas las palabras de quien, como se ha visto, ninguneó a los poetas del grupo en su antología de 1961.
Trabajo con las cifras oficiales que ofrece Teseo, base de datos institucional del Ministerio de Educación. Según se extrae de ello, existe una tesis dedicada a la revista Cántico y sus poetas, tres dedicadas a diversos aspectos de la vida y obra de Ricardo Molina, tres a las de Pablo García Baena y dos que diseccionan la escritura y el mundo poético de Mario López. No contamos, como es natural, aquellas que se encuentran en curso, como la del propio autor de este artículo.