Cortés, José David, Helwar Figueroa y Jorge Enrique Salcedo (eds.). Los historiadores colombianos y su oficio. Reflexiones desde el taller de la historia. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2017

  • Sebastián Vargas Álvarez Universidad del Rosario
  • Laura Jácome Orozco universidad del
  • Mateo Reyes Escolar Universidad del R
  • Gabriel Mejía Cepeda Universidad del Rosario

Resumen

Reseña

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Publicado
2018-10-29
Como citar
VARGAS ÁLVAREZ, Sebastián et al. Cortés, José David, Helwar Figueroa y Jorge Enrique Salcedo (eds.). Los historiadores colombianos y su oficio. Reflexiones desde el taller de la historia. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2017. Historia y Espacio, [S.l.], v. 14, n. 51, oct. 2018. ISSN 2357-6448. Disponible en: <http://revistas.univalle.edu.co/index.php/historia_y_espacio/article/view/7143>. Fecha de acceso: 21 feb. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/hye.v14i51.7143.

Recientemente, en el marco del XVIII Congreso Colombiano de Historia (Medellín, octubre de 2017), se presentó el libro Los historiadores colombianos y su oficio. Reflexiones desde el taller de la historia, editado por los profesores José David Cortés (Universidad Nacional, sede Bogotá), Helwar Figueroa (Universidad Industrial de Santander) y Jorge Enrique Salcedo S.J. (Pontificia Universidad Javeriana). La publicación reúne una serie de textos escritos por diferentes investigadores de mediana edad (45 años en promedio), que, desde una perspectiva reflexiva y autobiográfica, dan cuenta de su trayectoria en la historiografía colombiana de las últimas tres décadas. En este sentido, el libro se inscribe en una tradición de balances historiográficos colectivos, dentro de la cual se pueden mencionar obras como Historia al final del milenio, y Balance y desafíos de la historia de Colombia al inicio del siglo XXI5.

La idea del libro surgió hace varios años, con la intención de invitar a diversos historiadores colombianos, de reconocida trayectoria, “a reflexionar sobre el oficio a partir de su experiencia”. De tal suerte que los textos compilados en este volumen no se preguntan “por la historia en sí misma, sino por la forma como los historiadores, desde su propia experiencia en el día a día (formación académica, docencia, investigación), se asumen como tales”6. Los editores reconocen que se trata de escritos más cercanos al género del ensayo que al del artículo especializado, lo cual no les resta calidad y rigurosidad. Por el contrario, “el ejercicio de escritura de cada uno de los artículos que componen el libro significó un esfuerzo intelectual elevado porque sacó a los autores de la zona de confort en la que se han desenvuelto para ubicarlos frente a sí mismos y, en un plano más amplio, frente a la disciplina histórica. Es decir, los textos muestran tanto la reflexión de cada autor por su propio trabajo como el autor en el escenario de la historia e historiografía colombianas”7.

En esto radica la pertinencia del libro: las meditaciones de los historiadores sobre su propio oficio, sobre su lugar en la producción historiográfica, no son comunes en el medio académico nacional, por el contrario “se han abordado de manera poco sistemática y más bien dispersa”8. Son escasos los trabajos en donde se puede apreciar un énfasis en la autorreflexividad, que permita dar cuenta de la historia como un conocimiento situado y determinado por los lugares y prácticas desde donde se produce.

La obra parte de una crítica explícita a los modelos imperantes de medición científica y producción académica, una tendencia global replicada e impuesta en el país por entidades como Colciencias y las mismas universidades en donde los profesores enseñan e investigan. Según los editores, una de las causas de que los historiadores rara vez se dediquen a reflexionar sobre su formación y oficio es la presión por publicar en revistas indexadas y por participar en labores burocráticas asociadas a los compromisos institucionales con dichos modelos de medición y producción. Según los editores del libro, resulta paradójico que las universidades desplieguen una retórica de la investigación de alta calidad y al mismo tiempo fomenten un sistema de publicación masivo, “el cual claramente va en contra de la calidad de las investigaciones, y a la vez no promuevan la reflexión sobre el quehacer investigativo, de tal forma que para un investigador no sea llamativo escribir un artículo como el que propusimos para este libro”9.

Como ya mencionamos, los autores que participan en esta compilación son de mediana edad, y hacen parte de una tercera generación de historiadores profesionales en el país. La mayoría se formó y comenzó su vida profesional en las décadas de los ochenta y noventa, fuertemente influenciados por la corriente historiográfica de la Nueva Historia, de la cual se fueron distanciando con el tiempo para proponer nuevas preguntas, temas y caminos de indagación. “Pertenecemos a una generación, la tercera, desde la profesionalización de la historia en el país. Nos formamos a la sombra y bajo la influencia de la llamada nueva historia de Colombia, pero consideramos que no pertenecemos a ella, aunque este texto no es una proclama de ruptura. Creemos que las dinámicas de la historia en el país invitan a escribir las características de una generación de historiadores que ha crecido en medio de la historia profesional colombiana”10.

A lo largo de los capítulos, es constante la referencia a la importancia de la profesionalización de la historia en el país en los años sesenta como un punto de inflexión en la historia de la escritura de la historia en Colombia, en la medida en que permitió un cambio en la interpretación del pasado nacional (desplazando a la historia patria y moralizante); la aparición de revistas y publicaciones seriadas especializadas (órganos de difusión) y la aparición de espacios para la formación de nuevos historiadores profesionales; aspectos que acrecentaron la comunidad de historiadores, así como sus investigaciones y producciones académicas. También es reiterativo el reconocimiento a los maestros de generaciones anteriores: Germán Colmenares, Armando Martínez Garnica, Margarita Garrido, Rodolfo Ramón de Roux, Heraclio Bonilla, entre otros.

Pero también, se enuncia el espacio de lo propio. Los editores hablan de una “explosión temática”, en donde la historia social y económica ya no es un campo historiográfico privilegiado y se han abierto las puertas “a múltiples historias y […] diversas formas de hacer historia, dentro de las cuales destaca la historia cultural la cual “se está convirtiendo en una especie de recipiente donde confluyen diferentes tradiciones teóricas e historiográficas”11. Esta “explosión temática” no implica una simple descripción de hechos o un acumulado sistematizado de corpus documentales. Por el contrario, es evidente en los trabajos de estos autores “una preocupación constante por apropiarse de teorías y escuelas historiográficas diversas, esto en beneficio de una historia mucho más compleja en interpretaciones y formas de contarla, más imaginativas. Se espera que esta apertura nos lleva a nuevos campos investigativos y a interpretaciones históricas novedosas y totalizantes”12. Así, aunque parezca obvio, podría hablarse de una heterogeneidad de las referencias teóricas y enfoques metodológicos, lo cual no podemos perder de vista, ya que esto es determinante para el análisis historiográfico. Los textos compilados en esta obra dan cuenta de que esa heterogeneidad aporta significativamente a las importantes trayectorias que los autores han trazado en los últimos años en campos como historia económica, historia de la religión, historia política, historia cultural, historia intelectual e historia regional, abarcando períodos de estudio como la época colonial, el siglo XIX y el siglo XX.

Existen varios elementos compartidos por todos los capítulos, los cuales queremos resaltar en esta reseña para contribuir a la radiografía de la práctica historiográfica contemporánea que el libro se propone. En primer lugar, los textos compilados dan cuenta de una generación cosmopolita de historiadores: todos los autores se formaron y/o trabajaron (o trabajan) en el extranjero. Esto ha permitido la constitución de redes académicas entre la academia colombiana e instituciones en países como Alemania, Brasil, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Suecia y especialmente México, “donde cuatro se formaron y tres decidieron establecerse permanentemente”13. Los autores coinciden en que la experiencia internacional ha ampliado su perspectiva como historiadores y como personas. Por ejemplo, Natalia Silva afirma que posibilidad de la movilidad geográfica tuvo un reflejo positivo en su trayectoria profesional: “sin temor a equivocarme, puedo decir hoy que los contactos profesionales y las experiencias de vida en diversos lugares han enriquecido profundamente mi carrera, el amor por la escritura y mi capacidad analítica”14.

De igual forma, Renzo Ramírez Bacca resalta la importancia de una formación en el extranjero. En su caso, en el contexto de la guerra fría tuvo la oportunidad de estudiar en la antigua Unión Soviética, para posteriormente pasar a Suecia y afianzar su formación en investigación histórica. “Allí comprendí que la teoría, el método y la historiografía son componentes disciplinares de la historia”. Además, la experiencia internacional también contribuye a superar la barrera idiomática y tener una perspectiva más amplia de la producción del conocimiento histórico. Señala Renzo que “debemos observar lo que se publica en Europa, Norteamérica y Asia: ello contribuye a tener una mirada universal, de mayor alcance si se quiere”15.

Respecto de las redes académicas establecidas, por ejemplo, a través de congresos como los de la Asociación Colombiana de Historiadores, Ramírez Bacca considera que es “indiscutible que los eventos académicos convocados por historiadores nos retroalimentan y contribuyen a conocernos, en términos de nuestros aportes y avances investigativos”16. En su texto, Aimer Granados destaca la importancia de “la inserción en redes académicas y la participación en grupos de investigación” como una parte fundamental de su carrera académica17. Por su parte, Hernando Cepeda menciona que los favorables “encuentros con el grupo de Estudios Latinoamericanos del Instituto Latinoamericano (LAI) de la Universidad de Berlín, unidos a la experiencia acumulada con los estudios provenientes del campo de la geografía en la Universidad Federal do Rio de Janeiro, motivaron la persistencia investigativa en los estudios históricos comparativos”18.

El testimonio de Cepeda coincide con el de gran parte de los demás autores: la experiencia de internacionalización les ha permitido trascender los objetos de estudio constreñidos a los marcos local y nacional, para incursionar en “la construcción de objetos históricos transnacionales, entendidos como elementos que superan las limitaciones impuestas por las fronteras nacionales”19. Para Alexander Betancourt, el planteamiento de una perspectiva comparada sobre el pasado de los países latinoamericanos es una labor más que necesaria. Esto implica descentralizar la producción de conocimiento y pensar desde nuestro contexto, pensar desde Colombia y sus relaciones con el entorno regional y global20. Para autores que trabajan la historia del hecho religioso en Colombia, como Helwar Figueroa o Jorge Enrique Salcedo, es de suma importancia mirar el contexto nacional y global en conjunto, teniendo en cuenta las múltiples relaciones que se pueden establecer entre diversos actores sociales, locales o trasnacionales, como por ejemplo los jesuitas, los curas de la intransigencia católica y los chulavitas, el gobierno nacional y el Vaticano21.

Otro elemento que puede encontrarse a lo largo de los capítulos es la reflexión sobre las condiciones materiales y contextuales del oficio del historiador. Esto es muy relevante porque se trata de un elemento poco tenido en cuenta en los análisis historiográficos, pero determinante en la medida en que contribuyen a comprender una de las tres dimensiones de la operación historiográfica: el lugar social de producción de conocimiento22. A través del relato de los autores se hace alusión a la dimensión humana del historiador como intelectual, pero también como persona, inscrito en un contexto social e institucional particular.

En este sentido, la dimensión humana de los autores es siempre tenida en cuenta en la narración. Por supuesto, el formato autobiográfico permite que los autores puedan desarrollar de forma constante este punto, pero resulta interesante que todos son muy conscientes de su contexto y las vicisitudes que tuvieron que pasar para poder llegar al punto en el que se encuentran. Este punto es muy rescatable, ya que los balances historiográficos permiten ver el estado de la disciplina, pero generalmente no ahondan en el campo personal de los intelectuales, que es donde se puede reconocer el arduo trabajo que existe detrás de sus obras. La media de edad de los autores los ubica a todos en una Colombia revolucionada, donde la violencia y el desplazamiento no les eran ajenos, lo que implicó, en muchos casos, migrar de sus lugares de origen, sin contar con su poca edad para el momento. Es el caso de Silva o Figueroa quienes, por ejemplo, aluden a que la formación profesional estuvo marcada por el rechazo estatal, la coyuntura política de la Constituyente y la persecución a profesores, como el caso de Darío Betancourt, desaparecido y asesinado23.

Si bien no todos fueron víctimas del conflicto, sí se refieren a la difícil situación del país en sus regiones de procedencia. Sin embargo, esta dimensión humana también se refiere a las condiciones materiales que nos atraviesan como historiadores en la cotidianidad. Los “gajes del oficio” no solo remiten a las labores que se adelantan para realizar una investigación, sino también al trabajo en cuanto a formación intelectual y académica. Mudarse a otra ciudad o país, rastrear fuentes, sacar fotocopias, buscar empleo, aplicar a becas, todo hace parte de la formación del historiador tanto personal como disciplinariamente. Por ejemplo, Cortés se refiere a que sus temas de trabajo se vieron determinados en buena medida por la fuerte inclinación religiosa de su familia y su adhesión al partido liberal, por lo cual fueron perseguidos durante la Violencia: “hay además otro factor que influye mucho en la decisión de los temas de investigación, pero que pocas veces se reconoce: la experiencia de vida”24. De esta forma, los autores señalan un punto importante, y es cómo el recorrido académico cambia, se transforma, se reformula a lo largo de la formación como intelectuales, de la “vida” de los autores. Es interesante ver entonces cómo muchos de ellos no tienen formación inicial en historia, pero desarrollaron su carrera académica con posgrados en la disciplina. Esto lleva a retomar un elemento importante, que recoge un poco aquello mencionado sobre su formación en el exterior y su vida personal, y es la interdisciplinariedad.

Aunque podría pensarse que se trata simplemente de un detalle que hace parte de la experiencia de estos historiadores, sus investigaciones y propuestas historiográficas se han visto nutridas con las perspectivas de otras disciplinas. La mayoría de los autores tienen formación en otras disciplinas o campos, además de la historia. Por ejemplo, Alexander Betancourt y Álvaro Acevedo en filosofía, Gilberto Loaiza en filología y sociología25, Andrés Ríos en antropología, sin contar con posgrados como en filosofía y teología en el caso de Jorge Enrique Salcedo, en estudios latinoamericanos como Helwar Figueroa y Alexander Betancourt o aquellos que tienen conocimientos sobre otras materias y lo consideran relevante para sus investigaciones en el campo histórico sin tener una educación formal en ellas. Entre estos últimos, se destacan los casos de José David Cortés y Carlos Valencia. El primero, cuenta que en su aproximación al hecho religioso “fue necesario valerse de herramientas que brindan la sociología, la antropología, la filosofía, la teología y la historia del arte, entre otras disciplinas26. En relación con el segundo, su interés en la historia económica colonial que lo llevó a proponer un enfoque microeconómico, que precisamente es pertinente en la medida que son pocos los investigadores que estudian la historia económica a partir de preceptos económicos27.

Otro punto importante que destaca el libro es la relevancia de la enseñanza de la historia. En particular, se mencionan las repercusiones negativas de la ausencia, desde los años ochenta, de la asignatura de historia como cátedra obligatoria en los colegios. Según Cortés, esto es problemático, en la medida en que “los profesores de historia no parecen necesarios en la formación básica y media”, contribuyendo a una carencia de “cultura histórica” de los estudiantes que entran a los pregrados en historia del país sin unos conocimientos históricos e historiográficos básicos. “No solo desconocen los procesos, sino que no tienen referencia sobre los historiadores colombianos cuya producción es base de la disciplina histórica en el país”28.

A partir de esta preocupación sobre la debilidad de la “cultura histórica”, autores como Natalia Silva y Andrés Ríos reflexionan sobre los retos que tiene la historia en términos de divulgación y sobre la necesidad de buscar espacios alternativos para que las personas se interesen en ella. Proponen tanto “escribir una historia más sencilla para un público no especializado (...) [con el fin de que] el lector disfrute la lectura, para lo cual es necesario atrapar la atención del público”29, como la creación de aulas virtuales a través blogs históricos. Ejemplos de este formato son “Los Reinos de las Indias en el Nuevo Mundo”, “Paleografías americanas” y “Love Cooking, Love History”. En especial con el último, Silva busca “de manera amena […] acercar a los lectores a los aspectos curiosos del mundo de la comida, del consumo alimenticio y de las interesantes prácticas que lo han caracterizado a través de la historia, haciendo uso de documentos originales y de las numerosas aportaciones bibliográficas ya existentes”30.

Quisiéramos terminar esta reseña señalando un par de críticas al libro, y retomar su importante llamado a la reflexión sobre el lugar que tenemos los historiadores en el momento histórico actual. En primer lugar, nos llama poderosamente la atención la falta de representación de las historiadoras en el conjunto del libro. De doce capítulos, solo uno -el de Natalia Silva Prada- es escrito por una mujer. Esto representa tan sólo el 8%, cuando según datos de la Asociación Colombiana de Historiadores, el 31% de los profesionales en historia del país son mujeres. Algo similar sucede con la representación de las regiones de donde provienen y/o trabajan los autores: regiones como el Caribe no se contemplaron. Si bien los editores reconocen estos desequilibrios en la editorial, nos parece que se hubiera podido hacer un esfuerzo mayor por incluir otras experiencias y voces que dieran una visión más incluyente, compleja y ajustada a la realidad, en términos de género y región, de la historiografía colombiana.

Por otro lado, desde la introducción del libro se hace explícita la propuesta editorial de resaltar las trayectorias personales y de largo aliento de los autores, poniendo el énfasis en la dimensión individual de la figura del “autor” o “historiador”. No obstante, en los recuentos personales, los autores hacen un reconocimiento de la historia como labor colectiva. Si bien en los capítulos destacan sus logros personales y académicos como fruto de un trabajo disciplinado y constante, los autores no dejan de reconocer a las personas e instituciones que contribuyeron en sus procesos de formación e investigación31. Muchos de ellos agradecen y mencionan a los maestros, bibliotecarios, funcionarios, estudiantes o asistentes que los han acompañado a lo largo de su trayectoria, recordándonos con este gesto de visibilización y gratitud, que la historia es una forma social de conocimiento, “la obra […] de un millar de manos”32.

Para los editores, es de suma importancia la constante reflexión sobre el oficio del historiador, en el sentido en que esta también contribuye a definir la función social de los historiadores en nuestro presente. Ellos identifican dos tareas urgentes: nuestra participación en la construcción de la memoria histórica en la presente coyuntura política actual de negociaciones y construcción de paz; y dar la pelea por devolverle el lugar a la historia en la escuela (como materia obligatoria), pero desde una perspectiva crítica, no patriótica. La primera, nos convoca a los historiadores y futuros historiadores a contribuir a reconstruir la historia del país, es decir, trabajar por todos los espacios vacíos y, sobre todo, dolorosos que el conflicto ha ocultado, “en este sentido, los historiadores estamos obligados a continuar historiando la memoria del conflicto, con todos sus actores y variables”33. La segunda, nos obliga a repensar la forma en como se está enseñando historia en Colombia, a cobrar consciencia sobre la importancia de una educación que estimule el pensamiento histórico en la escuela, necesario para comprender de una manera más compleja y crítica nuestra sociedad.

Si bien Los historiadores colombianos y su oficio. Reflexiones desde el taller de la historia no presenta una imagen de síntesis sobre el estado actual de la historiografía colombiana, que hubiera podido aparecer a manera de conclusiones del libro, consideramos que esta labor ahora recae sobre los hombros de las nuevas generaciones de historiadores. Estas se enfrentan a muchos retos, sobre todo de cara al país que se avecina, en ese sentido, creemos importante cerrar con una cita que nos atañe a todos y que condensa el propósito final del libro: “el papel de los historiadores es recordarle a la gente lo que la sociedad le quiere hacer olvidar. Recordarle los hechos, pero también los contextos, las injusticias, las exclusiones y las arbitrariedades culturales, políticas y económicas que los poderosos de toda laya intentan hacernos olvidar. Hacer una historia justa”34.

Programa de Historia, Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario.
Programa de Historia, Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario.
Programa de Historia, Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario.
Programa de Historia, Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario.
Bernardo Tovar Zambrano (comp.), La historia al final del milenio. Ensayos de historiografía colombiana y latinoamericana. 2 volúmenes (Bogotá: Universidad de Colombia, 1994); Adriana Maya y Diana Bonnett (comps.), Balance y desafíos de la historia de Colombia al inicio del siglo XXI: homenaje a Jaime Jaramillo Uribe (Bogotá: Universidad de los Andes, 2003).
José David Cortés, Helwar Figueroa y Jorge Enrique Salcedo, “Introducción”, p. 14.
Íbid.
Íbid., p. 13.
Íbid., p. 10.
Íbid., p. 12.
Íbid., p. 11, 13, 16.
Íbid., p. 16.
Íbid., p. 11.
Natalia Silva Prada, “Encuentros con la historia cultural: senderos recorridos desde el mundo hispanoamericano colonial”, p. 118-119.
Renzo Ramírez Bacca, “Formación disciplinar y prácticas del oficio de historiar: una mirada de afuera hacia adentro”, p. 80, 87.
Íbid., p. 94.
Aimer Granados, “Del pregrado al posgrado. Exploraciones críticas al campo académico y universitario. El caso de una formación académica”, p. 49.
Hernando Cepeda Sánchez, “La experiencia investigativa en la historia de la juventud: músicos colombianos en experiencias históricas comparativas”, p. 260.
Íbid., p. 259.
Alexander Betancourt Mendieta, “Una experiencia vivida: entre las ciencias sociales y las humandiades”, p. 18-19.
Helwar Figueroa “El campo religioso en Colombia. Una experiencia investigativa e interdisciplinar desde la historia”; Jorge Enrique Salcedo, “El taller del historiador: la historia de la compañía de Jesús en Colombia”.
Michel de Certeau, La escritura de la historia (México: Universidad Iberoamericana, 2007), p. 69-83.
Figueroa, “El campo religioso en Colombia”, p. 157.
José David Cortés, “El oficio del historiador: del hecho religioso a la historia comparada”, p. 139.
Gilberto Loaiza Cano, “Itinerario de mis prácticas de historiador”.
Íbid., p. 132.
Carlos Eduardo Valencia Villa, “Pistas de una historia microeconómica colonial”.
Cortés, “El oficio del historiador”, p. 138.
Andrés Ríos Molina, “De la antropología de la religión en el Urabá a la historia de la locura en México”, p. 193.
Silva, “Encuentros con la historia cultural”, p. 118.
Por ejemplo, véase Álvaro Acevedo Tarazona, “Avatares y tránsitos de la historia regional a la historia cultural: incertidumbres, extravíos y reencuentros”.
Raphael Samuel, Los teatros de la memoria. Pasado y presente de la cultura contemporánea (Valencia: Publicaciones Universitat de Valencia), p. 26.
Cortés, Figueroa y Salcedo, “Introducción”, p. 17.
Íbid., p. 18.