El aporte del análisis de las redes sociales a la historia intelectual

  • Daniel Iglesias Daniel Iglesias, Universidad Lille-III

Resumen

Este artículo discute el aporte de las herramientas del análisis de redes sociales a la historia intelectual basándose en el caso de importantes figuras antiimperialistas latinoamericanas de principios del siglo XX. Propone una reflexión teórica sobre los límites y potencialidades de este método interdisciplinario. El meollo de sus análisis se centra particularmente en las distintas interrogantes que plantea esta metodología en su relación con los tiempos históricos, los espacios sociales, las formas de acción y el rol del individuo como motor de la historia.


 


 

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Biografía del Autor

Daniel Iglesias, Daniel Iglesias, Universidad Lille-III

Profesor-investigador de la Universidad Lille-III. Historiador y politólogo. Doctor en Historia por la Universidad París Diderot, ha publicado los libros Du pain et de la liberté. Socio-histoire des partis populaires apristes (Pérou, Venezuela, 1920-1962) y Les mythes fondateurs du Parti Apriste Péruvien: Socio-histoire de la culture d’un parti politique latino-américain. Es especialista en análisis de redes sociales, sociología histórica e historia transnacional. Ha escrito artículos sobre los partidos políticos latinoamericanos, la democracia en América Latina y las redes transnacionales que han sido publicados en libros y en revistas indexadas. 

Correo electrónico: d.iglesiaspinzas@gmail.com

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Publicado
2017-11-16
Como citar
IGLESIAS, Daniel. El aporte del análisis de las redes sociales a la historia intelectual. Historia y Espacio, [S.l.], v. 13, n. 49, p. 19-37, nov. 2017. ISSN 2357-6448. Disponible en: <http://revistas.univalle.edu.co/index.php/historia_y_espacio/article/view/5880>. Fecha de acceso: 23 oct. 2018 doi: https://doi.org/10.25100/hye.v13i49.5880.
Sección
Artículos de Investigación

Palabras clave

historiografía, tiempos o temporalidad, redes sociales, América Latina, política, intelectuales

Introducción

“¿Qué hay de social en la historia intelectual?” 2. Pocas frases suelen resumir tan precisamente los actuales debates historiográficos que estremecen la historia intelectual como esta interpelación lanzada por Jean-Luis Fabiani en su más reciente trabajo sobre la interdisciplinaridad en las ciencias sociales. Como lo subraya este sociólogo francés en un tenaz diálogo epistemológico con su colega norteamericano Andrew Abbott 3, la historia intelectual no es ajena a las constantes transformaciones que caracterizan a las ciencias sociales. Esta rama de la historiografía se encuentra efectivamente en el centro de un renovado espacio de diálogo interdisciplinario como lo atestigua su apertura hacia la sociología de la cultura 4 que estudia los intelectuales o la producción social de ideas. Para Fabiani, esta predisposición interdisciplinaria explicaría incluso importantes avances historiográficos como, por ejemplo, la interpretación de las ideas como resultado de una experiencia social compartida y no únicamente fruto de una labor solitaria. Por otra parte, esta tendencia al diálogo de saberes sería igualmente responsable del brío historiográfico de los trabajos de Quentin Skinner 5 y de su firmeza teórica para explicar el papel de la circulación intelectual en las génesis de las ideas políticas.

La historiografía latinoamericana se encuentra en primera línea de las múltiples evoluciones que ha vivido en carne propia la historia intelectual. Importantes trabajos 6 han venido examinado sobre todo los compromisos políticos de los intelectuales mediante una exploración de sus intervenciones en el espacio público. Estos enfoques tienen como principal objetivo interpretar este tipo de participación política como resultado de prácticas codificadas al interior de un espacio social homogéneo. Esta característica “social” del compromiso intelectual se encuentra muy presente en las propuestas en términos de redes intelectuales transnacionales 7 que privilegian las circulaciones de ideas y de modelos a escala transnacional. La historia conectada de los intelectuales latinoamericanos ha logrado de esa manera acortar las distancias con la socio-historia de los intelectuales, sobre todo en lo que concierne a la exploración de las prácticas intelectuales que se caracterizaban en su gran mayoría por una activa movilización de los entornos relacionales. Es así como se han multiplicado las investigaciones que se interrogan de manera novedosa sobre la naturaleza relacional de los fenómenos de circulación intelectual continental 8 y que ponen al descubierto el trabajo de legitimación personal llevado a cabo, tanto a nivel nacional como internacional, por grandes intelectuales latinoamericanos 9.

Nos encontramos, por consiguiente, en medio de un proceso de consolidación historiográfica que ya ha logrado mostrar el rol de los mecanismos de circulación mundial, el papel de las redes transnacionales y la importancia de los soportes culturales como, por ejemplo, las revistas o los boletines especializados 10. Este contexto historiográfico ha conseguido interpretar las consecuencias de la transformación del papel desempeñado por los intelectuales a lo largo del siglo XX, recomponiendo las etapas que vieron desaparecer de los debates públicos a gran parte de los intelectuales universales que intervenían en el ámbito político en mérito de su gran capital y su legitimidad social. Los estudios han probado cómo la circulación transnacional y las redes en particular contribuyeron, a partir de los años 1950, al advenimiento de los que podemos llamar intelectuales-expertos, gracias al surgimiento de agrupaciones profesionales o de grandes asociaciones disciplinarias que estabilizaron las dinámicas de la especialización académica.

A pesar de estos pasos hacia la interdisciplinaridad, la historia intelectual mantiene todavía un fuerte recelo hacia las perspectivas cuantitativas, ni qué decir de su aversión cuasi constitutiva frente a las propuestas historiográficas que apelan a los modelos matemáticos o movilizan instrumentos de medición y codificación de datos (base de datos relacionales, gráficos, etc.) como, por ejemplo, el análisis de redes sociales 11. Existe de plano una frontera en la investigación historiográfica entre aquellos que se mantienen en una lógica de análisis meramente cualitativa y aquellos que defienden la idea de que ya no existen divisiones entre los enfoques micro y macro debido a la evolución de las ciencias sociales.

Este artículo busca arrojar algo de luz a este debate habitualmente reservado al ámbito de la historia colonial 12. Trata de contestar, por ejemplo, a las voces que subrayan, sin realmente analizarlas, las ventajas y los límites de la apertura metodologica en la disciplina histórica. Creemos que las interrogantes planteadas por los trabajos sobre el uso del análisis de redes sociales aplicado a la historia 13 no deberían limitarse al ámbito de la historia institucional o a la historia política colonial 14, sino, más bien, abrirse a todas las ramas de la historia latinoamericana, sobre todo a la historia intelectual contemporánea. Por otra parte, pensamos que esta evaluación metodológica tiene una importancia especial si tenemos en cuenta que la historia intelectual se interesa cada vez más por las redes intelectuales a pesar de las dificultades que enfrenta para utilizar este concepto o para ir más allá del uso del término “red” como simple metáfora para describir la suma de los lazos sociales de los actores estudiados. Nuestro artículo busca, por consiguiente, exponer las grandes líneas de un enfoque metodológico que podría ayudar a cuestionar con mayor penetración el papel desempeñado por los intelectuales en la historia contemporánea del siglo XX.

Análisis de redes sociales e historia latinoamericana

El término “redes sociales” posee hoy en día un significado casi indiscutible. Sin embargo, esas “redes” son un objeto de estudio de larga tradición en las ciencias sociales desde los años 1950 e inclusive formaron parte del corpus analítico de estudios pioneros de principios del siglo XX. A pesar de su actualidad, existen una serie de malentendidos sobre la utilización de este término en la historiografía que son el reflejo de una férrea incapacidad de parte de los historiadores de ir más allá de las representaciones sociales usadas por los actores estudiados y de metáforas comunes a su disposición para representar la realidad social. No es raro, en ese sentido, ver artículos o incluso libros que usan libremente de esta terminología pegándole adjetivos o precediéndola de la palabra “metodología”. A quienes estamos familiarizados con la historia política o la historia intelectual, no nos extraña leer muchas veces la adscripción “metodología de redes intelectuales” o “metodología de redes políticas”, sin que dichos ensayos realicen un mínimo de análisis cuantitativo de dichas redes.

Ahora bien, ¿a qué nos referimos entonces con análisis de redes sociales? Una respuesta simple, dada por los manuales 15, sitúa esta metodología dentro del espectro de métodos de análisis en ciencias sociales. Se trata por consiguiente de un método que se interesa por los lazos sociales entre las personas y que, en historia, lee las fuentes mediante conceptos que influyen de manera decisiva sobre la selección, recolección, codificación y explotación de datos. Esto supone, en un primer momento, enfrentarse al problema de la capacidad demostrativa de este enfoque, ya que la cuantificación de datos en historia o el uso de instrumentos de medición “tecnológicos” no pretenden reemplazar de ninguna manera el trabajo crítico de fuentes o la narración histórica. A pesar de estas dificultades, importantes trabajos historiográficos han logrado vencer estos obstáculos y analizar muy finamente los lazos sociales recurriendo al análisis de redes sociales como, por ejemplo, innovadoras publicaciones de historia colonial 16. Asimismo, este recurso metodológico ha sido también utilizado para proponer narraciones históricas capaces de sacar a la luz insólitos mecanismos sociales, como, por ejemplo, el peso que tenían los lazos personales en la época colonial 17.

Como todo protocolo de investigación, el análisis de redes sociales sigue procedimientos estandarizados que varían principalmente en función de dos elementos principales: 1) si el investigador desea estudiar una red egocéntrica (centrada en una persona) y el capital relacional del “ego” (de esa persona), 2) si el investigador se centra más bien en el análisis de las estructuras de las redes. A pesar de su aparente igualdad, estas dos líneas de investigación han corrido con distinta suerte a lo largo de los años. Dominante en los años 1960, gracias a su consolidación en la antropología rural y urbana anglosajona, los análisis de redes egocéntricas se volvieron una referencia en los estudios del capital social de los individuos hasta declinar a fines de los años 1970. Este enfoque influyó mucho en el desarrollo historiográfico hispanoamericano sobre el periodo colonial, en particular de la historia de la familia 18, que pudo entender mejor fenómenos complejos como la concentración de tierras en manos ciertos grupos familiares o la urbanización de las ciudades coloniales. Fueron, finalmente, el desarrollo de la informática, así como la tendencia hacia la cuantificación abstracta de gran parte de las ciencias sociales anglosajonas a partir de los años 1980, los que impusieron el estudio estructural de las redes sociales como referente principal de este campo de estudio, a tal punto que, hoy en día, pocos recuerdan que las redes egocéntricas pueden también ser analizadas con las herramientas que fueron diseñadas para su análisis.

La movilización de las herramientas del análisis de redes sociales en historia intelectual sigue siendo muy limitada a diferencia de la historiografía colonial en la que ya existe una tradición metodológica. La historia intelectual presenta sin embargo un enorme potencial para la compresión de la movilización del capital relacional de un individuo, como lo prueban la abundante cantidad de documentos personales como las memorias y, en especial, las correspondencias de los intelectuales. Por ejemplo, las correspondencias de intelectuales latinoamericanos de principios del siglo XX muestran la gran conexión entre los colaboradores de revistas culturales y los autores de epistolarios. Cientos de personajes, como el filósofo mexicano José Vasconcelos, fueron artífices de la construcción de espacios de intercambio transnacional al promover la circulación de ideas antiimperialistas, vanguardistas y científicas en América Latina. Estos intercambios influyeron en la politización de los jóvenes estudiantes de las entreguerras, como en el caso de los estudiantes que luchaban contra el caudillismo de Juan Vicente Gómez (1910-1935) en Venezuela. Uno de los líderes del movimiento estudiantil “Generación de 1928”, el futuro presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, actuó en varias oportunidades en ese sentido, solicitándole a Vasconcelos manifiestos y artículos, pero también publicando artículos que resaltaban la influencia de este intelectual sobre la juventud de su país en revistas culturales como la costarricense Repertorio Americano.

Otros intelectuales, como el historiador aprista Luis Alberto Sánchez, tuvieron igualmente una amplia participación político-intelectual en esos años. El análisis de la red egocéntrica de Sánchez confirma, por ejemplo, que poseía un capital relacional muy importante, ya que tenía lazos directos con figuras políticas de la talla de los venezolanos Rómulo Betancourt y Mariano Picón Salas, grandes intelectuales como Waldo Frank o Romain Rolland e incluso con profesores universitarios europeos y estadunidenses. Paralelamente, Sánchez era muy citado en los epistolarios de las personas con las que se carteaba, como lo muestra su alto grado de conexión dentro del entorno de su amigo y corresponsal Rómulo Betancourt. Su círculo relacional presenta, por otra parte, rasgos de permanente unicidad que testimonian el grado de conexión que tenían entre sí las personas que le escribían o que él citaba constantemente.

Análisis de redes sociales e historia intelectual

A pesar del creciente interés por las redes intelectuales, el análisis de redes en historia intelectual se mantiene todavía en una posición historiográfica subterránea. Existen, por supuesto, razones de orden metodológico que explican esta situación, como el difícil acceso a fuentes o las dificultades que se manifiestan cuando uno quiere cruzar las correspondencias de los intelectuales estudiados. Sin embargo, creemos que el problema reside en una de las mayores características de la historia intelectual: su objeto de estudio. En efecto, el estudio de los intelectuales presupone, y deja por sentado, que el propósito de esta rama de la historiografía es únicamente analizar a un grupo predeterminado: los intelectuales como grupo social específico. Por el contrario, el análisis de redes (sobre todo el análisis de redes estructurales) parte de una doble distinción fundacional que se enfrenta a esta percepción del intelectual como objeto de un estudio privilegiado. El historiador tiene desde luego que escoger entre la observación de un grupo predefinido según criterios preestablecidos o, por el contrario, comenzar su análisis a partir de un núcleo de individuos cercanos, sin importar su condición social, para ir agregando a otros individuos en las redes estudiadas mediante etapas sucesivas. Por otro lado, el análisis de redes sociales utiliza instrumentos de medición que van más allá de la condición social de cada persona. Se trata, en otras palabras, de distinguir las posiciones individuales en una red y dejar de lado los atributos específicos de cada uno de los miembros de esta última. Esto significa averiguar si las personas se unen, o no, en función de su universo de relaciones interpersonales. Este enfoque logra individualizar a las personas con mayor grado de intermediación y tener una visión global de la red teniendo en cuenta los nudos o la ausencia de relaciones interpersonales. Por consiguiente, el atributo de la persona, como en este caso el hecho de ser un intelectual, pasa a un segundo plano, puesto que lo que se busca resaltar no es tanto la condición social del individuo como la importancia que tienen la suma de sus relaciones interpersonales.

Las pocas investigaciones históricas que se acercan un poco al análisis de redes estructurales estudian principalmente las redes transnacionales de la Ilustración 19. Estos trabajos se centran sin embargo solamente en el rol nacional e internacional de grupos preestablecidos como los filósofos o los escritores. Los “intelectuales” del siglo XVII y XVIII son vistos como una categoría genérica cuyo impacto fue determinante para la diseminación de ideas filosóficas en Europa y la consolidación de espacios de sociabilidad intelectual en los salones de las principales capitales europeas. El uso de las herramientas del análisis de redes sociales como las bases de datos y la exploración de nudos interpersonales sirven en este caso como fundamento metodológico para confortar una vertiente historiográfica sólidamente establecida en torno a la existencia de un espacio intelectual europeo en la época de la Ilustración. El principal aporte del análisis de redes reside justamente en su tratamiento sistemático de las fuentes y correspondencias para sostener empíricamente la idea de que los ilustrados se desempeñaban como mediadores sociales durante los periodos del Antiguo Régimen, como en el caso del Imperio español 20, a pesar de no haber desarrollado siempre lazos sociales libres e irrevocables como sucedería en los siglos posteriores. Esta apertura metodológica permite, desde luego, comprender mejor el significado y el impacto intelectual de la mediación social dentro de un marco temporal sin necesidad de recurrir a riesgosas e anacrónicas comparaciones con la actualidad.

Por otra parte, la historia intelectual es también un buen ejemplo de la encrucijada con la que tiene que lidiar el investigador cuando busca ir más allá de un concepto tan socialmente enraizado e indiscutible como el de “intelectual”. Esta categoría no es ajena al tipo de percepción que se pueda tener, o no, de los lazos sociales del intelectual estudiado. Uno de los principales problemas que trae este concepto es el de condicionar de manera determinista los componentes de la red. Al considerar que los intelectuales interactúan al interior de un campo social y simbólico homogéneo, se corre el riesgo de minimizar el hecho de que una red no es “un grupo cerrado y densamente conectado, una comunidad hermética y homogénea, sino algo que también puede ser visto como una entidad en parte abierta (en un grado medible), jerárquica y especializada” 21. Es por ello que, en muchos puntos, el análisis de redes sociales es contrario a los enfoques clásicos de historia intelectual que justamente no logran desprenderse de una visión aislada del intelectual como actor social. En efecto, estos trabajos no escapan de considerar al “intelectual” como un protagonista específico, puesto que consideran que desprenderlo de esa categoría social iría en contra de lo que precisamente le da vida a esta rama de la historiografía.

Tomemos el caso de las redes político-intelectuales antiimperialistas latinoamericanas de los años 1920 y 1930, en particular la red cruzada de los activistas Mariano Picón Salas y Víctor Raúl Haya de la Torre. Intervenían actores de distintas nacionalidades pertenecientes a varios grupos sociales como los militares, los políticos, los intelectuales, los activistas, los periodistas, etc. Una de las características de los miembros de esta red transnacional, reconstruida gracias al análisis de redes sociales de su correspondencia dispersa entre 1928 y 1935, confirma sus diferencias políticas como también la desaparición momentánea de las fronteras que supuestamente dividían el campo de los intelectuales latinoamericanos. El análisis cuantitativo utilizado para recortar las trayectorias individuales de varios intelectuales, como el propio escritor venezolano Mariano Picón Salas, exiliado en Santiago de Chile, demuestra que pueden existir acciones colectivas heterogéneas por más que la propaganda y las publicaciones insistan sobre las fronteras simbólicas alrededor de las fuerzas intelectuales.

Historicidad y temporalidades

Como todo trabajo historiográfico, los análisis de redes históricas tienen que afrontar la historicidad de las fuentes analizadas. Esto significa que exploran fenómenos históricos que se inscriben en el tiempo y en el espacio. A pesar de estas evidencias, sobreviven incertidumbres y confusiones sobre las temporalidades estudiadas, como sucede cuando se investigan ego-documentos (epistolarios o memorias). De manera casi sistemática, los historiadores evitan reflexionar sobre “los regímenes de historicidad” 22 de los periodos estudiados cuando analizan las agencias 23 individuales. Esto se debe a que la mayoría de los historiadores parten casi siempre de la idea de que los procesos históricos que interpretan son únicamente rupturas o evoluciones temporales. Esta insistencia sobre la diacronía de los eventos se manifiesta incluso en las propuestas que minimizan la narración cronológica para concentrarse mejor en los componentes de los fenómenos históricos examinados. Por consiguiente, la narrativa histórica y los análisis abordan la historicidad del mundo social en su conjunto desde una perspectiva que privilegia únicamente una visión lineal de la temporalidad.

La mayoría de las lecturas diacrónicas de las redes intelectuales reconstruyen la génesis social o intelectual de fenómenos de más o menos larga duración. Tienen en común la idea de que los fenómenos históricos, como la colaboración en revistas culturales o los compromisos políticos de los intelectuales universales, fueron procesos complejos que lograron transformar sus componentes hasta volverse realizaciones de gran alcance. Existen sin embargo otras maneras de trabajar estas perspectivas con el fin de obtener novedosos resultados acerca de historias olvidadas o que forman parte de nuestros inconscientes colectivos. Si bien el historiador tiene que priorizar el tema del cambio histórico o, al contrario, hacer abstracción de este por razones analíticas, nada le impide considerar que existían varias temporalidades durante el periodo histórico que examina. Cabe mencionar que la problemática de la multiplicidad de las temporalidades no es una novedad historiográfica. Desde el siglo pasado nos referimos al tiempo histórico en plural y subrayamos la existencia de varias temporalidades históricas durante un mismo periodo, como lo prueba la importancia de la distinción tripartita del mismo (corta, mediana y larga duración) de Fernand Braudel 24 en la disciplina histórica, quien puede sino confirmar la importancia de este enfoque que abrió senderos hacia una mayor compresión de las temporalidades existentes: desde un tiempo largo inmóvil o tiempo geográfico hasta un tiempo corto o tiempo individual, pasando por un tiempo mediano o coyuntura social.

Paradójicamente, esta visión plural de las escalas temporales no aborda el hecho de que los caracteres diacrónico y sincrónico de una manifestación histórica pueden complementarse. Como lo muestra el antropólogo Bastien Bosa, esta manera de abordar las temporalidades históricas no permite unificar el tiempo debido a que “los tres tiempos de Braudel corresponden cada uno a una forma específica de diacronía” 25. Se trata, en ese sentido, de una interpretación de los tiempos históricos que prioriza las temporalidades lineales que construyen una historia que tiene que ser narrada de manera cronológica. Los elementos sincrónicos, es decir, los elementos escondidos, las discontinuidades o las bifurcaciones históricas, son, al contrario, relegados por esta lectura historiográfica debido a que son únicamente expresiones temporales muy cortas. Desde luego, la historiografía se encuentra muy influenciada por esta diferenciación, a tal punto que las propuestas que privilegian las discontinuidades o los procesos de bifurcaciones temporales como parte de los análisis temporales son fuertemente vituperadas a nivel académico.

La historia intelectual encarna perfectamente esta percepción del tiempo en plural. Sufre en efecto de los mismos problemas historiográficos que el resto de la historia cuando intenta indagar sobre los procesos de simultaneidad diacrónica y sincrónica. Es ahí donde creemos que los análisis de redes sociales podrían aportar una serie de respuestas a estos problemas metodológicos. Primero, se trata de un instrumento de recolección de datos que fue diseñado para rastrear todo lo “invisible” o “escondido”, es decir, los elementos sincrónicos que forman parte de la historia oculta de los procesos históricos. Este enfoque puede, por otra parte, darle mayor complejidad a los lazos históricos estudiados gracias a sus instrumentos de medición. De esa manera, el historiador puede obtener una mejor cartografía de los distintos entornos sociales de los actores estudiados gracias a un examen cualitativo y cuantitativo de los atributos de las relaciones de las personas. Aplicado más concretamente a la historia intelectual, este tipo de reconstrucción e interpretación de redes permitiría descubrir lazos intelectuales escondidos o simplemente desconocidos por los propios actores, a pesar de su enorme importancia para la circulación de ideas o teorías.

Esta perspectiva pretende darle mayor fuerza a la historicidad de las fuentes para presentarle nuevas direcciones que permitan entender las acciones de los intelectuales. Por ejemplo, los enfoques en términos de redes intelectuales podrían mostrar mejor los consensos que existían entre los intelectuales en torno a las normas, prácticas o conversaciones que organizaban la vida social de este universo de relaciones. Para ello, el investigador tiene que estar muy atento al juego sutil de interconexiones entre los actores estudiados, así como a la diversidad de sus puntos de vista sobre los distintos grupos sociales o a las acciones de los miembros de su red. Se trata de esa manera de acercarse a la vida cotidiana y ordinaria de las personas y de los colectivos. Esto supone entonces una exploración de las propiedades de las personas y de las reglas de funcionamiento de los colectivos. Asimismo, el hecho de trabajar sobre configuraciones sociales obliga al investigador a interesarse por los frenos o los problemas que tuvieron que afrontar las personas para imponer sus decisiones. Esto significa que la mirada retrospectiva apuesta a que los miembros de una red no solamente son sujetos históricos, sino también artífices de estrategias y “negociadores” al interior de esferas sociales múltiples.

Esta búsqueda de la exhaustividad analítica tiene incidencias sobre la interpretación del tiempo histórico como sucesión de “causas-efectos” o, al contrario, como bifurcación de temporalidades múltiples. La reconstrucción de la red egocéntrica de Haya de la Torre entre 1924 y 1930 a partir de sus epistolarios prueba, por ejemplo, que la construcción del antiimperialismo aprista fue el resultado de una serie de avances y retrocesos organizativos que tuvieron incidencias sobre la naturaleza ideológica de la Alianza Revolucionaria Popular Americana (APRA). Por otra parte, este tipo de análisis toma en consideración un número importante de situaciones históricas que no interpretamos tradicionalmente como “eventos históricos” debido a su supuesto poco impacto sobre los grandes cambios históricos. Al contrario, la importancia de estas fuentes cobra aquí sentido ya que consideramos que introducen cambios y, sobre todo, discontinuidades sobre el paso habitual del tiempo, como el caso de las rupturas ideológicas radicales en un universo intelectual dado o evoluciones al interior de un corpus de citas intelectuales.

Es importante también reconocer que no existe una sincronía perfecta, ya que toda situación es el resultado complejo de una suma de varias temporalidades. Los análisis de redes históricas parecen entenderlo mejor que nadie, desde luego, logran “congelar” una imagen del pasado a través de un gráfico o mostrar la existencia de organizaciones caracterizadas por reglas, normas, prohibiciones o expulsiones. Por consiguiente, este tipo de narración de las situaciones históricas y de las escalas temporales es potencialmente capaz de abarcar a la vez discontinuidades, errores o tensiones, como de medir sus consecuencias cuantitativamente. Es decir, puede sacar a la luz elementos micro-sociológicos que son permanentemente ninguneados por la mayoría de la historiografía debido a que no producen rupturas históricas irremediables. En ese sentido, una narración histórica que se apoya en el análisis de redes sociales tiene la capacidad de mostrarnos las distintas vías que llevan a un mismo punto histórico, así como sus diversas formas de contextualización.

Aprehender la implantación social y compromiso político de los intelectuales mediante el análisis de redes sociales

Movilizar el término “red” en historia intelectual pretende sobre todo observar más finamente las génesis de la participación político-intelectual. Se trata en un primer momento de ir más allá de las lecturas en torno a la “ciudad letrada” 26 o la “república de las letras” que tienden a explorar la evolución temporal de los discursos de los actores. Los trabajos sobre redes intelectuales buscan más bien explicitar los compromisos políticos individuales mediante una exploración de los entornos sociales que permitieron la politización progresiva del campo intelectual. Estos trabajos insisten para ello sobre el carácter sociopolítico de las intervenciones públicas y resaltan el peso que tiene la legitimidad de aquellos que son reconocidos como intermediarios entre los distintos espacios sociales. Para el caso latinoamericano de principios del siglo XX, tenemos variedad de ejemplos e investigaciones 27 que muestran el auge generacional de nuevas figuras político-intelectuales o la participación política de sonadas referencias como Ingenieros, Mariátegui, Picón Salas, García Monge, etc.

Dichas investigaciones comprueban que no se pueden disociar las actividades políticas y partidistas de los intelectuales de sus entornos de relacionales. Logran incluso aproximarse lo más posible a la esfera íntima de los actores para así mostrar la porosidad de las fronteras entre el campo intelectual y los distintos entornos sociales. Subrayan la existencia de relaciones continuas entre dirigentes políticos, militantes, adherentes, simpatizantes e intelectuales orgánicos. El compromiso político de los intelectuales aparece, en este sentido, como un modo acción que descansa en “redes relacionales que se entrecruzan, que son basadas en valores o intereses compartidos y alimentadas mediante interacciones en diversos lugares de sociabilidad más o menos formales: asociaciones, sindicatos, cooperativas, mutuales, cafés...” 28. Desde luego, estas lecturas han logrado problematizar mejor el tema de las fronteras del entorno partidista de los intelectuales concebido inicialmente como un espacio homogéneo. Los análisis empíricos han permitido, en efecto, probar que los entornos políticos de los intelectuales eran el producto de un conjunto de relaciones consolidadas entre grupos cuyos miembros no compartían necesariamente los mismos objetivos o tenían como finalidad principal la conquista del poder. Revelaron de ese modo que las redes no se construían específicamente en torno a un objetivo común que las organizara, salvo casos específicos 29, sino más bien como un modo de relacionarse entre distintas personalidades repartidas en distintos espacios sociales o geográficos.

La objetivación de redes político-intelectuales puede ser una tarea difícil. Esto explica en gran medida por qué los trabajos previamente mencionados se mantienen alejados de los análisis de redes sociales y optan por un uso metafórico del término “red”. Resulta relativamente fácil reconstruir trayectorias individuales o interesarse por un solo intelectual y esforzarse por consignar el conjunto de sus relaciones sociales. En cambio, se torna complicado confrontarse con casos de intelectuales que militaban en organizaciones amplias y ramificadas como los partidos políticos latinoamericanos de principios de los años 1930, que eran organizaciones ágiles, pero todavía sumamente informales. En efecto, una cosa es escoger un terreno geográficamente circunscrito o un intelectual específico con el fin de prestar atención a las particularidades locales y aprehender mejor la densidad de ciertas redes transnacionales; otra cosa es analizar intensivamente redes que mezclan cuadros partidistas, militantes e intelectuales aprehendidos en su acción cotidiana. Obviamente, estos dos enfoques no pueden ser completamente comparados; sin embargo, la atención puesta en las relaciones dinámicas entre actores provenientes de distintos espacios sociales tiene el mérito de sacar a la luz la distribución de bienes culturales y políticos personalizados que existían al interior de las redes analizadas. Esto permite ver el peso de los atributos personales en las relaciones de poder, cosa que es sumamente importante a partir del momento en que uno se interesa en el papel político de los intelectuales como agentes del cambio social o voces de la opinión pública.

El caso de Haya de la Torre nos parece un ejemplo revelador de cómo la naturaleza y la frecuencia de las relaciones dentro de una red político-intelectual favorecen las decisiones dentro de una agrupación política a favor de uno u otro grupo. Un análisis del conjunto de sus relaciones entre 1924 y 1930, detectadas gracias a un estudio de sus epistolarios, permite medir su capital social, la densidad de su red personal, su intensidad y la extensión del espacio social creado por sus redes. La imagen que se desprende del estudio de su red egocéntrica es la de un espacio interpersonal sumamente heterogéneo. Es así como obtenemos una imagen del APRA menos homogénea de lo que se creía hasta ahora. En efecto, los trabajos de historia intelectual sobre el aprismo 30 tienden a defender la supremacía de la naturaleza intelectual de esta organización por encima de su función política. A nivel de sus componentes intelectuales, una primera lectura de la red de Haya de la Torre conforma estas interpretaciones. Es verdad que esta red conectaba entre sí a distintos intelectuales, ya que el número de citas o referencias entre ellos (lazos débiles) era muy elevado en sus epistolarios. Estos lazos eran el fruto del anclaje intelectual del APRA debido a que esta organización se retroalimentaba a través de importantes momentos de sociabilidad (fiestas, reuniones, talleres, etc.) en varias ciudades del mundo 31 (París, Buenos Aires, San José, etc.), así como mediante manifestaciones de solidaridad continental. Por otra parte, la legitimidad de la organización pasaba por un discurso de reivindicación intelectual muy marcado que nombraba precursores del pensamiento aprista a reconocidas figuras como José Vasconcelos, José Ingenieros o Manuel González Prada.

Sin embargo, el análisis de redes sociales aplicado tanto a los epistolarios de Haya de la Torre como a su entorno personal prueba también la vigencia y la constancia de las preocupaciones de orden político-organizativo en el seno del partido. En Argentina en particular, el APRA se desarrolló entre 1926 y 1930 apoyándose en militantes originarios del movimiento de la reforma universitaria peruana de 1920 como Manuel Seoane y Luis Heysen, pero también en jóvenes argentinos provenientes del ámbito del Partido Radical, orientados hacia la renovación de la enseñanza superior en la Argentina. Es así como la red de Haya de la Torre fue progresivamente creando fenómenos de polarización en torno a la figura del líder aprista, como lo prueba la ruptura progresiva con el APRA de sus dos principales interlocutores, Ravines y Pavletich, a partir de fines de 1928. Fundada en torno a lazos interpersonales que resguardaban intereses particulares, la dominación de Haya de la Torre se fue corroyendo a medida que perdía los recursos políticos e intelectuales que controló durante los años veinte. Su distanciamiento con el director de Amauta, José Carlos Mariátegui, frenó la circulación de la ideología aprista en América Latina y creó luego dos frentes antiimperialistas: el frente de Haya de la Torre, que daría lugar al Partido Aprista Peruano en 1930 y el frente de Mariátegui, que le daría vida al Partido Socialista Peruano ese mismo año.

Estar atento a la evolución de los componentes de las redes político-intelectuales mediante las cuales un partido político se arraiga en un “espacio-tiempo-histórico” (para usar la terminología de Haya de la Torre) es precisamente estar en condiciones de identificar realmente cómo los cambios que intervienen en los distintos espacios sociales afectan a las organizaciones políticas. Por supuesto, las interpretaciones de la relación entre las formaciones políticas y los intelectuales no debe perder de vista el trabajo específico realizado a nivel de la organización partidaria para producir una unidad y una identidad común: la difusión de símbolos (himnos, emblemas, etc.), literatura partidaria (hagiografías, memorias) o consignas (reglamentos internos, etc.). El caso de los intelectuales inmersos en este tipo de prácticas es aquí sintomático del grado de libertad que tienen los actores que están obligados a seguir reglas partidarias en la medida en que un partido “no se resume entonces a una red de redes. Es también una institución con sus propias reglas, escritas y no escritas, que se imponen a los miembros más involucrados en esta.” 32. Esto supone que estos intelectuales tienen que lidiar permanentemente con su capital individual, su “praxis” y una serie de coacciones propias del partido político en que militan.

El accionar de los intelectuales orgánicos es un claro ejemplo de las manifestaciones políticas que mezclan intervención intelectual y movilización de prácticas organizativas. Es verdad que su estudio no es una novedad, como lo prueba el número importante de intelectuales latinoamericanos que fueron más que simples “compañeros de ruta” de varias organizaciones, tanto de derecha como de izquierda a lo largo del siglo XX. Sin embargo, cabe mencionar que este tipo de participación pública plantea el problema de los tipos de compromiso de los intelectuales en política, es decir, permite discutir acerca de las modalidades de la acción político-intelectual que son muchas veces minimizadas por los teóricos de sociología intelectual que intentan a toda costa imponer su definición del “intelectual en política”. Para terminar, cabe la pena resaltar que los datos empíricos son muy ricos. Esta variedad de fuentes puede, desde luego, ayudar a los historiadores a tener una visión mucho más pragmática de los compromisos políticos de los intelectuales en tanto que son capaces de aceptar que un compromiso de ese tipo es una realidad social compleja, caleidoscópica y cambiante en el tiempo.

Conclusión

La mayoría de los historiadores que hacen historia intelectual no parecen muy convencidos de la importancia, tanto sociológica como explicativa, de los análisis de redes sociales. En este artículo, hemos intentado mencionar las principales dificultades metodológicas que la historia intelectual tendría que subsanar para poder beneficiarse de las virtudes de esta metodología. La posición de esta subdisciplina histórica no es única por supuesto. Es más bien sintomática del estado actual de la historiografía y de las relaciones conflictivas o de poder que mantienen entre sí las distintas ciencias sociales. La historia se distingue en eso de la sociología y de la ciencia política que sí han adoptado los análisis de redes sociales como parte de su arsenal metodológico. Más allá de los desafíos a nivel de tratamiento de fuentes, es importante mencionar, para concluir, qué se esconde detrás de esta aversión hacia los enfoques cuantitativos. Creemos que una de las explicaciones podría ser que ciertos historiadores consideran que solo las sociedades actuales poseen un grado de complejidad suficiente como para poder ser interpretadas mediante herramientas cuantitativas. Esto podría explicar por qué las redes sociales son vistas como algo contemporáneo, como una manifestación de la modernidad y no como un simple instrumento analítico que puede servir para interpretar fuentes históricas.

Como lo intentó mostrar este texto, la exploración de redes intelectuales merece toda la atención de los historiadores. Posee, en efecto, interesantes propuestas para romper con un cierto tipo de narración histórica y para articular los niveles sociológicos que existen en toda manifestación pasada. Esto permitiría completar las lecturas convencionales sobre temas de grande y renovado interés como los compromisos políticos de los intelectuales. Para ello, esta metodología tiene que ser vista como lo que es: una metodología. Ya que no se trata de ninguna manera de una herramienta al servicio de la hibridación disciplinaria, sino más bien de un paso hacia un mayor diálogo metodológico con el fin de redescubrir el pasado.

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Forma de citar este artículo:

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Artículo Tipo 3: de revisión.Documento resultado de una investigación donde se analizan, sistematizan e integran los resultados de investigaciones publicadas, o no publicadas, sobre un campo de la historiografía, con el fin de dar cuenta de los avances y las tendencias de desarrollo. Se caracteriza por presentar una cuidadosa revisión bibliográfica de por lo menos 50 referencias.
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